Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– Solo ha dicho que eran unos despendolados que se dedicaban a torear al colegio. Fumaban hachís en el bosque y en las instalaciones del internado. A él le parecía muy bien. Oye, Carl, ¿no podrías prescindir de ese destilador de nicotina mientras estamos reunidos?
Dio diez caladas más. Tendría que resignarse.
– Ojalá pudiésemos hablar directamente con alguno de la banda, Carl -dijo de pronto Assad-. Pero supongo que no puede ser.
– Me temo que si nos ponemos en contacto con alguien del grupo, nos quedaremos sin nada.
Apagó el cigarro en la taza para indignación de Rose.
– No, para eso habrá que esperar. Pero ¿tú qué nos traes, Assad? Tengo entendido que has estado revisando la lista de Johan Jacobsen. ¿Has llegado a alguna conclusión?
El ayudante arqueó sus cejas oscuras. Había dado con algo, se veía a la legua. Y se había permitido el inmenso placer de guardárselo hasta el final.
– Suéltalo de una vez, bizcochito moreno -lo invitó Rose con un par de guiños de sus negrísimas pestañas.
Assad consultó sus notas con sonrisa soñadora.
– Sí, entonces he encontrado a la mujer agredida en Nyborg el 19 de septiembre de 1987. Tiene cincuenta y nueve años y se llama Grete Sonne. Tiene una tienda de ropa en Vestergade, Mrs. Kingsize. No he hablado con ella porque he pensado entonces que sería mejor que fuéramos a verla en persona. Tengo aquí el informe y no dice demasiado que no sepamos ya.
Pero bastante, a juzgar por su expresión.
– Aquel día de otoño tenía treinta y dos años y había ido a la playa de Nyborg a pasear a su perro. El animal se soltó y salió disparado hacia una clínica para niños diabéticos, un sitio que se llama Skærven, así que ella echó a correr detrás de él. Me parece que he entendido que era un perro que mordía. Entonces unos chicos lo atraparon y se acercaron a devolvérselo. Eran cinco o seis en total. Más no recordaba.
– ¡Joder, qué asquerosidad! -exclamó Rose-. La tuvieron que maltratar de forma terrible.
Sí. O quizá la mujer hubiera perdido la memoria por otros motivos, pensó Carl.
– Sí, fue terrible. El informe dice que la desnudaron, la azotaron y le rompieron varios dedos y que el perro apareció muerto a su lado. Había montones de pisadas, pero en general las pistas no conducían a ningún sitio. Se habló de un coche mediano de color rojo aparcado junto a una casa marrón que había a la orilla del mar.
Consultó sus notas.
– Era el número 50. Estuvo allí varias horas, y también hubo algunos conductores que declararon haber visto a unos jóvenes corriendo por la carretera en el momento de la agresión, entonces.
»Después también comprobaron los trayectos de los ferries y la venta de pasajes, claro, pero eso tampoco llevó a nada.
Se encogió de hombros con aire apesadumbrado, como si el responsable de las pesquisas hubiera sido él.
– Luego, tras cuatro largos meses internada en el departamento de psiquiatría del hospital universitario de Odense, Grete Sonne recibió el alta y el caso quedó archivado sin resolver. ¡Eso es todo!
Lució su más hermosa sonrisa.
Carl descansó la cabeza entre las manos.
– Bien hecho, Assad, pero sinceramente, ¿qué es lo que te parece tan estupendo?
Vuelta a encogerse de hombros.
– Que la he encontrado. Y que podemos estar allí dentro de veinte minutos. Las tiendas aún no han cerrado.
Mrs. Kingsize estaba a unos sesenta metros de Strøget; era una boutique con muchas aspiraciones dedicada a la creación de vestidos de fiesta reafirmantes, en seda, tafetán y otros tejidos igualmente costosos, aptos hasta para el más informe de los seres.
Grete Sonne era la única persona de la tienda con una hechura normal. Pelirroja natural, en medio de aquel grandioso decorado resultaba ágil y elegante y resplandecía más si cabe.
La discreta entrada de Carl y Assad en la boutique no la dejó indiferente. Saltaba a la vista que había tenido que tratar con muchas dragqueens y con travestis sofisticados y que aquel sujeto tan normal y su pequeño y redondito, pero sin llegar a gordo, acompañante, no pertenecían a esa categoría.
– Bueno -dijo consultando su reloj-, estamos a punto de cerrar, pero si puedo hacer algo por ustedes, podemos retrasarlo un poco.
Carl se situó entre dos hileras de suntuosidades que colgaban de sus perchas.
– Esperaremos a que cierre, si no tiene inconveniente. Nos gustaría hacerle unas preguntas.
Ella observó la placa que le mostraba y adoptó un aire grave, como si los recuerdos estuviesen listos en la recámara de su pensamiento.
– En ese caso cerraré de inmediato -replicó. Y con un par de directrices para el lunes y un «buen fin de semana» despachó a sus dos rellenitas dependientas.
– Es que el lunes voy a ir de compras a Flensborg, así que…
Intentaba sonreírles temiéndose lo peor.
– Disculpe que no hayamos anunciado nuestra visita, pero teníamos mucha prisa y además, solo se trata de unas preguntas.
– Si es por los robos que ha habido en el barrio es mejor que vayan a hablar con los comerciantes de Lars Bjoernsstræde, ellos están más al tanto -aclaró a sabiendas de que se trataba de otro asunto.
– Mire, sé que le cuesta hablar de la agresión que sufrió hace veinte años y que seguramente no tendrá nada que añadir a lo que ya declaró en su momento, por eso solo quiero que conteste sí o no a nuestras preguntas, ¿le parece bien?
Palideció, pero se mantuvo erguida.
– Si lo prefiere, puede limitarse a responder moviendo la cabeza -prosiguió en vista de que ella no hablaba. Miró a Assad. Ya había sacado la libreta y el dictáfono.
– Después de la agresión no recordaba usted nada. ¿Sigue siendo así?
Tras una pausa breve, pero no por ello menos interminable, asintió. Assad refirió su movimiento en el dictáfono con un susurro.
– Creo que sabemos quiénes fueron. Se trataba de seis alumnos de un internado de Selandia. ¿Puede confirmarme que eran seis, Grete?
No reaccionó.
– Cinco muchachos y una chica, de entre dieciocho y veinte años. Bien vestidos, creo. Voy a enseñarle una foto de la chica.
Le tendió una copia de la fotografía del Gossip en la que se veía a Kimmie Lassen frente a un café con otros dos miembros de la banda.
– Es de unos años más tarde y la moda era algo distinta, pero…
Comprendió que Grete Sonne no lo estaba escuchando. Con los ojos clavados en la imagen paseaba la mirada de uno a otro de aquellos jóvenes de la jet que hacían el tour de Copenhague la nuit.
– No recuerdo nada y no quiero darle más vueltas a aquel asunto -replicó haciendo un esfuerzo por controlarse-. Les agradecería mucho que me dejaran en paz.
De pronto Assad avanzó hacia ella.
– He visto en unas declaraciones antiguas que consiguió dinero muy de repente entonces, en 1987. Había estado trabajando en la central lechera de… -consultó su libreta-…de Hesselager y de repente apareció un dinero, setenta y cinco mil coronas, ¿no es así? Entonces abrió la tienda, primero en Odense y después aquí, en Copenhague.
Carl notó cómo una de las cejas se le subía sola de asombro. ¿De dónde coño había sacado aquella información? Y encima, en sábado. ¿Y por qué no le había comentado nada por el camino? Habían tenido tiempo de sobra.
– ¿Podría decirnos cómo consiguió ese dinero, Grethe Sonne? -preguntó reorientando la ceja hacia ella.
– Yo…
Trató de recordar su vieja explicación, pero las fotos de la revista habían provocado un cortocircuito en lo más hondo de su ser.
– ¿Cómo demonios sabías lo del dinero, Assad? -le preguntó mientras bajaban al trote por Vester Voldgade-. Hoy no has estado repasando ninguna declaración antigua, ¿verdad?
– No. Me he acordado de un refrán que mi padre se inventó un día. Decía: si quieres saber qué robó el camello ayer de la cocina no lo abras en canal, mírale por el ojo del culo. Sonrió de oreja a oreja.