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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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– Sí, son hijas biológicas de Kristian, pero mi actual marido siempre ha sido como un padre para ellas. Las niñas van a un internado femenino estupendo que hay muy cerca de la finca que tienen mis suegros en Eastbourne.

Lo dijo con toda la dulzura, el desparpajo y la desvergüenza del mundo. Una mujer joven con la vida resuelta. ¿Cómo demonios tenía el coraje de hacerles algo así a sus propias hijas? Once años y ya exportadas a la Inglaterra profunda, el amaestramiento eterno.

La observó con los cimientos de su conciencia de clase fortalecidos.

– Durante tu matrimonio con Kristian, ¿le oíste hablar alguna vez de una tal Kirsten-Marie Lassen? Sí, es curiosa la coincidencia con tu nombre y el de una de tus hijas, pero Kristian conocía a esa mujer particularmente bien. La llamaban Kimmie. Fueron juntos al colegio. ¿Te dice algo?

El rostro de su anfitriona quedó oculto por un velo.

El policía aguardó a que dijera algo, pero ella permaneció en silencio.

– Muy bien, ¿qué ocurre? -le preguntó.

La mujer se defendió con las palmas de las manos extendidas.

– No me apetece hablar de ese tema, así de sencillo.

No hacía falta que lo dijera, era más que evidente.

– ¿Crees que tenía una aventura con ella? ¿Es eso? A pesar de que por aquel entonces tú estabas embarazada.

– No sé qué tenía con ella ni quiero saberlo.

Se levantó con los brazos cruzados por debajo del pecho. No tardaría ni un segundo en pedirle que se fuera.

– Ahora es una pordiosera, vive en la calle.

El dato no pareció consolarla.

– Cada vez que hablaba con ella, Kristian me pegaba. ¿Satisfecho? No sé por qué has venido, pero es mejor que te marches.

Era inevitable.

– He venido porque estoy investigando un crimen -intentó.

La respuesta no se hizo esperar.

– Si piensas que yo maté a Kristian ya puedes ir cambiando de idea. Y no es que me faltaran ganas.

Sacudió la cabeza y desvió la mirada hacia el lago.

– ¿Por qué te pegaba tu marido? ¿Era sádico? ¿Bebía?

– ¿Sádico? ¿Que si era sádico?

Volvió la vista hacia el pasillo para asegurarse de que no apareciera una cabecita de pronto.

– Eso lo puedes dar por seguro.

Permaneció inmóvil un instante reconociendo el terreno antes de subir al coche. La atmósfera de la casona lo había asqueado. La mujer de Wolf le había ido desvelando lo que un hombre de treinta años puede llegar a hacer con una chica de veintidós; cómo una luna de miel puede acabar transformándose en una pesadilla, primero insultos y amenazas y después una escalada de violencia. Era muy cuidadoso y procuraba no dejar marcas, porque por las noches la necesitaba figurando a su lado y de punta en blanco. Por eso se había casado con ella. Solo por eso.

Kristian Wolf, el tipo del que se enamoró en un segundo y al que tardaría el resto de su vida en olvidar. Él, lo que hacía, su manera de ser, las personas de las que se rodeaba. Había que borrarlo todo.

Una vez dentro del coche, Carl olisqueó en busca de olor a gasolina. Después llamó al Departamento Q.

– ¿Sí? -se limitó a contestar Assad. Nada de «Departamento Q, Hafez el-Assad, ayudante del subcomisario», ni cosas por el estilo. Un simple .

– Assad, cuando contestes al teléfono tienes que identificarte y decir de qué departamento eres -dijo sin identificarse él.

– ¡Hola, Carl! Rose me ha dejado su dictáfono. Es genial. Y luego quiere hablar contigo, entonces.

– ¡Rose! ¿Pero ha vuelto ya?

Se oían gritos y unas pisadas poderosas con eco, de modo que sí, había vuelto.

– Te he encontrado una enfermera de Bispebjerg -le informó secamente.

– Muy bien. Qué rapidez.

Ella se abstuvo de hacer comentarios al respecto.

– Trabaja en una clínica privada en la zona de Arresø.

Le dio la dirección.

– No me ha costado dar con ella una vez que he averiguado su nombre. Cuidado que es rarito.

– ¿Dónde lo has averiguado?

– En el hospital de Bispebjerg, claro. He estado por allí revolviendo archivos antiguos. Trabajaba en ginecología cuando ingresaron a Kimmie. La he llamado y se acordaba del caso. Dice que cualquiera que trabajara allí por aquel entonces se acordaría.

«El hospital más bonito de Dinamarca», había leído Rose en su página web.

Carl contempló los blanquísimos edificios y no pudo evitar estar de acuerdo. Hasta bien entrado el otoño conservaban un césped digno del torneo de Wimbledon en medio de un entorno magnífico del que pocos meses atrás habían disfutado la reina y su consorte.

No tenía nada que envidiarle al palacio de Fredensborg.

La enfermera jefe Imgard Dufner desentonaba un poco en medio de todo aquello. Sonriente e inmensa como un acorazado rumbo a tierra, zarpó a su encuentro. Todos cuantos la rodeaban se hacían imperceptiblemente a un lado a su paso. El pelo cortado a lo paje, unas pantorrillas como estacas y unos zapatos que atronaban el suelo a cada paso como si pesaran varios quintales.

– ¡El Sr. Mørck, supongo! -rio mientras le zarandeaba la mano como si pretendiera vaciar el contenido de sus bolsillos.

En honor a la verdad, había que reconocer que tenía una memoria de elefante, acorde con la inmensidad de su cuerpo. El sueño de cualquier policía.

Había trabajado como enfermera en la planta de Kimmie y, aunque no estaba de guardia en el momento de su desaparición, las circunstancias del caso habían sido tan trágicas y particulares que no las olvidaría mientras viviera, como ella misma aseguró.

– Esa mujer llegó muy maltrecha, así que supusimos que perdería a la criatura, pero no, lo cierto es que se recuperó bastante bien. Era un bebé muy deseado. Al cabo de una semana de tenerla ingresada con nosotros nos dispusimos a darle el alta.

Frunció los labios.

– Sin embargo, una mañana, cuando estaba a punto de terminar mi guardia, sufrió un aborto fulminante. El médico decía que parecía habérselo provocado ella misma porque tenía el vientre lleno de moratones, pero costaba creerlo después de haberla visto tan ilusionada. Aunque con estas cosas nunca se sabe. Son muchos los sentimientos que se entremezclan cuando una criatura llega por azar.

– ¿Con qué podría haberse hecho los moratones? ¿Lo recuerda?

– Hubo quien dijo que podría haber sido con la silla de la habitación, que la había subido a la cama y la había utilizado para golpearse el vientre. Lo que sí es cierto es que cuando entraron a buscarla y la encontraron inconsciente con el feto entre las piernas en medio de un charco de sangre, la silla estaba tirada en el suelo.

Carl se imaginó la escena. Triste espectáculo.

– ¿Y el feto era lo bastante grande como para que se viera?

– Uf, ya lo creo. A las dieciocho semanas ya parece una personita de verdad de unos catorce o quince centímetros.

– ¿Con brazos y piernas?

– Todo. Los pulmones no están desarrollados por completo y los ojos tampoco, pero, a grandes rasgos, todo.

– ¿Y lo tenía entre las piernas?

– Había expulsado el niño y la placenta sin contratiempos, sí.

– La placenta, dice. ¿Y no le ocurría nada fuera de lo normal?

La enfermera asintió.

– Esa es una de las cosas que todo el mundo recuerda. Eso y que robó el feto. Mis compañeros lo habían cubierto mientras intentaban detener la hemorragia. Después se tomaron un pequeño descanso y cuando regresaron habían desaparecido, la paciente y el feto. La placenta seguía allí. Uno de nuestros médicos comprobó que estaba rota. Partida en dos, por decirlo de algún modo.

– ¿Sucedió durante el aborto?

– Ocurre a veces, pero es muy, muy raro. Quizá fueran los golpes en el vientre. El caso es que si no se hace un legrado puede ser muy grave.

– ¿Se refiere a infecciones?

– Sí, antes sobre todo, eran un problema enorme.

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