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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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– ¿Qué me había preguntado?

– Solo si alguien del grupo vivía en las inmediaciones de Bellahøj.

Asintió sin vacilar.

– Sí, Kristian Wolf. Sus padres tenían un edificio funcionalista fantástico a orillas del lago y Kristian se lo quedó cuando echó a su padre de la empresa. Sí, me parece que su mujer sigue viviendo allí con su nuevo marido.

Más no hubo forma de sacarle, pero no estaba nada mal.

– Rose -la llamó una vez desvanecido el duro eco de las pisadas de los zapatos Lloyd que calzaba Mannfred Sloth-. ¿Qué has averiguado de la muerte de Kristian Wolf?

– ¿Holaaa? ¡Caarl!

Se dio en la cabeza con el bloc de notas.

– ¿Te ha entrado Alzheimer o qué? Me has encargado cuatro tareas y esa era la número cuatro en tu lista de prioridades. Así que ¿a ti qué te parece que he averiguado?

Lo había olvidado.

– Entonces, ¿cuándo podrás decirme algo? ¿Por qué no cambias el orden?

Rose colocó los brazos en jarras como una mamma italiana a punto de abroncar al sinvergüenza que tenía repantigado en el sofá, pero luego le regaló una sonrisa.

– Bueno, al cuerno, no puedo disimular más.

Se chupó los dedos y empezó a pasar las páginas de su libreta.

– ¿Qué te crees, que vas a decidirlo todo tú? Pues claro que he empezado por esa tarea. ¡Era la más fácil!

Cuando murió, Kristian Wolf solo tenía treinta años y estaba podrido de dinero. La naviera la había fundado su padre, pero Kristian no paró hasta que lo echó y lo arruinó. Todo el mundo dijo que le estaba bien empleado; había criado un hijo sin sentimientos y esa era su recompensa cuando las cosas se ponían cuesta arriba.

Podrido de pasta y soltero, y por eso mismo causó sensación cuando un día de junio contrajo matrimonio con una joven condesa, Maria Saxenholdt, tercera hija del conde de Saxenholdt. «Apenas cuatro meses duró su dicha», escribieron las revistas; a Kristian Wolf lo mató un disparo accidental durante una cacería el 15 de septiembre de 1996.

Parecía un sinsentido, quizá por eso llenó páginas y páginas de los periódicos, muchas más que la polémica construcción de la terminal de autobuses en plena plaza del Ayuntamiento y casi tantas como la victoria de Bjarne Riis en el Tour de Francia pocos meses antes.

A primera hora de la mañana había salido solo de la finca de recreo que poseía en la isla de Lolland. Su intención era reunirse con el resto de los cazadores media hora más tarde, pero al cabo de algo más de dos horas lo encontraron con una fea herida de bala en el muslo y completamente desangrado. El informe de la autopsia determinaba que no podía haber transcurrido mucho tiempo entre el momento del disparo y el de su muerte.

Era posible. Carl lo había visto antes.

Sorprendió a propios y extraños que un cazador tan experimentado tuviera un final tan trágico, pero varios compañeros de cacerías aseguraron que Wolf tenía la costumbre de ir con el arma cargada y lista para abrir fuego porque en una ocasión se le había escapado un oso polar en Groenlandia. Tenía los dedos tan agarrotados por el frío que había sido incapaz de quitarle el seguro al arma y no quería que aquello se repitiese.

Fuera como fuese, el caso es que era un misterio cómo había acabado disparándose en el muslo; la conclusión fue que había tropezado con un surco, arrastrando en su caída la escopeta con el dedo en el gatillo. La reconstrucción del accidente que se llevó a cabo demostró que era difícil, pero posible.

En cuanto a la joven viuda, no armó demasiado revuelo al respecto, hecho que de manera más o menos extraoficial se atribuyó a que a esas alturas ya se había arrepentido de su matrimonio. Al fin y al cabo, se trataba de un hombre mucho mayor que ella y además eran muy distintos; la herencia fue un estupendo bálsamo para la llaga.

El chalé prácticamente se alzaba sobre el lago. No había demasiados de semejante calibre por allí. Una de esas casas que aumentan de manera considerable el valor de cuantas la rodean.

Cuarenta millones de coronas antes de que el mercado se desplomara, diría Carl. En esos momentos, una vivienda como aquella era poco menos que invendible. ¿Seguirían votando sus habitantes al Gobierno que había propiciado aquella situación? Pero, qué carajo, a fin de cuentas no eran más que palabras. Una orgía de consumo desenfrenado y el consiguiente recalentamiento de la economía; ¿a quién podían preocuparle esas cosas por esos lares?

Ellos se lo habían buscado.

El niño que salió a abrirle no pasaría de ocho o nueve años. Tenía un resfriado de campeonato y la nariz como un tomate e iba en bata y zapatillas, de lo más inesperado en medio de aquel inmenso vestíbulo donde hombres de negocios y financieros llevaban generaciones recibiendo a su corte.

– No me dejan abrir la puerta -explicó con grandes dificultades a causa de las enormes burbujas de mocos que le asomaban de la nariz-. Mi madre no está en casa, no tardará en llegar. Ha ido a Lyngby.

– ¿No podrías llamarla por teléfono y decirle que la policía quiere hablar con ella?

– ¿La policía?

Observó a Carl con aire escéptico. En ocasiones como aquella, una larga chaqueta de cuero negro a lo Bak o como la del jefe de Homicidios le habría ayudado mucho a ganarse su confianza.

– Mira -dijo el subcomisario-, esta es mi placa. Pregúntale a tu madre si puedo esperar dentro.

El niño le cerró la puerta en las narices.

Pasó media hora en la escalera de la entrada contemplando a la gente que pululaba por los senderos del otro lado del lago, personas coloradas que se movían de un sitio a otro. Era sábado por la mañana y la Dinamarca del Bienestar salía a la caza de bienestar.

– ¿Busca a alguien? -le preguntó una mujer al salir de su vehículo. Estaba en guardia. Un solo movimiento fuera de lugar por su parte y saldría disparada hacia la puerta de atrás dejando sus compras tiradas en la escalera.

Escarmentado, tiró de placa de inmediato.

– Carl Mørck, del Departamento Q. ¿No la ha llamado su hijo?

– Mi hijo está enfermo, está en la cama.

De repente pareció sobresaltada.

– ¿O no?

Conque no había llamado, el muy tunante.

Cuando se presentó una vez más, la señora de la casa lo dejó pasar a regañadientes.

– ¡Frederik! -gritó hacia el primer piso-. Hay salchichas.

Parecía simpática y espontánea, no era exactamente lo que habría cabido esperar de la hija de un conde de pura cepa.

El correteo que se oía por las escaleras se detuvo en seco cuando el niño descubrió al policía en el vestíbulo. Mil ideas infantiles sobre el castigo que debería cumplir por no seguir al pie de la letra las órdenes de las fuerzas del orden contrajeron aquel rostro lleno de mocos en una mueca acongojada. Decididamente, no estaba listo para afrontar las consecuencias de su fechoría.

Carl le hizo un guiño. Todo iba bien.

– Supongo que estarías acostado, ¡¿verdad, Frederik?!

El pequeño asintió muy despacio antes de desaparecer con su perrito caliente. Ojos que no ven, corazón que no siente, pensaría. Chico listo.

El subcomisario fue directo al grano.

– No sé si voy a poder servir de mucho -se excusó ella con cordialidad-. La verdad es que Kristian y yo no nos conocíamos demasiado bien, así que ignoro lo que tendría en mente por aquel entonces.

– ¿Volvió usted a casarse?

– Trátame de tú, por favor -dijo con una sonrisa-. Sí, conocí a Andrew, mi marido, el mismo año que murió Kristian. Tenemos tres hijos: Frederik, Susanne y Kirsten.

Unos nombres de lo más normalito. Quizá fuera siendo hora de revisar un poco sus prejuicios en cuanto a los símbolos externos de la clase dominante.

– ¿Y Frederik es el mayor?

– No, el más pequeño. Las gemelas tienen once años.

Se adelantó a la pregunta que estaba a punto de formular respecto a su edad:

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