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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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No era una descripción demasiado exhaustiva, todo lo que daba de sí un policía de sexo masculino, pero a Carl le pareció idéntico al pendiente que tenía delante metido en una bolsita de plástico al lado de dos tarjetas de Trivial Pursuit.

En ese apabullante momento entró Assad con cara de ser la encarnación de un golpe de suerte.

Señaló hacia la goma que estaba en la bolsita de al lado del pendiente.

– Acabo de enterarme de que en la piscina Bellahøj utilizaban esas gomas para saber cuánto tiempo llevaba cada bañista en el agua.

Carl intentó volver a la superficie. Seguía sumido en sus pensamientos. ¿Qué podía compararse a su increíble descubrimiento del pendiente?

– Esas gomas las usan en todas partes, Assad.

– Sí -contestó su ayudante-, pero cuando encontraron a Kåre Bruno aplastado en el suelo había perdido la suya, entonces.

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– Está esperando arriba en el control, Carl -dijo Assad-. ¿Quieres que me quede aquí entonces cuando baje?

– No.

Assad ya tenía bastante que hacer.

– Pero puedes traernos dos cafés. Eso sí, que no estén muy cargados, por favor.

Mientras los silbidos de su ayudante interrumpían el silencio de aquel sábado en que hasta las cañerías atronaban a medio gas, el subcomisario echó un rápido vistazo a los datos que figuraban en El libro azul para averiguar qué clase de invitado venía de camino.

Mannfred Sloth, se llamaba. Cuarenta años. Compartía cuarto con Kåre Bruno, el delegado de los alumnos del internado que perdió la vida. Acabó el instituto en 1987. Guardia real. Teniente de la reserva. Licenciado en Económicas. MBA, director de empresas desde los treinta y tres años, había liderado cinco compañías. Seis puestos en consejos de administración, uno de ellos de una empresa pública. Promotor y patrocinador de varias exposiciones de arte contemporáneo portugués. Desde 1994 casado con Agustina Pessoa. Excónsul de Dinamarca en Portugal y Mozambique.

No sería de extrañar que hubiera que añadirle a todo ello una cruz de caballero y alguna que otra condecoración internacional.

– Solo dispongo de un cuarto de hora -dijo a modo de presentación con un apretón de manos. Las piernas cruzadas, la chaqueta de entretiempo abierta hacia los lados y las perneras algo levantadas para que las rodillas no dejaran marca. Era fácil imaginárselo en el ambiente del internado, pero costaba algo más verlo metido en un cajón de arena jugando con sus hijos.

– Kåre Bruno era mi mejor amigo y me consta que no sentía la menor afición por los baños al aire libre, de modo que fue muy extraño que lo encontraran en Bellahøj. Es uno de esos sitios donde dejan entrar a cualquiera, ya sabe. Además, jamás lo vi hacer saltos de trampolín, y mucho menos desde una altura de diez metros.

– ¿No cree que fuera un accidente?

– ¿Cómo va a ser un accidente? Kåre era un chico inteligente, él nunca se habría puesto a hacer el payaso allí arriba, todo el mundo sabe que semejante caída es mortal.

– ¿Y no podría tratarse de un suicidio?

– ¡Un suicidio! ¿Por qué? Acabábamos de terminar el instituto, su padre le había regalado un Buick Regal Limited. El modelo cupé, ya sabe.

Carl asintió con cautela porque no, no sabía. Estaba al corriente de que un Buick era un coche y hasta ahí.

– Estaba a punto de marcharse a Estados Unidos para estudiar Derecho. A Harvard, ya sabe. ¿Por qué iba a hacer algo tan estúpido? No tiene ningún sentido.

– ¿Mal de amores? -tanteó el policía.

– Bah, podía conseguir a quien quisiera.

– ¿Recuerda a Kimmie Lassen?

Se le alteró el semblante. No era un buen recuerdo.

– ¿Se sintió herido cuando rompió con él?

– ¿Herido? Estaba furioso. No le gustó que lo dejara, ¿a quién le gusta que lo dejen?

Descubrió una sonrisa blanca como la nieve y se echó el flequillo hacia atrás. Con reflejos y recién cortado, cómo no.

– ¿Y qué pensaba hacer al respecto?

Mannfred Sloth se encogió de hombros y se sacudió unas motas de polvo de la chaqueta.

– He venido aquí porque creo que los dos compartimos la sospecha de que lo asesinaron. Lo empujaron. ¿Por qué si no iban a molestarse en localizarme al cabo de veinte años? ¿Estoy en lo cierto?

– No podemos saberlo con seguridad, pero evidentemente hay una razón que nos ha llevado a reabrir el caso. ¿Quién cree que lo empujó?

– No tengo la menor idea. Kimmie tenía un montón de amigos perturbados que iban a su clase. Mariposeaban a su alrededor como satélites. Ella los manejaba a su antojo. Una buena delantera, ya sabe. Más tiran dos tetas…, ¿no?

Dejó escapar una carcajada seca que no le iba en absoluto.

– ¿Sabe si él intentó retomar la relación?

– Ella ya estaba con otro, un profesorcito de pueblo que no tenía lo que hay que tener para saber que es necesario mantener las distancias con los alumnos.

– ¿Recuerda su nombre?

Negó con la cabeza.

– No llevaba allí mucho tiempo. Daba clases de lengua a un par de cursos, creo. No llamaba demasiado la atención si no era tu profesor. Era…

De pronto levantó un dedo con una mirada en la que se leían el esfuerzo y la concentración.

– Sí, ya me acuerdo. Se llamaba Klavs. Con «v», madre mía.

Se oyó una risita. Solo el nombre ya daba una idea.

– ¡Klavs! ¿Klavs Jeppesen?

Levantó la vista.

– Sí, Jeppesen. Eso creo.

Asintió.

Pellízcame el brazo, que estoy soñando, pensó Carl. Iba a reunirse con él esa misma tarde.

– Deja ahí los cafés, Assad. Gracias.

Esperaron a que volviera a salir de la habitación.

– Caramba -exclamó el invitado de Carl con una sonrisa irónica-, el local es modesto, pero saben cómo manejar a la servidumbre.

Volvió a soltar la misma risa de antes. Al subcomisario no le costó demasiado imaginar su actitud frente a los mozambiqueños.

Probó el café y el primer sorbo fue más que suficiente.

– Bueno -continuó-, pues sé que seguía loco por la cría y que no era el único. Por eso cuando la expulsaron y se fue a vivir a Næstved intentó quedársela para él solo.

– Entonces lo que no entiendo es cómo acabó Kåre perdiendo la vida en Bellahøj.

– Cuando terminamos los exámenes él se instaló en casa de sus abuelos. Ya había estado con ellos otras veces. Vivían en Emdrup. Unas personas estupendas y muy agradables, yo iba mucho por allí.

– ¿Sus padres no estaban en Dinamarca?

Mannfred Sloth se encogió de hombros. Seguro que sus hijos también iban al internado, así él podía dedicarse a sus negocios. Cabrón.

– ¿Sabe si alguien de segundo curso vivía cerca de la piscina?

Sloth miró a su alrededor y solo entonces comprendió la gravedad de la situación. Las carpetas con los casos antiguos. Las fotografías del tablón. La lista de víctimas encabezada por su amigo Kåre Bruno.

Mierda, pensó el policía al volverse y descubir el objeto de su atención.

– ¿Qué es eso? -preguntó Mannfred Sloth señalando hacia la lista con una seriedad amenazante.

– Oh -contestó Carl-, son casos que no tienen nada que ver unos con otros. Estamos colocando los expedientes por orden cronológico, nada más.

Qué explicación más idiota, se dijo. ¿Para qué demonios iban a escribirlo en la pizarra, si se veía igual de bien en las carpetas alineadas en el estante?

Pero Sloth no hizo preguntas. Él nunca se encargaba de ese tipo de trabajos de chinos, así que desconocía los procedimientos más elementales.

– Pues tienen tarea por delante -comentó.

Carl hizo un gesto de impotencia.

– Por eso es tan importante que conteste a mis preguntas con la mayor exactitud posible.

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