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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—En las profundidades del mar. —Quizá, Guardiana, quizá. No puede asegurarlo y yo tampoco puedo hacerlo. Esos monstruos son criaturas realmente formidables y, sin embargo, he visto predadores igual de formidables en otros mundos, pero su número no llega ni a centenares ni a millares. ¿Por qué? Ah, porque los jóvenes, o los huevos, o los alevines son mucho menos formidables que sus progenitores y la mayor parte de ellos mueren antes de alcanzar su temible madurez. Aparentemente, ello no sucede en Namor, no sucede en lo más mínimo. ¿Cuál puede ser el significado de todo esto? Sí, ciertamente, ¿cuál puede ser? —Tuf se encogió de hombros—. No puedo decirlo, pero sigo trabajando en ello y pienso seguir esforzándome hasta haber resuelto el enigma de ese mar excesivamente prolífico que existe en su mundo.

Kefira Qay no parecía demasiado convencida. —Y mientras tanto, nuestra gente muere. Muere ya usted no le importa.

—Protesto ante… —empezó a decir Tuf. —¡Silencio! —dijo ella moviendo el arma—. Hablaré con Namor y les transmitiré su pequeño discurso. Hoy hemos perdido contacto con Mano Rota. Cuarenta y tres islas, Tuf. No me atrevo ni a pensar en cuánta gente quiere decir ese número. Todas han desaparecido en un solo día. Hubo unas cuantas transmisiones de radio casi ininteligibles, histeria y luego el silencio. y mientras tanto usted se queda sentado hablando de acertijos y enigmas. Basta ya. Queremos que actúe, ahora mismo. Insisto en ello o, si lo prefiere, se trata de una amenaza. Luego ya nos encargaremos de resolver los cómos y los porqués de todo este asunto pero, por el momento, vamos a terminar con ellos sin perder el tiempo haciéndonos tantas preguntas.

—En tiempos —dijo Haviland Tuf—, existió un mundo absolutamente idílico con la excepción de un pequeño defecto, un insecto que tenía el tamaño de una mota de polvo. Era una criatura decididamente inofensiva, pero se la encontraba por doquier ya que se alimentaba con las esporas microscópicas de un hongo que flotaba en el aire. La gente de ese mundo odiaba al minúsculo insecto que, a veces, volaba en nubes tan espesas que llegaban a tapar el sol. Cada vez que los ciudadanos de ese planeta salían al exterior los insectos aterrizaban sobre ellos a miles, cubriendo sus cuerpos con un sudario viviente. Por lo tanto, alguien que proclamaba ser ingeniero ecológico se ofreció a resolver su problema. Introdujo en el planeta un insecto procedente de otro mundo muy lejano, más grande, capaz de alimentarse con esas motas de polvo viviente. El plan funcionó de modo admirable. Los nuevos insectos se multiplicaron y se multiplicaron, careciendo de enemigos naturales dentro del ecosistema, hasta barrer completamente de él a la especie nativa. Fue un gran triunfo. Por desgracia, hubo efectos colaterales imprevistos. El invasor, habiendo destruido una forma de vida, se dirigió hacia otros objetivos más beneficiosos para el planeta. Muchos insectos nativos del planeta se extinguieron. Los equivalentes locales de los pájaros, privados de sus presas habituales e incapaces de digerir al insecto alienígena, también sufrieron enormes pérdidas. Las plantas fueron incapaces de realizar la polinización como antes. Bosques y selvas enteras se marchitaron y empobrecieron y las esporas del hongo que había sido el alimento del molesto insecto original proliferaron libres de todo control natural. El hongo empezó a crecer en todas partes, sobre los edificios, sobre las cosechas, incluso sobre los animales vivos. Para decirlo brevemente, todo el ecosistema fue puesto patas arriba de modo irremisible. Si hoy decidiera visitar ese mundo no encontraría más que un páramo de muerte, con la única excepción de ese terrible hongo. Tales son los frutos de la acción precipitada y del estudio insuficiente. Si se obra sin comprender adecuadamente las cosas, pueden correrse graves riesgos.

—Y se corre el peligro de ser destruido irremisiblemente caso de no hacer nada —dijo Kefira Qay con expresión obstinada—. No, Tuf. Sabe contar historias realmente aterradoras, pero estamos desesperados. LoS Guardianes aceptarán los riesgos, sean cuales sean. Tengo mis órdenes y a menos que decida actuar, usaré esto. —Movió la cabeza señalando a su láser.

Haviland Tuf se cruzó de brazos. —Si utiliza el arma —dijo—, estará obrando Como una estúpida. Sin duda podrían llegar a comprender el funcionamiento del Arca, con tiempo. La tarea les llevaría años y usted misma acaba de admitir que no disponen de esos años. Trabajaré para ustedes, pero actuaré solamente cuando me considere preparado para hacerlo. Soy ingeniero ecológico y Como tal tengo una integridad profesional, aparte de la personal. y debo indicarle que sin mis servicios no tienen ustedes la más mínima esperanza. Ni la más mínima. Por lo tanto, dado que usted lo sabe y que yo lo sé también, prescindamos de más dramas. No va a usar el arma.

Durante unos segundos Kefyra Qay pareció a punto de echarse a llorar.

—Usted… —dijo, aturdida. Su láser vaciló unos milímetros y luego su expresión volvió a endurecerse—. Se equivoca, Tuf —dijo—. Lo usaré.

Haviland Tuf permaneció en silencio. No lo usaré con usted —añadió Kefyra Qay—. Lo usaré con sus gatos. Mataré a uno de ellos cada día, hasta que se decida a obrar. —Movió ligeramente la muñeca y el arma dejó de apuntar a Tuf. Ahora apuntaba a la pequeña silueta de Ingratitud, que iba y venía de un lado a otro de la estancia, husmeando entre las sombras—. Empezaré con ése —dijo la Guardiana—. Cuando cuente tres, dispararé.

El rostro de Tuf seguía perfectamente impasible.

—Uno —dijo Kefyra Qay.

Tuf siguió sentado sin hacer el menor movimiento.

—Dos —dijo ella.

Tuf frunció el ceño y en su frente blanca Como la tiza aparecieron unas diminutas arrugas.

—Tres —balbuceó Kefyra Qay.

—No —se apresuró a decir Tuf—. No dispare. Haré lo que me ha pedido. Puedo empezar el proceso de clonación dentro de una hora.

La Guardiana guardó nuevamente el láser en su funda.

De ese modo, a regañadientes, Haviland Tuf emprendió su guerra particular.

Durante el primer día estuvo sentado en su sala de guerra, con los labios apretados y sin decir palabra, accionando los mandos de su gran consola, pulsando botones resplandecientes y teclas que hacían brotar de la nada fantasmagóricos hologramas. En el interior del Arca líquidos espesos de casi todos los colores imaginables gorgoteaban y hervían dentro de las cubas, hasta ahora vacías, que colmaban la penumbra el eje principal, en tanto que muchos especímenes de la enorme biblioteca celular eran sacados de su sitio, rociados y manipulados por minúsculos servomecanismos, tan sensibles como las manos del mejor cirujano concebible. Tuf no estuvo presente en ninguno de esos procesos. Sentado ante sus mandos, iba dando las órdenes que hacían nacer un clon tras otro.

Durante el segundo día actuó exactamente igual. Al tercer día se puso en pie y recorrió lentamente los kilómetros del eje principal a lo largo de los cuales empezaban a crecer sus hijos, ahora ya bajo la forma de confusas siluetas que se removían débilmente o permanecían inmóviles en los tanques de líquido traslúcido. Algunos de los tanques eran tan grandes como la cubierta de aterrizaje del Arca, en tanto que otros eran tan pequeños como la uña de su meñique. Haviland Tuf se detuvo ante cada uno de ellos, estudiando los diales, los medidores y las mirillas relucientes con tranquila concentración, haciendo pequeños ajustes de vez en cuando. El día estaba ya terminado para cuando llegó a la parte central de la hilera de tanques.

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