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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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Tras una refrescante noche de sueño bajaremos a Namor y una vez allí intentaré poner fin a su guerra.

Kefyra Qay se le quedó mirando sin apenas atreverse a creer que sus temores pudieran ceder nuevamente paso a la esperanza.

—Entonces, ¿tiene la respuesta? —Ciertamente. ¿No ha quedado claro por mis palabras anteriores?

—¿De qué se trata? —le preguntó ella—. ¿Algunas criaturas nuevas? Quiero decir… ha estado clonando algo, ¿no? ¿Es alguna plaga? ¿Algún monstruo?

Haviland Tuf alzó nuevamente la mano. —Paciencia. Antes debo estar seguro. Se ha burlado de mí y no ha dejado de acosarme con tan constante vigor que dudo, una vez llegado el momento, antes de exponerme nuevamente al ridículo por confiarle mis planes. Primero quiero probar su validez. Mañana hablaremos de todo. No habrá vuelo guerrero con la Mantícora. En lugar de ello, quiero que vaya a Nueva Atlántida y arregle una sesión plenaria del Consejo de los Guardianes. Por favor, encárguese de transportar a quienes se encuentren en islas demasiado alejadas.

—¿y usted? —le preguntó Kefyra Qay. —Yo me reuniré con el consejo llegado el momento. Antes debo llevar tanto mis planes como mi criatura a Namor para una misión particular. Creo que iremos en el Fénix, sí, creo que el Fénix será perfectamente adecuado para conmemorar el resurgimiento de su planeta de entre las cenizas. Es cierto que se trata de cenizas algo húmedas, pero son cenizas de todos modos.

Kefyra Qay se reunió con Haviland Tuf en la cubierta de aterrizaje unos instantes antes de la hora fijada para el despegue. La Mantícora y el Fénix se encontraban en sus soportes de lanzamiento rodeadas por una confusa multitud de naves medio destruidas. Haviland Tuf estaba tecleando con rapidez en un mi ni ordenador que llevaba abrochado a la muñeca. Iba cubierto con una especie de gabán hecho de vinil gris, provisto de numerosos bolsillos y unas hombreras más bien aparatosas. Una gorra marrón y verde, en la que brillaba la insignia de los Ingenieros Ecológicos, cubría con una algo pretenciosa inclinación su calva cabeza.

—Ya he hablado con el Control de Namor y el Cuartel General de los Guardianes —le dijo Kefyra Qay—. El Consejo está reuniéndose. Me encargaré de transportar una media docena de jefes de Guardianes, procedentes de los distritos más alejados, con lo cual todos estarán presentes. ¿y usted, Tuf? ¿Está preparado? ¿Se encuentra ya a bordo su misteriosa criatura?

—Pronto lo estará —dijo Haviland Tuf con un pestañeo. Pero Kefyra Qay no se dio cuenta de ese gesto, pues no le estaba mirando a la cara sino más abajo. —Tuf —dijo—, hay algo en su bolsillo. y se mueve. —Con expresión de incredulidad, Kefyra Qay vio como algo reptaba bajo el vini gris, formando arrugas en el tejido.

—Ah —dijo Tuf—, ciertamente. —y entonces la cabeza emergió de su bolsillo, contemplando los alrededores con franca curiosidad. La cabeza pertenecía a un gatito negro como el azabache y provisto de unos brillantes ojos amarillos.

—Un gato —murmuró con cierta amargura Kefyra Qay. —Posee usted una capacidad perceptiva rayana en lo increíble —dijo Haviland Tuf. Sacó nuevamente al gatito de su bolsillo y lo sostuvo en su blanca manaza, mientras le rascaba detrás de la oreja—. Este es Dax —dijo con voz solemne. Dax tenía apenas la mitad del tamaño de sus congéneres aún no adultos y se parecía mucho a una bolita de pelo negro, aunque tenía un aspecto curiosamente flácido e indolente.

—Maravilloso —replicó la Guardiana—. ¿Dax, eh? ¿De dónde ha salido éste…? No, no es preciso que me responda, ya puedo adivinarlo. Tuf, ¿no tenemos por hacer cosas mucho más importantes que ir jugando con gatos?

—No me lo parece —dijo Haviland Tuf—. Guardiana, no aprecia usted a los gatos en la medida suficiente. Son las más civilizadas de todas las criaturas y no puede llamarse auténticamente civilizado a un mundo sin gatos. ¿Ya sabe usted que desde épocas inmemoriales todos los gatos han poseído ciertos poderes psíquicos. ¿Sabía que ciertas culturas de la Vieja Tierra los adoraban como a dioses?

—Por favor —le dijo ella con irritación—. No tenemos tiempo para una discusión sobre gatos. ¿Piensa llevar con usted a esa pobre criatura hasta Namor?

Tuf pestañeó. —Ciertamente. Esta pobre criatura, tal y como usted la ha calificado despectivamente, es la salvación de Namor y creo que, dadas las circunstancias, quizá se imponga tenerle un cierto respeto.

Kefyra Qay le miró como si se hubiera vuelto loco. —¿Qué? ¿Eso? ¿Él? Quiero decir… ¿Dax? ¿Está hablando seriamente? Debe ser una broma, ¿no? Deber ser una broma de mal gusto, una locura. Debe tener algo dentro del Fénix, algún inmenso leviatán capaz de limpiar el mar de esos acorazados, algo, cualquier cosa, no sé. Pero no puede referirse a… no puede referirse a… a eso.

—Pues sí, me refiero a él —dijo Haviland Tuf—. Guardiana, me resulta francamente agotador verme obligado una y otra vez a proclamar lo obvio. Dada su insistencia les proporcioné krakens, mantas de aguijón y encaje sangriento, pero no han resultado eficaces. Por lo tanto, y después de haberlo meditado mucho, he clonado a Dax.

—Un gatito —dijo ella—. Piensa utilizar un gatito contra los acorazados, los globos de fuego y los caminantes. jun minúsculo gatito!

—Ciertamente —dijo Haviland Tuf. La contempló durante unos segundos con el ceño fruncido, confinó nuevamente a Dax en el interior de su inmenso bolsillo y le dio la espalda, dirigiéndose hacia el Fénix que permanecía esperándole.

Kefyra Qay se estaba poniendo muy nerviosa. Los veinticinco jefes Guardianes que dirigían la defensa de todo Namor, estaban también empezando a inquietarse después de largas horas de espera en la Torre del Rompeolas, en Nueva Atlántida. De hecho, algunos llevaban ya todo el día en las estancias del consejo. La gran mesa de conferencias estaba atestada de listados, comunicadores personales y vasos de agua vacíos. Ya se habían servido dos comidas y luego se habían eliminado sus restos. El jefe Alis estaba hablando con voz apremiante y altiva al jefe Lysan, delgado y de expresión austera, junto a la gran ventana curva que dominaba el extremo más alejado de la estancia. Ambos comenzaron a mirar de vez en cuando a Kefyra Qay en forma bastante significativa. A su espalda el sol empezaba a ocultarse y la gran ensenada se teñía de escarlata. La escena era tan bella que resultaba difícil prestar atención a los puntitos brillantes, cada uno de los cuales correspondía a una de las naves de los Guardianes, que patrullaban incesantemente.

Ya casi era de noche, los miembros del consejo se removían con gruñidos de impaciencia en sus grandes sillones acolchados y Haviland Tuf no había hecho aún acto de presencia.

—¿Cuándo dijo que estaría aquí? —le preguntó por quinta vez el jefe Khem.

—No fue demasiado preciso al respecto, jefe de Guardianes —le replicó con cierta inquietud, también por quinta vez, Kefyra Qay.

Khem frunció el ceño y tosió levemente.

De pronto uno de los comunicadores empezó a zumbar y el jefe Lysan lo cogió sin perder ni un segundo.

—¿Sí? —dijo—. Entiendo. Muy bien. Escóltenle hasta aquí —dejó nuevamente el comunicador sobre la mesa y golpeó levemente el borde con la mano, pidiendo silencio. Los demás miembros del consejo ocuparon sus asientos, interrumpieron sus conversaciones y se irguieron para prestar atención. En la gran estancia reinó el silencio más completo—. Era la patrulla. La nave de Tuf ha sido divisada. Me alegra poder informarles de que ya viene —y, mirando a Kefyra Qay, añadió—: Por fin.

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