Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
– Dolorosamente bien -le había susurrado un guardia a Dennis, haciéndole un guiño.
Ella se llamaba Selina. Tenía veintinueve años, diez menos que Blaine. Cuando los guardias hablaban de ella durante el descanso, a la hora del té y los sandwiches, Dennis tenía que mantener la boca cerrada. El asunto era que él sabía mucho más de Selina que todos ellos.
El sabía prácticamente todo de ella.
Vivía en una dirección de Bearsden, en un elegante suburbio de Glasgow; visitaba a su esposo cada quince días en vez de hacerlo semanalmente, aun cuando solo estaba a unos sesenta kilómetros de distancia. Escribía cuatro o cinco cartas por cada una de él. Y las cosas que decía…
¡Extraño tanto tus habilidades! Oh, sabes, Paul, innegablemente te amo con locura… si estuvieras aquí, haría el amor contigo toda la noche.
Y párrafos enteros de ese tenor se intercalaban con chismes y noticias de todos los días: Igual no le fallé a Rose: temí olvidarme. Pero no, recordé su cumpleaños.
Esos pasajes le gustaban a Dennis tanto como los detalles más personales, porque le proporcionaban datos sobre la vida de Selina. En una de las primeras cartas, hasta había incluido una polaroid de ella, posando con una falda corta y corpiño, la cabeza inclinada, las manos sobre las caderas. Y después, siguieron más fotos. Dennis había tratado de copiarlas, pero no entraban en su fax, de modo que había ido a la fotocopiadora y había usado la máquina de la tienda. Las copias no eran buenas, sino granuladas e imperfectas. Sin embargo, las incluyó en su colección.
Anoche traté de satisfacerme sola, en la cama, pero no fue lo mismo. ¿Cómo podría serlo? Tenía una foto tuya junto a mí, sobre la almohada, pero nada que ver con la realidad. Espero que las fotos que te mando te consuelen. No tengo mucho más que contarte. Hoy amaneció lluvioso. Aborrecible día oscuro. Grace reunió a cuatro íntimas amigas y saldremos de compras. Fred está en el norte. (Denise no le dirige la palabra.)
En otras ocasiones hablaba de lo difícil que le resultaba su situación económica. Todavía no había encontrado trabajo, pero seguía buscando. Dennis había investigado un poco y había descubierto artículos de los diarios que decían que la policía “no había encontrado los millones de Blaine”. ¿Millones? ¿Entonces de qué se quejaba Selina?
Durante la última visita de la mujer, Dennis le había pedido a un guardia que le avisara. Mientras entraba en la sala, se había sentido un poco nervioso, no sabía por qué. Y ahí estaba ella, sentada de espaldas a Dennis, con las piernas cruzadas, la falda sobre los muslos, revelando una pantorrilla bronceada y musculosa. Una ajustada camiseta blanca con un suéter rosado de lana encima. Cabello rubio en cantidad, cayendo en cascada sobre los hombros.
– ¿No es impresionante? -le había dicho el guardia, con una mueca.
Es aún mejor que en las fotos, tuvo ganas de responderle Dennis. Pero entonces advirtió que Blaine no le sacaba los ojos de encima, y desvió la mirada justo en el momento en que Selina giraba en su silla para ver qué era lo que había atraído la atención de su marido, desviándola de ella.
Dennis había regresado apresuradamente a su oficina. Y unos pocos días más tarde, mientras caminaba por uno de los corredores, se cruzó con Blaine y Chalmers, que venían en dirección contraria.
– Es adorable, ¿verdad? -había dicho Blaine.
– ¿De qué hablas?
– Ya sabes lo que quiero decir -Blaine se detuvo directamente delante de Dennis, mirándolo de arriba abajo-. Supongo que debería estar agradecido.
– ¿Por qué?
Blaine se encogió de hombros.
– Sé cómo pueden ser algunos guardias. Algunos podrían guardarse sus fotos… -Hizo una pausa-. Me han dicho que usted es un tipo tranquilo, señor Henshall. Eso es bueno. Es algo que respeto. Las cartas… ¿no las ve nadie, sólo usted?
Dennis había logrado responder meneando la cabeza, sosteniendo la mirada de Blaine.
– Eso es bueno -había repetido el gángster.
Y había seguido su camino, con Chalmers un paso atrás, echándole a Dennis una mirada torva.
Más investigación: Blaine se metía en problemas desde que estaba en la escuela. Jefe de una banda a los dieciséis años, dedicado a aterrorizar los suburbios de Glasgow. Condenado a prisión por apuñalar a un rival, se salvó por poco de ir de nuevo a la cárcel por haber participado en el asesinato del hijo de otro gángster. Después más sabio y maduro, se dedicó a construir ese campo de fuerza a su alrededor. Todo un regimiento de “soldados” que iban a la cárcel en su lugar. Su reputación se consolidó, de manera que ya no se veía obligado a matar, mutilar o amenazar: otros lo hacían en su lugar, permitiéndole usar un traje respetable, trabajar cada día en una oficina, como titular de una empresa de taxis, una empresa de seguridad y una docena de empresas más.
Selina había llegado a la escena como su recepcionista, luego como su secretaria, ascendida a la categoría de socia con anterioridad al momento en que se casó con él ante una congregación que parecía salida de El padrino. Pero no era una rubia tonta: venía de una buena familia, había estudiado en la universidad. Cuanto más sabía de ella, tanto más difícil le resultaba concebir que lo amara “con locura”. Eso también debía ser una fachada. Seguramente quería que Blaine se mantuviera dócil, y por eso lo alimentaba de fantasías. ¿Por qué? Una nota periodística de una publicación sensacionalista le había sugerido una respuesta: Con su triunfal combinación de inteligencia y belleza, y con la pasada conducción de un manipulador maestro, ¿será esta chica de un gángster capaz de manejar todos los negocios, sin quedar atrapada en medio del fuego cruzado?
Sentado ante la mesa de su comedor, Dennis se quedó pensando. Después revisó las fotos de Selina, y siguió cavilando. La comida se le enfrió en el plato, la tevé siguió desatendida, y él se dedicó a releer una por una las cartas de ella… conjuró su imagen en la imaginación, sus piernas bronceadas, el cabello cayendo sobre sus hombros. Ojos claros, de mirada inocente, un rostro que atraía todas las miradas.
Inteligencia y belleza. Si se la ponía junto a su marido, uno tenía la Bella y la Bestia. Dennis se obligó a comer un poco de su fritanga helada, y empezó a contar las horas que faltaban para el fin de semana.
El sábado por la mañana estacionó su auto junto a la acera, frente a la casa de ella. Había esperado que la casa fuera mejor. En los periódicos hablaban de una “mansión”, pero en realidad era una simple casa de dos pisos, construida tal vez en la década de 1960. El jardín delantero había sido pavimentado para crear un par de lugares de estacionamiento. Se podía admirar allí un Merc deportivo, plateado. Junto a él, un auto más grande había sido cubierto por una lona impermeable. Dennis supuso que sería el de Blaine, y que había sido protegido de ese modo hasta que el hombre saliera de la cárcel. Todas las ventanas tenían visillos, y detrás de ellas no se vislumbraba ninguna señal de vida. Dennis miró su reloj: todavía no eran las diez. Había supuesto que ella dormiría hasta tarde el fin de semana; eso era lo que hacía la mayoría de las personas que conocía. Él no: siempre se despertaba antes del amanecer, y nunca podía volver a conciliar el sueño. Esa mañana había ido a un bar próximo a su casa, a leer el periódico mientras sorbía su té para bajar las tostadas con mermelada. Ahora volvía a sentir sed, y advirtió que debería haber traído un termo, tal vez algunos sandwiches también, y algo para leer. El suyo no era el único auto en esa calle, pero sabía que la gente empezaría a extrañarse si se quedaba allí sentado toda la mañana. Aunque, en realidad, probablemente estuvieran acostumbrados a eso: los periodistas y cosas semejantes.