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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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En ese coche la algazara era general. El apelotonamiento de las muchachas era tal que, para respirar un poco de aire puro, se veían obligadas a acercarse por turnos al ventanuco enrejado que comunicaba con el exterior. Así lo hacían, regresando luego a sus puestos y sentándose en el suelo.

Ahora bien, el viaje fue haciéndose tan largo que hubo tiempo para todo, incluso para las confidencias. Sí, a diferencia de lo que ocurrió en el coche del Gobernador, allí no se habló sólo de política. Los diálogos se deslizaron también por otras vertientes. Al fin y al cabo, la política era invención moderna, en tanto que las muchachas tenían un corazón que llevaba siglos latiendo por amor.

Marta, jefa provincial de la Sección Femenina, hubiera debido sentir vergüenza. Olvidó por completo el motivo del viaje y la camisa azul, y se desahogó con Pilar, largamente, sobre un tema único: Ignacio. Imaginar a éste en Perpiñán la turbaba de una manera extraña. ¿Qué estaría haciendo allí? ¡Si pudiera verle! Seguro que pasaba menos calor, tal vez en un café con aire acondicionado. ¿Y si se chiflaba por alguna francesa?

– Pilar, estoy contenta. Temí que Ignacio no quisiera ingresar en Falange; pues ya está. Ya tiene el carnet. Mi madre estaba segura de que un día u otro se decidiría, pero yo no. ¡Le gusta tanto llevar la contraria! Pero se porta bien, muy bien… Cuando llegó a Esquiadores pretendió asustarme. Me llevó cerca de la Plaza de Toros y me dijo algo así como que la guerra mata por dentro a los hombres que la hacen. ¡Pamplinas!, puesto que luego añadió que él no sería feliz si no hacía en la vida algo que beneficiara a los demás. Y es que Ignacio es bueno, buenísimo… Conmigo, un sol. Y el trabajo en Fronteras le gusta. ¿Os dijo lo de recuperar barcos? ¡Ah, claro…! Hermosa tarea, ¿verdad? Estas cosas lo entusiasman. Y tiene muchos planes. Me ha encargado que pase por la Universidad, pues al parecer en septiembre habrá unos exámenes "muy complacientes" para los que hicieron la guerra, y quiere saber la fecha exacta. ¡Tercer curso de abogado! Oye… ¿Es cierto que estudia como un loco? Ayer me dijo que tuvo la luz encendida hasta las tres. ¿Es cierto, sí? ¡Cuánto me alegro! Le quiero, Pilar. Han pasado muchas cosas entre los dos y durante un tiempo dudé de él y de mí; pero ahora le quiero de veras. ¡Si pudiera verlo en estos momentos, a través de esas rejas! Seguro que estará fumándose un 'gauloise'… ¡Otra cosa me preocupa! Tengo la impresión de que no acaba de simpatizar con mi hermano, con José Luis… Sería una pena ¿no crees? ¡Me gustaría tanto que llegáramos a formar todos una gran familia! ¿Y sabes dónde me gustaría vivir cuando me case? Pasada la vía del tren, cerca de la Dehesa. Claro que aquello pilla un poco lejos; pero es alegre, sobre todo en este tiempo. Además, le he prometido cuidar del piso como si se tratase de mi piel… Por cierto, ¿sabes lo que dice de mi flequillo? Que me tapa la frente, pero que por lo mismo evita que las ideas brillantes se me escapen. Es un guasón… Sí, ha venido de Esquiadores mucho más guasón que antes… ¡Bueno, perdona! Voy a ver si respiro un poquitín de aire del campo.

Marta se levantó y se acercó al ventanuco. Pilar había asentido a todo. No hubiera desalentado a Marta por nada del mundo. "Claro que sí, mujer", le había dicho a su amiga una y otra vez. Por nada del mundo Pilar hubiera delatado a Ignacio, diciéndole a Marta que todo aquello era mentira y que el chico no había abierto todavía un libro y que se pasaba las horas tumbado, pensando en las musarañas. ¿Para qué? Pilar se daba cuenta de que su hermano atravesaba una honda crisis, como otros muchos chicos llegados del frente. Ella se lo notaba en mil detalles; a menudo volvía de Figueras llevando el billete del tren entre los dientes… Tiraba la servilleta, sin plegar, a un lado de la mesa… Y, sobre todo, cerraba la puerta de su cuarto dando un portazo. Eso era lo más peculiar. Era señal de que, una vez dentro, se tumbaría en la cama en cualquier postura y que pronto se le oiría resoplar. Por si fuera poco, por lo menos había recibido dos postales de Ana María… Pilar no había podido leerlas, pero estaba segura de que él las había contestado. ¡Oh, sí, Ignacio era perfectamente capaz de vivir varias vidas a un tiempo! De ser holgazán en casa, eficaz en la Jefatura de Fronteras y un ser completamente aparte cuando estaba al lado de Marta. Probablemente en cada caso era sincero y sólo se engañaba a sí mismo. Pilar pensó que, de todas las ilusiones de Marta, tal vez sólo una se apareaba con la realidad: Ignacio era bueno, buenísimo… Y por supuesto, apto, algún día, para hacer feliz a la mujer que eligiera definitivamente, llevara o no llevara flequillo, viviera o no viviera cerca de la Dehesa, pasada la vía del tren.

Marta regresó. Y entonces le tocó el turno a Pilar.

– Pues yo, cuando me case, si puedo viviré en el centro. ¡Qué quieres! Estoy acostumbrada a ello. De poder elegir, viviría en la misma Rambla… Me gusta la Rambla. Toda Gerona pasa por allí al cabo del día, ¡y en la Rambla fue donde volví a ver a Mateo el día de la entrada de las tropas! A Mateo y a ti, claro… ¿Te acuerdas, Marta? Ibas con María Victoria repartiendo latas de conserva… Y felicidad. ¿Quieres que te confiese una cosa…? Me pareciste muy mayor. Es natural, llegabas cansadísima. Ahora te has recuperado. ¡Lo mismo que yo! Sí. También yo soy feliz, Marta, completamente feliz. Mateo vale mucho más de lo que yo me merezco. A veces me pregunto qué habrá visto en mí. Soy tan ignorante… Tiene que explicármelo todo: que si el abrazo de Vergara, que si el socialismo marxista… Menos mal que me presta revistas y que de vez en cuando yo lo interrumpo con un beso. Contra eso no acierta a defenderse. Lo llama el arma secreta. Deja de ser de Falange y es mío, es sólo para mí. Y a mí me gusta besarlo. Nunca hubiera creído que me gustara tanto. ¡Jesús, qué tonta soy! ¿Te imaginas si mi madre me oyera? Me encerraba en el convento de San Daniel… Pero ya somos mayorcitas, ¿no te parece? Luego una se confiesa y en paz. Paz relativa, claro… ¡Ay, y otra cosa! Mateo tiene también sus planes, ¿sabes? No sé si se examinará en septiembre, porque está tan ocupado que no le da tiempo a abrir un libro. Pero, en fin, quiere organizar la provincia como no lo sueña ni el Gobernador, quien por cierto el día de mi cumpleaños me mandó un precioso ramo de flores… ¡Oh, Marta, tienes razón! ¡Amar es bonito, es lo más bonito del mundo! ¿Querrás creer que a veces me asusta tanta felicidad? Cuando veo a Mateo dedicarse con tanta fe a los críos, a las Organizaciones Juveniles… Buen aprendizaje para luego, para cuando tengamos hijos, ¿no crees? Claro que, acostumbrado a formar centurias, no se conformará ni con dos ni con tres… Querrá tener un batallón. ¡Los que Dios quiera! ¡Qué más da! Uno se llamará César, por supuesto… Y la primera niña, Marta… ¡Jesús, ni que eso fuera a ocurrir ahora mismo! ¡Oh, no, por Dios, en este vagón no…! Ah, también yo daría cualquier cosa por ver ahora a Mateo… Seguro que andará en el coche de tu hermano, hablando de política… Que si Ciano, que si Roosevelt, que si el Chamberlain ese del paraguas… ¿Crees que hablarán un poco de nosotras, Marta? ¿Sí…? ¡Ay, no sé, eres muy optimista! Esos hombres… ¡Por la Virgen, qué sed tengo! Me muero de sed. ¿Queda algo en esa cantimplora? Y qué bien se está sentada aquí en el suelo, qué bien se está…

A veces, las sacudidas del coche, los frenazos del maquinista, las obligaban a abrazarse fuerte… Y se reían. En una de esas sacudidas la convulsión fue tal que se encontraron sepultadas por las hermanas Rosselló, por Chelo y por Antonia. "¡Que nos ahogamos!", gritaron Marta y Pilar. Pronto consiguieron liberarse y entonces brotaron de nuevo las risas.

En la estación de Granollers, en la que permanecieron paradas largo rato, Chelo, que había oído a retazos las confesiones de Marta y de Pilar, les habló también de su amor, Jorge de Batlle. "La gente mira a Jorge de una manera rara… Y es que ¡es tan retraído! Pero ¿cómo puede ser de otro modo con lo que ha sufrido? Pero se van a llevar una sorpresa… Yo conseguiré cambiarlo, llenarle la cabeza de recuerdos agradables. Y entonces todo el mundo lo querrá también… ¡No faltaría más!".

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