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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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– Claro, claro. Hablemos de Königsberg. A usted le hicieron prisionero en Königsberg.

– No me atosiguen. Tengo que contarlo a mi manera. Cuando algo lleva dormido tanto tiempo no puedes despertarlo de golpe y gritarle al oído.

– Tómese su tiempo. Tiene tiempo de sobra.

24

ALEMANIA Y RUSIA, 1945-1946

Königsberg es, era, importante para mí. Mi madre nació en Königsberg. Cuando era un niño íbamos de vacaciones a una ciudad costera cercana llamada Cranz. Las mejores vacaciones que tuvimos. Mi primera esposa y yo pasamos la luna de miel allí, en 1919. Era la capital de Prusia Oriental, una tierra de bosques oscuros, lagos cristalinos, dunas de arena, cielos blancos y caballeros teutónicos que construyeron una preciosa ciudad medieval con un castillo, una catedral y siete buenos puentes sobre el río Pregel. Incluso había una universidad fundada en 1544, donde el hijo más famoso de la ciudad, Immanuel Kant, ejerció la docencia siglos más tarde.

Llegué allí en junio de 1944. Como parte del grupo del Ejército Norte. Estaba adscrito a la división de infantería ciento treinta y dos. Mi trabajo era obtener información sobre el Ejército Rojo: qué clase de hombres eran, en qué condiciones combatían, tipos de armamento, líneas de abastecimiento, en fin, lo habitual. Y según la información que me proporcionaban los civiles alemanes que escapaban de sus casas ante el avance ruso, se trataba de neandertales bien equipados, indisciplinados, y borrachos que se dedicaban a las violaciones, el asesinato y las mutilaciones. Con franqueza, aquello parecía un montón de exageraciones histéricas. Y además estaba la propaganda nazi, cuyo objetivo era impedir que la gente se rindiese al enemigo. Por lo tanto, decidí averiguar por mi cuenta cuál era la verdadera situación.

Las cosas se complicaron cuando, a finales de agosto, la RAF bombardeó la ciudad y la redujo a escombros. Y cuando digo escombros, quiero decir escombros. Todos los puentes fueron destruidos. Los edificios públicos quedaron en ruinas. Así que me llevó cierto tiempo verificar los informes de las atrocidades. No me quedó ninguna duda sobre la veracidad de los informes cuando nuestras tropas retomaron el pueblo alemán de Nemmersdorf, a unos cien kilómetros al este de Königsberg.

Había visto cosas horribles en Ucrania, por supuesto. Y esto fue tan espantoso como cualquier cosa que les hubiéramos hecho a ellos. Mujeres violadas y mutiladas. Niños asesinados a palos. Toda la población asesinada. Los setecientos habitantes. Tenías que verlo para creerlo; ahora lo creían y hubiese deseado no verlo. Hice mi informe. El Ministerio de Propaganda se apropió de él inmediatamente y empezó emitir fragmentos por la radio. Bueno, aquella fue la última vez que no mintieron sobre nuestra situación. La única parte de mi informe que no utilizaron fue la conclusión: que debíamos evacuar la ciudad por mar lo antes posible. Podríamos haberlo hecho. Pero Hitler se opuso. Nuevas armas maravillosas iban a dar un vuelco a la situación y nos iban a dar la victoria. No teníamos por qué preocuparnos. Muchas personas se lo creyeron.

Aquello fue en octubre de 1944. En enero del año siguiente resultó dolorosamente claro para todos que no existía ningún arma maravillosa. Al menos ninguna que pudiese ayudarnos. La ciudad estaba rodeada, como Stalingrado. La única diferencia era que, además de cincuenta mil soldados alemanes, también había trescientos mil civiles. Comenzamos a evacuar a los civiles. Pero miles de ellos murieron durante la evacuación. Nueve mil desaparecieron en sólo cincuenta minutos, cuando un submarino ruso hundió al Wilhelm Gustoff delante del puerto de Gotenhafen. Continuamos combatiendo, no por obedecer a Hitler, sino porque por cada día que resistiéramos, conseguían escapar unos cuantos civiles más. ¿He dicho que fue el invierno más frío que se recordaba? Bueno, pues eso empeoró aún más la situación.

Por un tiempo cesaron los bombardeos de la artillería y la aviación, mientras los «ivanes» preparaban el asalto final. Cuando éste se produjo, en la tercera semana de marzo, éramos treinta y cinco mil hombres y cincuenta carros de combate contra unos ciento cincuenta mil soldados, quinientos carros de combate y más de dos mil aviones. Yo, que estuve en las trincheras durante la Gran Guerra, creía saber lo que era estar sometido a un bombardeo. No lo sabía. Los obuses y las bombas caían sin interrupción. Algunas veces había hasta doscientos cincuenta bombarderos en el cielo a cualquier hora.

Por fin, el general Lasch se puso en contacto con el alto mando ruso y ofreció nuestra rendición, a cambio de recibir garantías de que seríamos bien tratados. Aceptaron, y al día siguiente depusimos las armas. Estaba muy bien si eras soldado, pero los rusos eran de la opinión de que las garantías no se iban a aplicar a la población civil de Königsberg, y el Ejército Rojo procedió a cobrarse una terrible venganza con ella. Todas las mujeres fueron violadas. Los viejos fueron asesinados sin más. Los enfermos y los heridos fueron arrojados por las ventanas de los hospitales para dejar sitio a los rusos. En resumen, los soldados del Ejército Rojo se emborracharon, enloquecieron e hicieron lo que quisieron con los civiles de todas las edades antes de pegar fuego a lo que quedaba de la ciudad y sus víctimas. A aquellos que no murieron les dejaron librados a sus medios en el campo, donde la mayoría murió de hambre. No había nada que nosotros como soldados pudiésemos hacer. Los que protestaban eran fusilados en el acto. Algunos decían que era un acto de justicia -que nos lo merecíamos por lo que les habíamos hecho a ellos-, y en cierto modo era verdad, sólo que resulta difícil pensar en la justicia cuando ves a una mujer desnuda crucificada en la puerta de un granero. Quizá todos merecíamos ser crucificados, como aquellos gladiadores amotinados en la antigua Roma. No lo sé. Pero todos los hombres que vieron aquello se preguntaban qué nos depararía el futuro. Ahora lo sé.

Durante varios días nos hicieron marchar hacia el este de Königsberg, y mientras caminábamos nos robaron los anillos, los relojes e incluso los dientes postizos. Cualquier hombre que se negase a entregar un objeto de valor a los rusos era asesinado en el acto. En la estación de ferrocarril esperamos pacientemente en un campo el transporte que nos llevaría a nuestro destino. No había agua ni comida, y continuamente se unían a nosotros más y más soldados alemanes.

Algunos de nosotros subimos a un tren que nos llevó a Brno, en Checoslovaquia, donde por fin nos dieron un poco de pan y agua; y luego subimos a otro tren que iba al sudeste. En el momento en que el tren dejaba Brno vimos la famosa catedral de San Pedro y San Pablo, y para muchos hombres aquello fue casi tan bueno como ver a un sacerdote. Incluso aquellos que no eran creyentes aprovecharon la oportunidad para rezar. La siguiente vez que nos detuvimos nos hicieron bajar de los vagones de ganado y, por fin, nos dieron un poco de sopa caliente. Era el 13 de abril de 1945, veinte días después de nuestra rendición. Lo sé porque los rusos se preocuparon de darnos la noticia de que Hitler había muerto. No sé quién se alegró más al oírlo, si ellos o nosotros. Algunos aplaudieron; otros lloraron. Sin duda era el final de un infierno. Pero para Alemania, y para nosotros en particular, era el comienzo de otro; el infierno quizás es en realidad un lugar de castigo y sufrimiento eterno dirigido por demonios que disfrutan infligiendo crueldad. Desde luego fuimos juzgados por el libro que estaba abierto; el libro era el Mein Kampf, y por lo que estaba escrito en aquel libro íbamos a sufrir todos. Algunos más que otros.

Desde aquel campo de tránsito en Rumania -alguien afirmó que era un lugar llamado Secureni, desde donde los judíos de Besarabia habían sido enviados a Auschwitz- partimos en otro tren que viajaba al noreste a través de Ucrania, un país que había esperado no volver a ver nunca más, hasta un punto en mitad de la nada donde los guardias del MVD nos hicieron bajar de los vagones de ganado con látigos y maldiciones. Allí, débiles por la falta de comida y agua, parpadeando bajo el sol de primavera como perros indeseables, esperamos nuestras órdenes. Por fin, después de casi una hora, marchamos por una carretera de tierra entre dos horizontes infinitos.

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