El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Tras lo cual abandonó la estancia.
Julilla frunció el entrecejo e instintivamente se volvió hacia su madre, tratando de refugiarse en sus brazos, pero Marcia retrocedió como si la muchacha llevase un vestido envenenado.
– ¡Qué vergüenza! -balbució indignada-. ¡Y todo por un hombre indigno de besar el suelo que pisa César!
– ¡Oh, madre!
– ¡No hay madre que valga! ¿No querías ser mayor, Julilla, ser una mujer para casarte? Pues apecha con lo que has organizado.
Y Marcia salió también del cuarto.
Cayo Julio César escribía así días más tarde a su yerno Cayo Mario:
Bien, la lamentable historia va disipándose. Me gustaría poder deciros que Julilla ha aprendido la lección, pero mucho lo dudo. Con los años, Cayo Mario, sabréis también lo que son los tormentos y dilemas de la paternidad y ojalá pudiera ofreceros el paliativo de deciros que aprenderéis por mis errores. Pero no es así. Pues, del mismo modo que es distinto cada niño que nace en este mundo y hay que tratarlo de forma distinta, también los padres son distintos. ¿En qué nos equivocamos con Julilla? Sinceramente, no lo sé. Ni siquiera sé si nos equivocamos. Quizá sea una falta innata, intrínseca. Estoy amargamente dolido, del mismo modo que lo está la pobre Marcia, como se evidencia por su subsiguiente rechazo de cuantos intentos de afecto y arrepentimiento muestra Júlilla. La niña sufre profundamente, pero me he preguntado si debemos mostrarnos distantes de momento y creo que sí. Nunca le faltó nuestro cariño pero nunca tuvimos ocasión de someterla a disciplina y creo que para que escarmiente debe sufrir.
La justicia me obligó a visitar a nuestro vecino Lucio Cornelio Sila y presentarle una excusa colectiva, que es lo único que podemos hacer hasta que Julilla mejore de aspecto y pueda pedirle perdón en persona. Aunque se negaba a ello, insistí para que nos entregase las cartas de Julilla, y por una vez me valió mi condición de paterfamilias. Luego hice que Julilla las quemase no sin antes obligarla a que nos leyese a Marcia y a mí las necedades que había escrito. ¡Qué tremendo resulta tener que ser tan severo con alguien de la misma sangre de uno! Pero mucho me temo que sólo con un escarmiento de esta índole podamos llegar al corazón egoísta de Julilla.
Bien, basta de Julilla. Cosas mucho más importantes están sucediendo. Quizá sea yo el primero que envía las noticias a la provincia de Africa, pues me he prometido que ésta salga mañana mismo en un barco rápido que zarpe de Puteoli. Marco Junio Silano ha sufrido una desastrosa derrota frente a los germanos. Han perecido treinta mil hombres y el resto se hallan tan desmoralizados, y sin un mando firme, que se han desbandado en todas direcciones. Parece que a Silano no le importe, o quizá sea más exacto decir que valora más su propia vida que seguir al frente de sus tropas, pues fue él mismo quien trajo la noticia a Roma, pero con una versión tan edulcorada, que evitó una manifestación pública de indignación, y cuando se supo la verdad, el desastre ya había perdido capacidad de impresionar a la gente. Naturalmente, lo que intenta es eludir la acusación de traición, y creo que lo conseguirá. Si la comisión de Mamilio tuviera poderes para juzgarle, se le podría declarar culpable, pero un juicio en la Asamblea de las centurias, con sus reglamentos y procedimientos tan anticuados y tantos jurados… La opinión que predomina es que no vale la pena iniciar el proceso.
Bien, es como si os oyera preguntar: ¿Qué hay de los germanos? ¿Invaden en tropel las costas mediterráneas? ¿Huyen presa del pánico los habitantes de Massilia? No. ¿Querréis creer que después de aniquilar al ejército de Silano no tardaron en volver grupas y dirigirse al Norte? ¿Cómo se puede combatir con un enemigo tan enigmático e imprevisible? Creedme, Cayo Mario, temblamos todos. Porque volverán; más tarde o más temprano, pero parece que volverán. Y no disponemos de mejores comandantes para hacerles frente, sólo hombres como Marco Junio Silano. Como ya es habitual, las legiones de los aliados itálicos fueron las que llevaron la peor parte, aunque también han perecido muchos soldados romanos. El Senado tiene que atender una avalancha de quejas de los marsos y los samnitas y de un sinnúmero de pueblos itálicos.
Concluiré con algo más frívolo. En este momento sostenemos una hilarante pugna con nuestro estimado censor Marco Emilio Escauro. El otro censor, Marco Livio Druso, murió repentinamente hace tres semanas, lo cual puso abrupto fin al lustrum de los censores y Escauro tendrá que abandonar el cargo. ¡Pero se niega! Y ahí está lo gracioso. Nada más concluir el funeral de Druso, se reunió el Senado e instó a Escauro a declinar sus tareas censoriales para cerrar oficialmente el lustrum con la ceremonia habitual. Pero Escauro se negó, diciendo que había sido elegido censor, que tenía en curso los contratos del programa de obras públicas y que no podía dejarlo todo en tal Coyuntura.
– ¡Marco Emilio, Marco Emilio, eso no te compete a ti! -le dijo Metelo Dalmático, pontífice maximo-. La ley estipula que cuando muere el censor durante el desempeño de su cargo, el lustrum ha acabado y su colega censor debe dimitir inmediatamente.
– No me importa lo que diga la ley -replicó Escauro-. No puedo dimitir inmediatamente y no voy a dimitir inmediatamente.
Le ruegan y le imploran, le gritan y le razonan en vano. Escauro está decidido a crear un precedente pisoteando la tradición y seguir siendo censor. Vuelven a rogarle y a suplicarle, a gritarle y a razonarle, hasta que él pierde la paciencia y estalló:
– ¡Me meo en todos vosotros! -les gritó, y siguió con sus contratos y proyectos.
Así que el pontífice máximo Dalmático convocó otra reunión del Senado y le obligó a dictar un consultum formal conminando a Escauro a la dimisión inmediata. Acudió una comisión al Campo de Marte y allí dio con Escauro, sentado en el podio del templo de Júpiter Stator, edificio que había elegido como despacho por hallarse junto al Porticus Metelli, en donde tienen su sede casi todos los contratistas de obras.
Bien, como sabéis, yo no soy partidario de Escauro. Es tan astuto como Ulises y tan mentiroso como Paris, pero me habría gustado que le hubierais visto apabullarlos. No sé cómo un personaje tan feo, bajito y delgaducho como Escauro ha sido capaz de eso. ¡Si ni si quiera le queda un pelo en la cabeza! Marcia dice que es por sus hermosos ojos verdes, su voz, aún más hermosa, y su sentido del humor. Bien, lo del sentido del humor lo admito, pero los encantos de su aparato visual y bucal se me escapan. Marcia alega que soy un hombre típico, aunque no sé qué quiere decir con esto; mi experiencia me dice que las mujeres siempre acaban escudándose en comentarios así cuando se ven acorraladas por la lógica. Pero debe también haber alguna extraña lógica a tal éxito. ¿Quién sabe?, a lo mejor Marcia tiene razón.
Pues allí estaba aquel farsante, en medio de la magnificencia del mejor templo de mármol de Roma y de las espléndidas estatuas ecuestres de los generales de Alejandro Magno, que Metelo Macedónico trajo como pillaje de la antigua capital macedónica de Pela. Allí estaba él dominando el conjunto. ¿Cómo es posible que un enano romano calvo haga sombra a los magníficos caballos de tamaño natural de Lisipo? Os juro que siempre que veo a los generales de Alejandro de esas estatuas espero que bajen del pedestal y echen a correr en esos corceles tan distintos como lo era Tolomeo de Parménides.