El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Invitó a todo el mundo, incluso a Hércules Atlas, que se anunciaba como el hombre más fuerte del mundo recorriendo Italia de un extremo a otro por fiestas, ferias y festivales. Era un individuo que siempre se hacía ver por la calle con una piel de león apolillada y un enorme garrote y que era una especie de institución en el mundo de la farándula; pero raras veces se le invitaba a fiestas para que exhibiera sus proezas de forzudo, porque cuando el vino circulaba por su garganta como el agua por el Aqua Marcia, Hércules Atlas se volvía muy agresivo y se enfadaba.
– Estás loco invitando a ese toro -comentó Metrobio, jugueteando con los rizos de Sila, inclinado sobre su hombro para ver la nueva lista. El verdadero cambio experimentado por Metrobio durante su viaje con Sila era que había aprendido a leer y escribir. Scilax le había aleccionado en todas sus artes, desde el oficio de actor hasta la sodomía, pero no le había procurado la emancipación de las letras.
– Hércules Atlas es amigo mío -contestó Sila, besando los dedos del muchacho uno por uno con mucho mayor deleite con que se lo hacía a Clitumna.
– ¡Pero se vuelve loco cuando bebe! -replicó Metrobio-. Te destrozará la casa, y a buen seguro a dos o tres invitados. ¡Contrátale para que actúe, pero no le invites!
– No puedo hacer eso -dijo Sila, despreocupado, alargando la mano por encima del hombro para sentar al muchacho en su regazo. Metrobio le echó los brazos al cuello y alzó la cabeza, al tiempo que Sila le besaba los párpados suavemente y con gran ternura.
– Lucio Cornelio, ¿por qué no te quedas conmigo? -inquirió el muchacho, arrellanándose gozosamente en los brazos de Sila.
Los besos cesaron y Sila frunció el entrecejo.
– Estás mucho mejor con Scilax -replicó con sequedad.
– ¡Qué va, de verdad que no! -protestó Metrobio, arrobado y abriendo sus grandes ojos-. ¡A milos regalos, las clases y el dinero no me importan, Lucio Cornelio! ¡Prefiero estar contigo aunque seamos pobres!
– Tentadora oferta, y la aceptaría sin pensarlo si me propusiera seguir siendo pobre -replicó Sila, abrazando al muchacho amorosamente-. Pero no voy a seguir siendo pobre. Ahora tengo el dinero de Nicopolis y estoy muy ocupado especulando con él. Algún día tendré lo bastante para poder aspirar al Senado.
– ¡Al Senado! -exclamó Metrobio incorporándose y dándose la vuelta para mirar a Sila de frente-. ¡No puedes, Lucio Cornelio, tus antepasados eran esclavos como los míos!
– No, no eran esclavos -replicó Sila, devolviéndole la mirada-. Soy un Cornelio patricio y tengo derecho al Senado.
– ¡No lo creo!
– Pues es la verdad -replicó Sila, lacónico-. Por eso no puedo aceptar tu ofrecimiento, por tentador que sea. Cuando sea candidato al Senado, tendré que convertirme en modelo de decoro y se acabaron los actores, los mimos y los chicos guapos dijo, dándole una palmada en la espalda y apretándole-. Ahora, pon atención a esa lista y deja de menearte, que no me dejas concentrar. Hércules Atlas viene de invitado y para actuar; y no se hable más.
De hecho, Hércules Atlas fue de los primeros huéspedes en llegar. El rumor de la juerga que se preparaba había corrido por la calle y los vecinos se habían resignado a aguantar una noche de berridos, gritos, fuerte música y golpes de lo más heterogéneo. Como de costumbre, era una fiesta de disfraces. Sila encarnaba a la ausente Clitumna y se había puesto chales con flecos, sortijas y una peluca de alheña con rizos en forma de salchicha, y constantemente realizaba imitaciones de sus risitas disimuladas y contenidas y de sus gritos y carcajadas. Como los invitados la conocían bien, su actuación fue muy celebrada.
Metrobio apareció de nuevo con alas, pero en esta ocasión haciendo de Icaro en vez de Cupido, con unas plumas muy hábilmente derretidas por los bordes de modo que parecieran a medio desprender. Scilax se presentó de Minerva, encarnando a una diosa hierática y hombruna con aspecto de vieja ramera excesivamente maquillada. Cuando vio cómo Metrobio se pegaba a Sila, se dedicó a emborracharse y en seguida se olvidó del escudo, la rueca, la lechuza disecada y la lanza y, finalmente, los dejó en un rincón y se puso a llorar hasta quedarse dormido.
Por ello, Scilax no fue testigo de las inacabables actuaciones, y de la intervención de los cantantes, que comenzaban con melodías inmortales y sorprendentes arpegios y concluían con lerdas cancioncillas como ésta:
Canciones mucho más conocidas de los invitados, quienes coreaban la letra.
Hubo bailarines que se quedaron en cueros con exquisito arte, mostrando pubis perfectamente depilados; y un hombre con perros amaestrados que bailaban casi igual de bien y con gestos aún más lúbricos; y hubo un número de animalismo, que hizo una muchacha de Antioquía con un asno, que fue entusiásticamente acogido por la concurrencia, cuyos componentes masculinos quedaron demasiado impresionados por los atributos del burro para cortejar posteriormente a la muchacha.
Hércules Atlas fue el último en actuar, justo antes de que la fiesta se escindiese en el grupo de los demasiado ebrios para prestar interés a nada sexual y los suficientemente bebidos para sólo interesarse en eso. Los invitados se agruparon en la columnata del jardín peristilo, en medio del cual se había situado Hércules Atlas sobre un resistente estrado. Tras unos ejercicios de calentamiento, doblando barras de hierro y rompiendo unos troncos de un papirotazo, el forzudo se dedicó a coger racimos de media docena de mujeres, que lanzaban estridentes gritos, colocándoselas sobre los hombros, la cabeza y en los brazos. Luego levantó un par de yunques y comenzó a rugir estentóreamente, más feroz que un león del circo. En realidad lo estaba pasando muy bien, pues el vino discurría por su garganta como el agua por el acueducto de Aqua Marcia y sus tragaderas eran tan fenomenales como su fuerza. El problema fue que cuantos más yunques cogía, más inquietas se ponían las mujeres, hasta que sus gritos de placer se convirtieron en gritos de terror.
Sila salió al jardín y dio una discreta palmadita a Hércules Atlas en la rodilla.
– Eh, muchacho, deja a las chicas -le dijo en tono de lo más amistoso-, las estás lastimando con los hierros.
Hércules Atlas soltó a las mujeres inmediatamente, pero, enojadísimo, cogió a Sila.
– ¡A mí no me dices cómo tengo que actuar! -vociferó, haciéndole girar vertiginosamente como si fuese la varita mágica del sacerdote de Isis y provocando el desprendimiento de peluca, chal y faldas.
Hubo invitados presa del pánico y otros que optaron por intervenir, saliendo al jardín a rogar al demente forzudo que soltara a Sila. Pero Hércules Atlas dio satisfacción a todos, poniéndose a Sila bajo el brazo como si fuese una canasta y abandonando la fiesta. No hubo manera de impedírselo: se abrió camino entre los cuerpos que se le echaban encima como si fuese una nube de mosquitos, al portero le propinó un golpe en la cara con el que le envió al centro del recibidor y, luego, desapareció calle abajo sin soltar al desesperado Sila.
Al llegar a la escalinata de las Vestales se detuvo.
– ¿Lo he hecho bien, Lucio Cornelio? ¿Lo he hecho bien? -inquirió, dejándole en el suelo con mucho cuidado.
– Lo has hecho perfecto -dijo Sila, tambaleándose-. Vamos, te acompaño a tu casa.
– No hace falta -respondió Hércules Atlas, ajustándose la piel de león y comenzando a descender la escalinata-. Está a un paso de aquí, Lucio Cornelio, y la luna es casi llena.
– Sí, si, te acompaño -insistió Sila dándole alcance.
– Como quieras -dijo el forzudo, encogiéndose de hombros.