El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]
- Автор: Леру Гастон
- Язык: испанский
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:
Se reía, siempre de pie en la parte trasera de la barca, y se movía con un balanceo de mono. Tenía todo el aspecto de la roca fatal con, por si fuera poco, sus ojos de oro. Luego no vi más que sus ojos y, finalmente, desapareció en la noche del lago.
A partir de este día renuncié a entrar en su mansión por el lago. Evidentemente aquella entrada estaba demasiado bien vigilada, sobre todo desde que él sabía que yo la conocía. Pero pensaba que debía haber otra, ya que más de una vez, mientras le vigilaba, había visto desaparecer a Erik en el tercer sótano, sin poder saber cómo. No es preciso que repita que, desde que había vuelto a encontrar a Erik instalado en la Opera, vivía bajo el perpetuo terror de sus horribles fantasías, no en lo que pudiera, afectarme, pero temía todo para los demás. [33] Cuando ocurría algún accidente, algún hecho fatal, no podía evitar decirme: «Quizá sea Erik»…, igual que otros decían a mi alrededor: «Es el fantasma»… ¡Cuántas veces habré oído pronunciar esa frase por gentes que sonreían! ¡Desgraciados! De saber que aquel fantasma era de carne y hueso y más terrible aún que la sombra vana que evocaban, habrían seguramente dejado de burlarse… si hubieran sabido simplemente de lo que Erik es capaz, sobre todo en un campo de maniobras como la Ópera… ¡Y si hubieran conocido a fondo mi terrible presentimiento!…
En cuanto a mí, no vivía… A pesar de que Erik me hubiera anunciado con solemnidad que había cambiado y que se había convertido en el más virtuoso de los hombres, desde que era amado por lo que era, frase que, de momento, me dejó horriblemente perplejo, no podía dejar de estremecerme al pensar en el monstruo. Su horrible, única y repulsiva fealdad le alejaba de la humanidad y era evidente para mí que él no creía tener a su vez ningún deber para con la raza humana. La forma en la que me había hablado de sus amores no había hecho más que aumentar mi temor, ya que preveía en aquel nuevo acontecimiento, al que había hecho alusión con el tono de jactancia que ya le conocía, la causa de nuevos dramas más horribles que los anteriores. Conocía hasta qué extremo de sublime y desastrosa angustia podía llegar el dolor de Erik, y las palabras que me había dicho -vagamente anunciadoras de la catástrofe más espantosa- no cesaban de acudir a mi temible pensamiento.
Por otra parte, había descubierto el extraño comercio moral que se había establecido entre el monstruo y Christine Daaé. Oculto en el trastero al lado del camerino de la joven diva, había asistido a sesiones admirables de música que sumían evidentemente a Christine en un éxtasis maravilloso, pero, de todas formas, nunca habría podido imaginar que la voz de Erik, fuerte como el trueno o suave como la de los ángeles, pudiera hacer olvidar su fealdad. Comprendí todo cuando descubrí que Christine aún no lo había visto. Tuve ocasión de penetrar en el camerino y, recordando las lecciones que él me habían dado en otro tiempo, no me costó nada encontrar el resorte que hacía girar la pared que aguantaba el espejo, y vi mediante qué trucaje de ladrillos ahuecados y ladrillos portavoces se dejaba oír a Christine como si hubiera estado a su lado. También descubrí por el camino que conduce a la fuente y la prisión -a la prisión de los comuneros-, y también la trampilla que permitía a Erik introducirse directamente en los sótanos del escenario.
Pocos días más tarde, cuál no sería mi sorpresa al enterarme con mis propios ojos y mis propios oídos, que Erik y Christine Daaé se veían, y al sorprender al monstruo, inclinado sobre la fuentecilla que llora, en el camino de los comuneros (final de todo, bajo tierra), ocupado en refrescar la frente de Christine Daaé desvanecida. Un caballo, blanco, el caballo blanco de El Profeta, que había desaparecido de las cuadras de los sótanos de la Opera, estaba tranquilamente a su lado. Me personé. Fue terrible. Vi salir chispas de los ojos de oro, fui golpeado en plena frente antes de que pudiera decir una sola palabra y quedé aturdido. Cuando recuperé el conocimiento, Erik, Christine y el caballo blanco habían desaparecido. No dudé de que la desgraciada joven se encontraba prisionera en la mansión del Lago. Sin detenerme a pensar, decidí volver a la orilla, pese al riesgo de semejante empresa. Durante veinticuatro horas espié, escondido cerca de la orilla oscura, la aparición del monstruo, ya que estaba convencido de que tendría que salir en busca de provisiones. Con respecto a esto, debo decir que, cuando salía por París o que se atrevía a mostrarse en público, se ponía, en lugar del horrible agujero de su nariz, una nariz de cartón piedra provista de un bigote, que no le quitaba del todo su aire macabro, ya que cuando pasaba decían a sus espaldas: «¡Mira, ahí va ese trompe-la-mort!» [34], pero que le hacía más o menos -digo más o menos- soportable a la vista.
Estaba pues aguardándolo en la orilla del lago -del lago Averno como él lo había llamado varias veces delante mío, riendo sarcásticamente- y, cansado de mi larga espera, me decía: «Ha pasado por la otra puerta, por la del "tercer sótano"», cuando oí un pequeño chapoteo en la oscuridad, vi brillar como fanales a los ojos de oro y poco después llegaba la barca. Erik saltaba a la orilla y venía hacia mí.
– Hace ya veinticuatro horas que estás ahí -dijo-; me estás cansando. ¡Te advierto que todo esto acabará muy mal! Y tú lo habrás querido, ya que mi paciencia contigo es enorme… Crees seguirme, grandísimo necio -(textual)- y soy yo el que te sigo y sé todo lo que sabes de mí. Te perdoné ayer en mi camino de los comuneros, pero te digo, ahora en serio, que no quiero volver a verte. Todo esto es muy imprudente y me pregunto aun si sabes lo que espera si insistes en hablar.
Estaba tan encolerizado que me guardé bien de interrumpirlo. Tras resoplar como una foca, me expuso lo que pensaba que correspondía a lo que yo me temía.
– ¡Sí, debes saber ya -de una vez por todas- qué te significaría hablar! Te digo que, por culpa de tus imprudencias -puesto que te has hecho detener dos veces ya por la sombra del sombrero de fieltro, quien no sabía qué hacías en los sótanos y te condujo ante los directores, quienes te tomaron por un persa fantasioso aficionado a los trucos mágicos y a las candilejas del teatro (yo estaba allí…, sí, estaba en el despacho; sabes bien que estoy en todas partes)-, te digo que por culpa de tus imprudencias acabarán por preguntarse qué es lo que buscas aquí… y querrán, como tú, buscar a Erik… y descubrirán la mansión del Lago… ¡En ese caso, peor para ti, amigo mío!… ¡Peor para ti! ¡No respondo de nada -y volvió a resoplar como una foca-. ¡De nada!… Si los secretos de Erik no siguen siendo secretos de Erik; ¡peor para muchos seres humanos! Es todo lo que tenía que decirte y, a menos que no seas un grandísimo necio -(textual)- debería ser suficiente, a no ser que no sepas lo que quiere decir hablar…
Estaba sentado en la parte trasera de su barca y golpeaba la madera de la pequeña embarcación con los talones, esperando una respuesta mía. Le dije simplemente:
– No es a Erik a quien vengo a buscar aquí…
– ¿A quién, pues?
– Lo sabes muy bien, ¡a Christine Daaé!
– Tengo derecho a citarla en mi casa -me contestó-. Me ama por lo que soy.
– ¡No es cierto! -respondí-. La has raptado y secuestrado.
– Óyeme -me dijo, ¿me prometes no volver a meterte en mis asuntos si te pruebo que me ama tal como soy? -me dijo.
– Sí, te lo prometo -respondí sin vacilar, pues pensaba que para semejante monstruo esta demostración era imposible.
– ¡Pues bien, es sencillísimo!… Christine Daaé saldrá de aquí cuando quiera, y volverá… Sí, volverá porque querrá volver… ¡Volverá por sí misma, porque me quiere por mí mismo!
[33] Aquí, el Persa podía haber admitido que la suerte de Erik le interesaba también personalmente, ya que no ignoraba que, si el gobierno de Teherán supiera que Erik aún estaba vivo, esto habría significado el fin de la modesta pensión del antiguo daroga. Es preciso añadir que el Persa tenía un corazón noble y generoso, y no dudamos de que las catástrofes que temía para los demás ocupaban plenamente su espíritu. Por lo demás, su conducta en todo esté asunto lo demuestra de sobras y por encima de cualquier elogio.
[34] Literalmente, el «engaña-la-muerte», apelativo familiar de «una persona que sale bien de todas las enfermedades», según el Larousse.