El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]
- Автор: Леру Гастон
- Язык: испанский
- Жанр: Классические детективы
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– ¡Mire -dijo-…, la pared es un espejo!
– ¡Sí, un espejo! -dijo el Persa con profunda emoción. Y añadió, pasándose la mano que sujetaba la pistola por la frente sudorosa:
– ¡Hemos ido a caer en la cámara de los suplicios!
XXII INTERESANTES E INSTRUCTIVAS TRIBULACIONES DE UN PERSA EN LOS SÓTANOS DE LA ÓPERA
Relato del Persa
El propio Persa contó cómo había intentado en vano hasta esa noche penetrar en la mansión del Lago por el lago; cómo había descubierto la entrada del tercer sótano, y cómo, finalmente, el vizconde de Chagny y él se encontraron apresados por la imaginación infernal del fantasma, en la cámara de los suplicios. He aquí el relato que nos ha dejado (en condiciones que precisaremos más tarde) y al que no he cambiado ni una sola palabra. Lo transcribo tal como está, porque no creo que deba silenciar las aventuras personales del daroga alrededor de la mansión del Lago antes de volver en compañía de Raoul. Si, por algunos instantes este principio, por interesante que sea, parece alejarnos un poco de la cámara de los suplicios es sólo para mejor devolvernos a ella, después, tras habernos explicado cosas de máxima importancia y ciertas actitudes y modos de hacer del Persa que hasta ahora han podido parecer un poco extraordinarios.
Era la primera vez que entraba en la mansión del Lago -escribe el Persa-. En vano había rogado al maestro en trampillas así llamábamos en mi país, en Persia, a Erik- que me abriera las misteriosas puertas. Siempre se había negado. Yo, que me jactaba de conocer muchos de sus secretos y trucos, había intentado en vano forzar la consigna. Desde que volví a encontrar a Erik en la ópera, a la que parecía haber elegido como domicilio, le había espiado con frecuencia tanto en los corredores de los sótanos como en los superiores, así como en la misma orilla del Lago. Cuando se creía solo. subía en su barca y atracaba directamente la pared de enfrente_ Pero la curiosidad que le rodeaba era demasiado espesa para que pudiera ver en qué lugar exacto de la pared hacía funcionar el mecanismo de la puerta. La curiosidad y también una idea temible que se me había ocurrido al meditar sobre algunas frases que el monstruo me había dirigido, me impulsaron un día, en el que a mi vez me creía solo, a subir a la barca y a dirigirla hacia aquella parte de la pared por la que había visto desaparecer a Erik. Fue entonces cuando tuve que vérmelas con la Sirena que guarda el acceso a aquellos parajes y cuyo encanto estuvo a punto de serme fatal, en las condiciones precisas que paso a exponer. Aún no había abandonado la orilla cuando el silencio en el que navegaba se vio turbado por una especie de suspiro cantante que me envolvió. Era a la vez una respiración y una música; ascendía suavemente de las aguas del lago y me envolvía sin poder adivinar por qué artificio se conseguía. Me acompañaba, se desplazaba conmigo y era tan suave que no me daba miedo. Por el contrario, deseoso de acercarme a la fuente de aquella suave y cautivadora armonía, me inclinaba por encima de la barca hacia las aguas, ya que no tenía la menor duda de que la música provenía de ellas. Me encontraba ya en el centro del lago y no había nadie más que yo en la barca. La voz -ya que ahora era claramente una voz- estaba a mi lado, por encima de las aguas. Me incliné… Me incliné cada vez más… El lago estaba en perfecta calma y el rayo de luna que, traspasando el tragaluz de la calle Scribe, venía a iluminarlo, no reflejaba absolutamente nada en aquella superficie lisa y negra como la tinta. Me restregué las orejas con intención de librarme de un posible zumbido, pero tuve que rendirme ante la evidencia de que no hay zumbido tan armonioso como el suspiro cantante que me seguía y que ahora me atraía.
Si yo hubiera tenido un espíritu supersticioso o me hubieran influido más las leyendas, no hubiera dejado de pensar que me enfrentaba a una sirena encargada de turbar al viajero que se atreviera a viajar por las aguas de la mansión del Lago, pero, a Dios gracias, soy de un país que gusta demasiado lo fantástico como para conocer su fondo, y yo mismo lo había estudiado bastante en otros tiempos. Con los trucos más simples, alguien que conozca su oficio puede desatar a la pobre imaginación humana.
No dudé, pues, que tenía que vérmelas con una nueva invención de Erik, pero, una vez más, aquella invención era tan perfecta que, inclinándome por encima de la barca, me sentía menos impulsado por el deseo de descubrir el truco que por el de disfrutar de su encanto.
Y me incliné… seguí inclinándome… hasta casi zozobrar.
De pronto dos brazos monstruosos surgieron del seno de las aguas y me agarraron por el cuello, arrastrándome al abismo con una fuerza irresistible. Y, desde luego, habría estado perdido irremisiblemente de no ser porque tuve tiempo de lanzar un grito por el que Erik me reconoció.
Porque era él, que en lugar de ahogarme como seguramente había sido su intención, nadó y me dejó suavemente en la orilla del lago.
– Eres un imprudente -me dijo alzándose ante mí, chorreante de aquel agua infernal-. ¿Por qué intentas entrar en mi mansión? No te he invitado. ¡No quiero saber nada de ti ni de nadie en el mundo! ¿Acaso me salvaste la vida sólo para hacérmela insoportable? Por grande que haya sido tu servicio, Erik terminará por olvidarlo y tú sabes que nada en el mundo puede contener a Erik, ni siquiera el mismo Erik.
Él hablaba, pero ahora yo no tenía otro deseo que el de conocer lo que llamaba ya el truco de la sirena. En seguida se prestó a satisfacer mi curiosidad, ya que Erik, que es un verdadero monstruo -yo lo considero así, habiendo tenido ocasión de verlo en acción en Persia-, sigue siendo en algunas cosas un auténtico niño presuntuoso y vanidoso, y no hay nada que le guste más que, después de haber dejado asombrada a la gente, demostrar todo el ingenio, milagroso en verdad, de su espíritu.
Se echó a reír y me enseñó un largo junco.
– ¡Es la cosa más simple del mundo! -me dijo-, es muy
cómodo para respirar y cantar bajó el agua. Es un truco que aprendí de los piratas del Tonquín [30], que de este modo pueden permanecer escondidos horas enteras en el fondo de los ríos [31]. Le hablé con severidad.
– Es un truco que ha estado a punto de matarme -le dije-…, y puede que haya resultado fatal para otros.
No me contestó, pero se levantó con ese aire de amenaza infantil que le conozco tan bien.
No le permití que me intimidara. Le dije claramente: -Sabes lo que me prometiste, Erik. ¡No más crímenes! -¿Es que he cometido más crímenes? -preguntó, adoptando un tono amable.
– ¡Desgraciado! -exclamé-. ¿Has olvidado pues las horas rosas de Mazenderan?
– Sí, preferiría haberlas olvidado -contestó él repentinamente triste-, pero reconoce que hice reír a la pequeña sultana.
– Todo eso es cosa pasada -declaré-…, pero ahora es el presente y, si yo lo hubiera querido, éste no existiría para ti… Acuérdate de esto, Erik: ¡yo te salvé la vida!
Aproveché el giro que había tomado la conversación para hablarle de una cosa que desde hacía tiempo acudía a menudo a mi mente.
– Erik…, Erik, júrame…
– ¿Qué? Sabes perfectamente que no cumplo mis juramentos. Los juramentos están hechos para atrapar a los estúpidos -dijo.
– Dime… puedes decírmelo a mí, ¿no?
– ¿Qué?
– ¿Qué? ¡La araña!… ¡La araña, Erik!…
– ¿Qué pasa con la araña?
– Sabes perfectamente lo que quiero decir.
– ¡Ah… la araña… Claro que puedo decírtelo… La araña no ha sido cosa mía… Aquella araña estaba demasiado gastada… -y rio sarcásticamente.
Cuando reía, Erik era aún más espantoso. Saltó a la barca riéndose de una forma tan siniestra que no pude evitar estremecerme.
– ¡Muy gastada, querido daroga! [32] Muy gastada la araña… se cayó sola… Hizo ¡boom! Y ahora, un consejo, daroga. Ve a secarte si no quieres coger un constipado… y no vuelvas a subir nunca a mi barca… Y, sobre todo, no intentes entrar en mi casa… No siempre estoy allí… daroga. ¡Y lamentaría tener que dedicarte mi misa de difuntos!
[30] Región histórica del noreste de Indochina, desde 1954 forma parte de la República Popular de Vietnam.
[31] Un informe administrativo procedente del Tonquín y llegado a París a finales de julio de 1900, cuenta cómo el célebre jefe de la, banda, De Tham, vencido junto con sus piratas por nuestros soldados, pudo escapar, al igual que todos los suyos, gracias al truco de los juncos.
[32] Daroga, en Persia, comandante general de la policía del gobierno.