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El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]

Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:

El fantasma de la Ópera no solamente es la obra más famosa de Gaston Leroux, sino también la que ha logrado más perdurabilidad e interés, sobre todo por dos elementos muy especiales: el aspecto visual de la novela, que la predisponía a las futuras adaptaciones cinematográficas, y -la música, determinada por el ambiente de la Ópera de Paris, donde se desarrollan las correrías del fantasma. La historia, una mezcla de La Dama de las Camelias y los ambientes góticos de Nuestra Señora de Paris, relata los amores del vizconde Raoul de Chagny y la cantante Chistine Daaé, y su rapto por Erik, el Fantasma de la Ópera, quien mora en los subsuelos de ese enorme edificio, el teatro más grande del mundo, con sus más de 2.000 puertas y su lago subterráneo, construido por el famoso arquitecto Garnier. Una novela a la que la arquitectura y la música harán mantener siempre su interés, con un héroe al mismo tiempo diabólico y vulnerable, fiel heredero del romanticismo.
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– Sí, con cerradura.

Pensé: se abre del otro lado con una llave, como todas las puertas, pero por nuestro lado se abre con el resorte y el contrapeso, y no va a ser fácil descubrirlo.

– ¡Señorita! -dije-. ¡Es absolutamente necesario que nos abra esa puerta!

– Pero, ¿cómo? -respondió la voz desolada de Christine. Oímos un cuerpo que se movía, que intentaba librarse de las ligaduras que la aprisionaban…

– Sólo nos salvaremos con astucia -dije-. ¡Necesitamos la llave de esa puerta!

– Sé dónde está -contestó Christine que parecía agotada por el esfuerzo que acababa de hacer-, pero estoy bien atada… ¡Miserable!…

Se oyó un sollozo.

– ¿Dónde está la llave? -pregunté, ordenando al señor de Chagny que se callara y me dejara llevar el asunto porque no podíamos perder ni un instante.

– En la habitación, junto al órgano, con otra llavecita de bronce que igualmente me ha prohibido tocar. Están en una bolsita de cuero a la que él llama La bolsita de la vida y de la muerte… ¡Raoul! ¡Raoul… Huya… Aquí todo es misterioso y terrible… Erik se ya volver completamente loco… ¡Y ustedes en la cámara los suplicios!… ¡Salgan por donde han venido! ¡Esa cámara debe tener motivos para llamarse así!

– ¡Christine, saldremos de aquí juntos o moriremos juntos! -dijo el joven.

– Tenemos que salir de aquí sanos y salvos -susurré-, pero debemos conservar la sangre fría. ¿Por qué la ha atado, señorita? No puede huir de aquí, y él lo sabe.

– ¡Quise matarme! El monstruo, esta noche, después, haberme traído aquí desvanecida, medio cloroformizada, se había ausentado. Había ido, parece ser -es él quien me lo ha dicho-, a visitar a su banquero… Cuando ha vuelto, me ha encontrado con el rostro ensangrentado… ¡yo había querido matarme! ¡Me había golpeado la frente contra las paredes!

– ¡Christine! -gimió Raoul, y empezó a sollozar.

– Entonces, me ató… No tengo derecho a morir hasta mañana a las once…

Toda esta conversación a través de la pared fue mucho más «entrecortada» y mucho más cautelosa de lo que podría dar idea transcribiéndola aquí. A menudo nos deteníamos en medio de una frase, porque nos había parecido oír un crujido, un paso, un murmullo insólito… Ella nos decía:

– ¡No, no es él!… Ha salido… ¡Estoy segura de que ha salido! He reconocido el ruido que hace al cerrarse la pared del lago.

– Señorita -declaré-, el monstruo mismo la ha atado… También será él quien la desate… No tiene más que simular una comedia… ¡No olvide usted que la ama!

– ¡Desgraciada de mí! -oírnos-. ¿Cómo podría olvidarlo?

– Recuérdelo para sonreírle… suplíquele, dígale que esas ataduras le hacen daño.

Pero Christine Daaé nos dijo:

– ¡Chisss!… Oigo algo en la pared del lago… ¡Es él!… ¡Váyanse! ¡Váyanse!… ¡Váyanse!…

– No nos iríamos aunque pudiéramos -dije para impresionar a la joven-. ¡No podemos irnos! ¡Además, estamos en la cámara de los suplicios!

– ¡Silencio! -volvió a susurrar Christine. Los tres nos callamos.

Pasos sordos se arrastraban lentamente detrás de la pared y volvían a hacer crujir el suelo.

Luego, hubo un enorme suspiro seguido de un grito de horror de Christine, y oímos la voz de Erik.

– ¡Te pido perdón por enseñarte un rostro como éste! Mira en qué estado me encuentro? ¡Es culpa del otro! ¿Por qué habrá llamado? ¿Acaso pregunto a los que pasan qué hora es? No volverá a preguntar la hora a nadie. Es culpa de la sirena…

De nuevo un suspiro más profundo, más amplio, salido de lo más hondo del abismo de un alma.

– ¿Por qué has gritado, Christine?

– Porque sufro, Erik.

– Creí que te había asustado…

– Erik, aflójeme estas ataduras… ¿no soy acaso tu prisionera?

– Volverás a desear la muerte…

– Me ha dado usted tiempo hasta mañana por la noche, a las once, Erik…

Los pasos seguían arrastrándose por el suelo.

– Después de todo, ya que debemos morir juntos…, y que tengo tanta prisa como tú…, sí, yo también estoy cansado de esta vida, ¿entiendes?… ¡Espera, no te muevas; voy a desatarte!… No tienes más que decir una palabra: ¡no!, y todo se habrá acabado, para todo el mundo… ¡Tienes razón…, tienes toda la razón! ¿Para qué esperar hasta mañana por la noche a las once?… ¡Ah, sí, porque habría sido mucho más bonito… He tenido siempre la enfermedad del decorado… de lo grandioso… ¡que infantil!… No hay que pensar más que en uno mismo, en la vida…, en la propia muerte…, el resto es superfluo… ¿Ves lo mojado que estoy?… ¡Ah, querida, es que hice mal en salir!… Hace un tiempo de perros… Además, Christine, creo que tengo alucinaciones… Sabes, el que llamaba hace un rato donde la sirena, vete saber si suena en el fondo del lago, pues bien, se parecía… Así, vuélvete… ¿Estás contenta? ¡Ya estás libre!… ¡Dios mío, tus muñecas, Christine! ¿Les he hecho daño? Dime… Esto sólo merece la muerte… A propósito de muerte, ¡debo cantarle su misa!

Al oír aquellas frases terribles, no pude evitar un horrible presentimiento… También yo había llamado una vez a la puerta del monstruo… ¡y sin saberlo!… había debido poner en marcha algún timbre de alarma… Y me acordaba de los dos brazos que salieron de las aguas negras como la tinta… ¿Quién habría sido ahora el pobre desgraciado perdido en aquellas orillas?

El recuerdo de aquel desgraciado casi me impedía regocijarme por la comedia que representaba Christine y, sin embargo, el vizconde de Chagny murmuraba a mi oído esta palabra maravillosa: ¡libre!… ¿Quién, pues? ¿Quién era el otro? ¿Aquel por el que oíamos ahora la misa difuntos?

¡Qué canto más sublime y arrebatado! Toda la mansión del Lago retumbaba… Todas las entrañas de la tierra se estremecían… Habíamos pegado la oreja contra la pared de espejo para oír mejor la comedia de Christine Daaé, a que se entregaba para salvamos, pero sólo oíamos la misa de difuntos… ¡Era más bien una misa de condenados!… Allí, en el fondo de la tierra, parecía una ronda de malditos.

Recuerdo que el Dies Irae que él cantó nos envolvió como una tormenta. Sí, a nuestro alrededor había rayos y centellas… Sí, le había oído cantar otras muchas veces… Conseguía incluso hacer cantar a las fauces de piedra de mis toros androcéfalos en los muros del palacio de Mazenderan… Pero cantar de esta forma, jamás, jamás! Cantaba como el dios del trueno…

De repente, la voz y el órgano se detuvieron tan bruscamente que el señor de Chagny y yo retrocedimos detrás de la pared, asustados… Y la voz de pronto cambiada, transformada, pronunció claramente estas sílabas metálicas, rechinando los dientes:

– ¿Qué estás haciendo con mi bolsa?

XXIV EMPIEZAN LOS SUPLICIOS

Sigue el relato del Persa

La voz repitió con furor:

– ¿Qué estás haciendo con mi bolsa?

Christine Daaé no debía temblar menos que nosotros.

– ¿Conque era para coger la bolsa por lo que querías que te desatara, di?…

Se oyeron pasos precipitados, la carrera de Christine que volvía a la. habitación estilo Luis Felipe, como para buscar refugio junto a nuestra pared.

– ¿Por qué huyes? -decía la enfurecida voz, que la había seguido-. ¡Quieres devolverme mi bolsa! ¿No sabes acaso que es la bolsita de la vida y de la muerte?

– Escúcheme, Erik… -suspiró la joven-. Si a partir de ahora debemos vivir juntos… ¿qué puede importarle?… ¡Todo lo que es suyo me pertenece!…

Lo había dicho de una forma tan temblorosa que inspiraba compasión. La desgraciada debía emplear toda la energía que le que daba para superar su terror… Pero no sería con este tipo de supercherías infantiles, dichas con los dientes castañeteantes, como podía sorprenderse al monstruo.

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