Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Классические детективы » El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]
El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]

Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:

El fantasma de la Ópera no solamente es la obra más famosa de Gaston Leroux, sino también la que ha logrado más perdurabilidad e interés, sobre todo por dos elementos muy especiales: el aspecto visual de la novela, que la predisponía a las futuras adaptaciones cinematográficas, y -la música, determinada por el ambiente de la Ópera de Paris, donde se desarrollan las correrías del fantasma. La historia, una mezcla de La Dama de las Camelias y los ambientes góticos de Nuestra Señora de Paris, relata los amores del vizconde Raoul de Chagny y la cantante Chistine Daaé, y su rapto por Erik, el Fantasma de la Ópera, quien mora en los subsuelos de ese enorme edificio, el teatro más grande del mundo, con sus más de 2.000 puertas y su lago subterráneo, construido por el famoso arquitecto Garnier. Una novela a la que la arquitectura y la música harán mantener siempre su interés, con un héroe al mismo tiempo diabólico y vulnerable, fiel heredero del romanticismo.
1 ... 57 58 59 60 61 62 63 64 65 ... 74
Перейти на страницу:

pero ni aquella esperanza era la salvación, ya que aún podía imaginar muy bien que, por el lado del sótano, la cámara de los suplicios protegía la mansión del Lago, quizás incluso automáticamente.

Sí, los suplicios iban a comenzar quizás automáticamente.

¿Quién hubiera sido capaz de decir qué gestos nuestros los desencadenarían?

Recomendé a mi compañero la inmovilidad más absoluta. Un silencio aplastante se cernía sobre nosotros.

Y mi linterna roja seguía dando la vuelta a la cámara de los suplicios… la reconocía, sí… la reconocía…

XXIII EN LA CÁMARA DE LOS SUPLICIOS

Sigue el relato del Persa

Nos encontrábamos en medio de una pequeña sala de forma perfectamente hexagonal…, cuyas seis caras estaban forradas interiormente de espejos…, de arriba a abajo… En los ángulos se distinguía muy bien las juntas de los espejos, los pequeños sectores destinados a girar sobre sus goznes…, sí, sí, los reconocí…, y reconocí el árbol de hierro en un rincón, al final de uno de estos pequeños sectores…, el árbol de hierro con su rama de hierro…, para los ahorcados.

Había cogido el brazo de mi compañero. El vizconde de Chagny temblaba, dispuesto a gritar a su prometida para decirle que había venido en su ayuda… Yo temía que no pudiera contenerse.

De repente, oímos un ruido a nuestra izquierda.

Al principio, fue como una puerta que se abriera y se cerrara en la habitación de al lado, después hubo un gemido sordo. Retuve con más fuerza aún el brazo del señor de Chagny. Luego oímos claramente estas palabras:

– ¡Tómalo o déjalo! ¡La misa de bodas o la misa de difuntos!

Reconocí la voz del monstruo.

Volvió a oírse un gemido.

Después, un largo silencio.

Estaba persuadido entonces de que el monstruo ignoraba nuestra presencia en su morada, ya que de lo contrario se las habría arreglado para que no le oyéramos. Le hubiera bastado con cerrar herméticamente la ventanita invisible por la que los que gustan de los suplicios miran dentro de la cámara.

Además, estaba seguro de que, si él estuviera enterado de nuestra presencia, los suplicios ya habrían empezado.

Teníamos pues una buena ventaja sobre Erik: nos encontrábamos a su lado y él no sabía nada.

Lo importante era no hacérselo saber y lo que más temía era la impulsividad del vizconde de Chagny, que quería lanzarse a través de las paredes para alcanzar a Christine Daaé, cuyos gemidos creíamos oír por momentos.

– ¡La misa de difuntos no es muy alegre! -continuó diciendo Erik-, mientras que la misa de bodas, esa sí, es magnífica. Hay que tomar una decisión y saber lo que se quiere. A mí me es imposible seguir viviendo así, en el fondo de la tierra, en un agujero, como un topo. Don Juan Triunfante está terminado, ahora quiero vivir como todo el mundo. Quiero tener una mujer como todo el mundo, ir a pasear el domingo. He inventado una máscara con la que parezco la persona más normal del mundo. No llamará la atención de nadie. Serás la más feliz de las mujeres. Y cantaremos solo para nosotros, hasta morir. ¡Lloras! ¡Tienes miedo de mí! Sin embargo, en el fondo no soy malo. ¡Ámame y lo verás! ¡Sólo me ha faltado que me amaran para ser bueno! Si tú me amaras sería manso como un cordero y harías de mí lo que quisieras.

El gemido que acompañaba a esta especie de letanía de amor fue en aumento. Jamás he oído algo más desesperado, y el señor de Chagny y yo reconocimos que Erik era el que emitía aquella espantosa lamentación. En cuanto a Christine, quizá detrás de la pared que teníamos delante nuestro, debía estar muda de horror, sin fuerzas para gritar, con el monstruo a sus pies.

Este lamento era sonoro, atronador y estentóreo como la queja del océano. Por tres veces Erik arrojó aquel lamento de la roca de su garganta.

– ¡Tú no me amas! ¡Tú no me amas! ¡Tú no me amas! -Después, se calmó-: ¿Por qué lloras? Sabes muy bien que me haces daño.

Se hizo el silencio.

Cada silencio suponía para nosotros una esperanza. Nos decíamos: «Quizás detrás de la pared, él se ha ido y dejado a Christine Daaé sola».

Sólo pensábamos en indicar a Christine Daaé nuestra presencia sin que el monstruo se diera cuenta.

Ahora, la única forma de salir de la cámara de los suplicios era que Christine nos abriera la puerta; de no ser así, no podríamos socorrerla, ya que ignorábamos incluso dónde se encontraba la puerta.

De repente, el silencio de al lado fue turbado por el ruido de un timbre eléctrico.

Al otro lado de la pared se oyó un salto y la voz de trueno de Erik:

– ¡Llaman! Que entre -una lúgubre carcajada sarcástica-. ¿Quién viene a molestarnos? Espérame aquí un momento…, voy a decirle a la sirena que abra.

Unos pasos se alejaron, una puerta se cerró. No tuve tiempo de pensar en el nuevo horror que se preparaba; olvidé que quizás el monstruo salía para cometer un nuevo crimen. No pensé más que en una cosa: ¡Christine se encontraba sola al otro lado de la pared! El vizconde de Chagny ya la llamaba. -¡Christine, Christine!

Si oíamos lo que decían en la habitación de al lado, no había motivo para creer que mi compañero no fuera oído a su vez. Sin embargo, el vizconde tuvo que repetir varias veces su llamada.,Por fin, una voz débil llegó hasta nosotros. -¿Estaré soñando?

– ¡Christine, Christine! ¡Soy yo, Raoul! -Silencio-. Contéstame Christine… ¡Si está sola, contésteme, por lo que usted más quiera!

Entonces, la voz de Christine murmuro el nombre de Raoul.

– ¡Sí, sí, soy yo! ¡No es un sueño!… Christine, tenga con

fianza… Estamos aquí para salvarla… ¡Ni una imprudencia…! Cuando oiga al monstruo, avísenos.

– ¡Raoul, Raoul!

Se hizo repetir varias que no soñaba y que Raoul de Chagny había podido llegar hasta ella, conducido por un fiel compañero que conocía el secreto de la mansión de Erik.

Pero en seguida, a la rápida alegría que le traía nuestra presencia, siguió un temor aún mayor. Quería que Raoul se marchara en el acto. Temblaba de miedo a que Erik descubriera su escondite, ya que en ese caso no hubiera dudado en matar al joven. Nos hizo saber en pocas palabras que Erik se había vuelto absolutamente loco de amor y que estaba decidido a matar a todo el mundo y a él mismo con el mundo, si ella no consentía en convertirse en su mujer ante el alcalde y el párroco, el párroco de la Madeleine. La había dejado hasta el día siguiente a las once para meditar. Era el último plazo. Entonces, tendría que elegir, como decía él, entre la misa de bodas o la de difuntos.

Y Erik había pronunciado esta frase que Christine no había comprendido enteramente: «¡Sí o no; si es no, todo el mundo puede darse por muerto y enterrado!».

Pero yo comprendí aquella frase perfectamente, porque res

pondía de forma amenazante a mi temible pensamiento.

– ¿Podría decirnos dónde está Erik? -le pregunté. Ella contestó que debía haber salido de la mansión. -¿Podría asegurarse de ello?

– ¡No!… Estoy atada…, no puedo hacer ni un solo gesto. Al saberlo, el señor de Chagny y yo no pudimos contener un grito de rabia. La salvación de los tres dependía de la libertad de movimientos de la joven.

– ¡Oh! ¡Liberarla, llegar hasta ella!

– Pero, ¿dónde están? -volvió a preguntar Christine-. Hay t, sólo dos puertas en mi habitación, la habitación estilo Luis Felipe de la que le he hablado, Raoul…, una puerta por la que entra y sale Erik, y otra que no ha abierto jamás delante de mí y por la que me ha prohibido pasar por ser, según dice, la más peligrosa de las puertas…, ¡la puerta de los suplicios!

– ¡Christine, estamos detrás de esa puerta!…

– ¿Están en la cámara de los suplicios? -Sí, pero no vemos la puerta.

– ¡Ay!… Si al menos pudiera arrastrarme hasta allí… Golpearía contra la puerta y así sabrían dónde está. -¿Es una puerta con cerradura? -pregunté.

1 ... 57 58 59 60 61 62 63 64 65 ... 74
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)