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El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]

Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:

El fantasma de la Ópera no solamente es la obra más famosa de Gaston Leroux, sino también la que ha logrado más perdurabilidad e interés, sobre todo por dos elementos muy especiales: el aspecto visual de la novela, que la predisponía a las futuras adaptaciones cinematográficas, y -la música, determinada por el ambiente de la Ópera de Paris, donde se desarrollan las correrías del fantasma. La historia, una mezcla de La Dama de las Camelias y los ambientes góticos de Nuestra Señora de Paris, relata los amores del vizconde Raoul de Chagny y la cantante Chistine Daaé, y su rapto por Erik, el Fantasma de la Ópera, quien mora en los subsuelos de ese enorme edificio, el teatro más grande del mundo, con sus más de 2.000 puertas y su lago subterráneo, construido por el famoso arquitecto Garnier. Una novela a la que la arquitectura y la música harán mantener siempre su interés, con un héroe al mismo tiempo diabólico y vulnerable, fiel heredero del romanticismo.
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– ¡Ah! ¿aquel jefe de los tramoyistas al que se encontró ahorcado?

– Sí, señor -añadió en tono singular el Persa-, y cuya cuerda no pudo ser hallada… ¡Vamos! ¡Ánimo!… en marcha…, y vuelva a poner la mano en guardia, señor… Pero, ¿dónde estamos?

El Persa se vio obligado a encender de nuevo la linterna. Dirigió el haz luminoso hacia dos amplios corredores que se cruzaban en ángulo recto y cuyas bóvedas se perdían en el infinito.

– Debemos estar -dijo- en la parte reservada al servicio de aguas… No veo ningún fuego proveniente de las calderas.

Precedió a Raoul, buscando el camino, deteniéndose bruscamente al paso de algún hidráulico. Después, tuvieron que ocultarse ante el resplandor de una especie de fragua subterránea que acababan de apagar y ante la cual Raoul reconoció a los demonios entrevistos por Christine en su primer viaje el día de su primer rapto.

Volvían poco a poco al prodigioso sótano que se hallaba debajo del escenario.

Debían encontrarse entonces en el fondo de la cuba, a una gran profundidad, si pensamos que habían excavado la tierra quince metros por debajo de las capas de agua que habían en toda aquella parte de la capital, y que hubo que drenar toda el agua… Se sacó tanta agua que, para hacerse una idea de la cantidad expulsada por las bombas, habría que imaginar una superficie como el patio del Louvre con una altura de una vez y media la de las torres de Notre-Dame. De todos modos, tuvieron que conservar un lago.

En aquel momento el Persa tocó una pared y dijo:

– Si no me equivoco, éste podría ser uno de los muros de la mansión del Lago.

Golpeó entonces contra una pared de la cuba. Quizá no sea del todo inútil informar al lector de cómo habían construido el fondo y las paredes de la cuba.

Con el fin de evitar que las aguas que rodean la construcción quedasen en contacto inmediato con las paredes que aguantaban todo el armazón de la maquinaria teatral, cuyo conjunto de estructuras, de carpintería, cerrajería y pinturas debe quedar aislado de la humedad, el arquitecto se vio obligado a construir en todas partes una doble envoltura.

El trabajo para construir esta doble envoltura llevó un año entero. El Persa golpeaba la pared de la primera envoltura mientras hablaba a Raoul de la mansión del Lago. Para alguien que conociera la arquitectura del monumento, el gesto del Persa parecía indicar que la misteriosa casa de Erik había sido construida en la doble envoltura formada por un grueso muro hecho en estacada, una enorme capa de cemento y otro muro de varios metros de espesor.

Detrás del Persa, Raoul se había aplastado contra pared y había escuchado con avidez.

… Pero no oyó nada,… nada más que pasos lejanos que sonaban en el suelo, en la parte alta del teatro.

El Persa había vuelto a apagar su linterna.

– ¡Cuidado! -dijo-. ¡Cuidado con la mano! Y ahora mucho

silencio, porque intentaremos entrar en su casa. Y lo arrastró hasta la escalerilla que habían bajado antes… Volvieron a subirla, deteniéndose en cada escalón, espian

do las sombras y el silencio…

Pronto se encontraron en el tercer sótano…

Entonces el Persa hizo una señal a Raoul de ponerse de rodillas y así, arrastrándose de rodillas y sobre una mano -la otra mano seguía en la posición indicada- llegaron hasta la pared del fondo. Apoyada en aquella pared había un gran lienzo abandonado

del decorado de El rey de Lahore.

Y justo al lado de aquel decorado, un portante…

Entre el decorado y el portante no había más espacio que para un cuerpo.

… Un cuerpo como el que un día se había encontrado colgado… el cuerpo de Joseph Buquet.

Siempre de rodillas, el Persa se había detenido. Escuchaba. Por un momento pareció dudar y miró a Raoul; después, sus ojos se clavaron arriba, en el segundo sótano, que les enviaba el débil resplandor de una linterna filtrándose entre dos tablas. Evidentemente aquel resplandor molestaba al Persa. Por fin, agachó la cabeza y se decidió.

Se deslizó entre el portante y el decorado de El rey de Lahore. Raoul le siguió de cerca.

La mano libre del Persa tanteaba la pared. Raoul la vio un instante apoyarse con fuerza, como lo había hecho en la pared del camerino de Christine…

Y una piedra basculó…

Ahora, había un agujero en la pared…

Esta vez el Persa sacó la pistola del bolsillo e indicó a Raoul que hiciera lo mismo. Montó la pistola.

Con decisión, y siempre de rodillas, se introdujo en el agujero que la piedra, al bascular, había dejado en la pared.

Raoul, que habría querido pasar el primero, tuvo que concentrase con seguirlo

El agujero era muy estrecho. El Persa se detuvo casi en seguida. Raoul le oía tantear la piedra a su alrededor. Después, volvió a sacar su linterna y se inclinó hacia adelante. Examinó algo debajo suyo e inmediatamente apagó la linterna. Raoul oyó que le decía en un suspiro.

– Tendremos que dejamos caer algunos metros, sin hacer ruido; sáquese los botines.

Por su parte, el Persa procedía ya a esta operación. Pasó sus zapatos a Raoul.

– Déjelos junto a la pared -dijo-. Los recogeremos al salir. [28]

El Persa avanzó un poco. Después, se volvió del todo, siempre de rodillas, y se encontró así frente a Raoul. Le dijo:

– Voy a colgarme con las manos del extremo de la piedra y a dejarme caer en su casa. Después usted hará exactamente lo mismo. No tema: lo recibiré en mis brazos.

El Persa hizo lo que había dicho, y Raoul oyó en seguida un ruido sordo que evidentemente había sido producido por la caída del Persa. El joven se estremeció, temiendo que aquel ruido revelase su presencia.

Sin embargo, más que aquel ruido, era la ausencia de ruidos lo que a Raoul le llenaba de angustia. ¿Por qué, si según el Persa acababan de entrar en la mansión del Lago, no oían a Christine?… ¡Ni un solo grito!… ¡Ni una llamada!… ¡Ni un gemido!… ¡Grandes dioses! ¿Habrían llegado demasiado tarde?…

Arañando con las rodillas la pared, agarrándose a la piedra con sus dedos nerviosos, Raoul se dejó caer a su vez.

Inmediatamente sintió que le abrazaban.

– ¡Soy yo -dijo el Persa-, silencio!

Y permanecieron inmóviles, escuchando…

Nunca a su alrededor la noche había sido más opaca… Nunca el silencio tan pesado ni tan terrible…

Raoul se hundía las uñas en los labios para no gritar: «¡Christine! ¡Soy yo!… ¡Contéstame si no estás muerta. Christine!».

Por fin, volvió a empezar el juego de la linterna. El Persa dirigió los rayos de luz por encima de sus cabezas, hacia la pared, buscando el agujero por el que habían venido sin encontrarlo…

– ¡Oh! -exclamó-. ¡La piedra se ha vuelto a cerrar sobre sí misma!

Y el haz de luz de la linterna bajó a lo largo del muro hasta llegar al suelo.

El Persa se agachó y recogió una cosa, una especie de hilo que examinó unos segundos y que luego arrojó con horror.

– ¡El lazo del Pendjab! [29] -murmuró.

– ¿Qué es? -preguntó Raoul.

– Podría ser la soga del ahorcado que tanto han buscado -respondió el Persa, estremeciéndose.

De pronto, presa de una nueva ansiedad, paseó el pequeño disco rojo de su linterna por las paredes… Iluminó, extraño hecho, un tronco de árbol que parecía aún vivo con sus hojas y todo… Las ramas de aquel árbol subían a lo largo de la pared y se perdían en el techo.

Debido a la pequeñez del disco luminoso, al principio resultaba difícil darse cuenta de las cosas… Había un montón de ramas, y luego una hoja…, y otra más…, y al lado no se veía nada de nada,… solamente el haz de luz que parecía reflejarse a sí mismo… Raoul deslizó la mano sobre aquello, sobre aquel reflejo…

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[28] Jamás se encontraron esos dos pares de botines, que habían dejado, según los papeles del Persa, entre el portante y el decorado de El rey de Lahore, en el mismo lugar en que se había encontrado ahorcado a Joseph Buquet. Debieron llevárselos algún tramoyista o un cerrador de puertas.

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[29] Pendjab o Punjab, región del noroeste de la península indostánica, dividida desde 1947 entre la India y Pakistán.

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