Los hombres de la guadaña
- Автор: Коннолли Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:
– Amigo, ¿tienes fuego? -preguntó.
Louis se metió la mano en el bolsillo y sacó un Zippo metálico. Un hombre, opinaba, nunca debía ir sin encendedor y sin arma. Lo abrió y lo encendió, y el marinero protegió instintivamente la llama con la mano izquierda.
– Gracias -dijo.
– De nada -contestó Louis.
– ¿De dónde eres? -preguntó Ángel.
– De Iowa.
– ¿Y qué demonios hace un hombre de Iowa en la marina?
El marinero se encogió de hombros.
– Pensé que me vendría bien ver un poco de mar.
– Ya, en Iowa mucho mar no hay -comentó Ángel-. ¿Y aún no has visto suficiente mar?
El marinero pareció sucumbir al desaliento.
– Amigo, he visto mar de sobra para toda la vida. -Dio una larga calada al cigarrillo y taconeó en el suelo con el lustroso zapato negro.
– Mejor Terra firma que terror firme, ¿eh? -dijo Ángel.
– Y que lo digas. Gracias por el fuego.
– No hay de qué -dijo Louis.
Ángel y él siguieron adelante.
– ¿Qué induce a alguien a alistarse en la marina? -preguntó Ángel.
– Y yo qué sé. Iowa. De pronto un hombre sólo ha visto el mar en foto y decide que es lo suyo. Soñadores, chico. Olvidan que algún día hay que despertar.
Y en ese momento su silencio casi se volvió más amigable, y Ángel se resignó a lo que estaban haciendo, porque también él era un soñador.
Segunda parte
La mies es mucha y los obreros pocos.
Mateo 9, 37
13
La reunión se celebró en uno de los comedores privados de un club entre las avenidas Park y Madison, a un paso del Guggenheim y su última exposición. En la entrada, ningún cartel indicaba el carácter del establecimiento, quizá porque no hacía falta. Quienes necesitaban conocer su ubicación ya sabían dónde encontrarlo, e incluso un observador circunstancial se habría dado cuenta de que aquél era un lugar caracterizado por su exclusividad: si uno debía preguntar qué era, significaba que no tenía nada que hacer allí, ya que la respuesta, si la recibía, sería del todo ajena a sus circunstancias.
El carácter preciso de la exclusividad del club era difícil de definir. Se había inaugurado hacía menos que otras instituciones similares de los alrededores, aunque no por eso carecía de historia ni mucho menos. Debido a su relativa juventud, nunca había rechazado a un posible miembro por su raza, sexo o credo. Tampoco una gran riqueza era prerrequisito para ser aceptado, y de hecho algunos de sus miembros habrían pasado apuros para pagar una ronda en una institución menos tolerante con los ocasionales problemas de insolvencia de sus socios. El club aplicaba más bien una política que podría describirse sin faltar a la verdad como un proteccionismo razonablemente benévolo, basado en la idea de que era un club que existía para aquellos a quienes no les gustaban los clubes, ya fuera por una inclinación inherentemente antisocial, o bien porque preferían que los demás supiesen lo menos posible sobre sus actividades. En las zonas comunes estaban prohibidos los teléfonos de cualquier clase. La conversación se toleraba si se mantenía en un nivel de susurro audible sólo para murciélagos y perros. El comedor principal era uno de los lugares de la ciudad donde reinaba mayor silencio a las horas de las comidas, en parte porque estaba casi prohibida toda forma de comunicación verbal, pero más que nada porque los miembros, en su mayoría, preferían comer en los salones privados, donde tenían la certeza de que ningún asunto tratado allí saldría de aquellas cuatro paredes, ya que el club se enorgullecía de su discreción, incluso hasta la muerte. Los camareros eran casi sordos, mudos y ciegos. No había cámaras de seguridad; y no se llamaba a nadie por su nombre, a menos que alguien indicase su preferencia por tal familiaridad. En el carnet de miembro sólo constaba un número. Las dos plantas superiores contenían doce habitaciones decoradas con buen gusto, aunque sin lujos, para quienes decidían pasar la noche en la ciudad y no deseaban complicarse la vida con hoteles. Las únicas preguntas que se hacía a los huéspedes eran variaciones sobre determinados temas, como, por ejemplo, si les apetecía más vino o no, o si necesitaban ayuda para subir por la escalera hasta la cama.
Aquella noche en particular había ocho hombres, contando a Ángel y Louis, reunidos en lo que se conocía oficiosamente como «Salón presidencial», alusión a una famosa velada en que el ocupante del más alto cargo del país utilizó el salón para satisfacer diversas necesidades, entre las que comer era sólo una más.
Los ocho hombres cenaron en torno a una mesa circular, un menú a base de carne -venado y solomillo- acompañada de shiraz Dark Horse de Sudáfrica. Una vez recogida la mesa y servidos los cafés y los licores a quienes los pidieron, Louis echó el cerrojo y extendió los mapas y diagramas ante ellos. Explicó el plan una vez sin interrupciones. Mientras los seis invitados escuchaban con atención, Ángel escrutó sus rostros en busca de algún parpadeo o cualquier reacción que pudiese indicar que los demás compartían sus mismas dudas. No vio nada. Incluso cuando empezaron a hacer preguntas, eran meramente sobre cuestiones de detalle. Las razones de lo que iba a suceder no les importaban. Tampoco los riesgos, no más de lo necesario. Les pagaban bien por su tiempo y experiencia, y confiaban en Louis. Eran hombres acostumbrados a la lucha y entendían que su remuneración era generosa justo debido al peligro.
Al menos tres de ellos -el inglés, Blake; Marsh, de Alabama; y el mestizo Lynott, un hombre que reunía más acentos que un continente- eran veteranos de un sinfín de conflictos extranjeros, en los que sus lealtades estaban determinadas por el humor del momento, el dinero y la moralidad, normalmente en ese orden. Los dos Harrys -Hara y Harada- eran japoneses, o eso decían, pese a que tenían pasaporte de cuatro o cinco países asiáticos. Ofrecían el mismo aspecto que esos turistas que uno ve pulular por el Gran Cañón, haciendo alegres muecas para la cámara y el signo de la paz para sus amigos y familiares. Los dos eran bajos y de piel oscura, y Harada llevaba gafas de montura negra que siempre se ajustaba en el puente de la nariz con el dedo medio antes de hablar, un tic que había inducido a Ángel a preguntarse si no era simplemente una manera sutil de hacerle un corte de mangas al mundo cada vez que abría la boca. Hara y él parecían tan inofensivos que a Ángel le inquietaban muchísimo. Había oído hablar de algunas de sus hazañas. No supo muy bien si creerse o no esas historias hasta que los dos Harrys le obsequiaron con una película que, según ellos, les había hecho reír más que cualquier otra, tanto es así que se les soltaron las lágrimas nada más cruzar unos comentarios en su lengua materna sobre sus escenas preferidas. Ángel había borrado de su memoria el título de la película en beneficio de su propia cordura, aunque recordaba unas agujas de acupuntura que le introducían a alguien entre el párpado y el globo ocular y cómo empujaban después suavemente con la yema del dedo. Lo más perturbador fue que esa película resultó ser su regalo de Navidad. Ángel no era de los que iban por ahí tachando de anormales a otras personas sin una buena razón, pero opinaba que alguien debería haber estrangulado a los Harrys al nacer. Eran una pequeña broma de sus madres a costa del mundo.
El sexto miembro del equipo era Weis, un suizo alto que en otro tiempo había formado parte de la guardia del Vaticano. Lynott y él parecían tener alguna rencilla pendiente, a juzgar por la mirada que se cruzaron al enterarse de que iban a cenar juntos. Un motivo de inquietud más para Ángel. Esa clase de tensiones, especialmente en un equipo poco numeroso, tendían a propagarse y causar nerviosismo entre los demás. Aun así, todos se conocían, aunque sólo fuera de oídas, y Weis y Blake pronto se enfrascaron en una conversación sobre allegados comunes, tanto vivos como muertos, mientras que Lynott parecía haber encontrado un interés afín con los Harrys, lo que confirmó las sospechas de Ángel sobre los tres.