El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Englantyne evitó los ojos de Hester.
– Sí, de vez en cuando habla de ello. Está convencido de que no hay nada como la marina, y la vida en el mar, para fortalecer el carácter. Dice que es el método de que dispone la naturaleza para mejorar la raza. Al menos creo que eso es lo que dice. -No parecía muy interesada en el asunto. Su voz carecía de vitalidad, del ímpetu de la comprensión o la preocupación.
Sylvestra la miró, como si percibiera alguna emoción, quizá soledad, bajo sus palabras.
– ¿Le gustaría viajar? -preguntó Hester, para cubrir el silencio.
– A veces lo pienso -contestó Englantyne con lentitud, recordando las exigencias que la educación imponía a toda conversación-. Aunque no sé muy bien dónde iría. Fidelis…, la señora Kynaston…, también habla de ello a veces. Pero, como es lógico, sólo se trata de un sueño. Con todo, resulta agradable leer acerca de otros mundos, ¿no es cierto? Si no me equivoco dedica mucho tiempo a leer para Rhys, ¿verdad?
La conversación se prolongó casi una hora, abarcando distintos temas sin llegar a profundizar en ninguno.
Finalmente Corriden Wade regresó, muy serio, con las arrugas de la cara muy marcadas, como si estuviera al límite de sus fuerzas. Cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie ante las mujeres.
Sin decir nada, Englantyne le dio la mano a Sylvestra; ésta se aferró a ella apretando de tal modo que los nudillos se le pusieron blancos.
– Lo siento mucho, querida -dijo el médico en voz baja-. Debo advertirte que Rhys no está progresando tan bien como yo quisiera. Como sin duda ya te habrá contado miss Latterly, las heridas externas están curando bien. Ninguna de ellas supura y ya podemos descartar el riesgo de gangrena. Pero en lo referente a las internas no podemos decir nada, A veces se dañan órganos sin que tengamos forma de saberlo. No puedo hacer nada por él salvo recetarle sedantes para que descanse tanto como pueda y una dieta blanda que no le haga daño y sea nutritiva y fácil de digerir.
Sylvestra levantó la vista hacia el médico con el rostro desencajado.
– Debemos ser pacientes y no perder la esperanza -dijo Englantyne con delicadeza, mirando a Sylvestra, luego a su hermano y de nuevo a su amiga-. Al menos no ha empeorado y eso, de por sí, ya es de agradecer.
Sylvestra intentó sonreír, sin conseguirlo.
– ¿Por qué no habla? -suplicó-. Dijiste que no había sufrido ninguna herida que pudiera dejarle mudo. ¿Qué es lo que le pasa, Corriden? ¿Por qué ha cambiado tantísimo?
El médico titubeó. Dirigió una mirada a su hermana y tomó aliento como si fuera a contestar, pero permaneció callado.
– ¿Por qué? -insistió Sylvestra, alzando la voz.
– No lo sé -contestó Wade, con un gesto de impotencia-. No lo sé, querida, y debes prepararte para aceptar que quizá nunca lo sepamos. Tal vez sólo se recobre si consigue olvidarlo todo por completo. Empezar a vivir de nuevo partiendo de cero. Y, tal vez, eso será lo que acabe pasando con el tiempo.
Se volvió hacia Hester, abriendo mucho los ojos.
Ella no podía contestar. Todos la miraban fijamente, aguardando que les diera alguna esperanza. Deseaba poder hacerlo y, sin embargo, si lo hacía y resultaba ser falsa, ¿no sería un golpe mucho más duro? ¿O es que lo único que importaba en aquel momento era pasar la noche y llegar al día siguiente? Un paso cada vez. No debía tratar de efectuar todo el viaje de una sola vez. Podía resultar demasiado traumático.
– Es muy posible que así sea -convino en voz alta-. El tiempo y el olvido tal vez curen su espíritu y, entonces, el cuerpo lo hará también.
Sylvestra se calmó un poco, conteniendo las lágrimas. Sorprendentemente, incluso Corriden Wade se mostró satisfecho con su respuesta.
– Sí, sí -asintió-. Es una visión muy acertada, miss Latterly. Y no debemos olvidar su experiencia con hombres heridos que sin duda fueron testigos de tremendas atrocidades. Haremos cuanto esté en nuestras manos para ayudarle a olvidar.
Hester se puso en pie.
– Ahora debo subir a ver si necesita algo. Tengan la bondad de disculparme.
Murmuraron su asentimiento y salió de la habitación deseándoles buenas tardes, antes de cruzar presurosa el vestíbulo y subir las escaleras. Encontró a Rhys acurrucado en la cama, con las sábanas revueltas, y una palangana con vendajes sucios de sangre junto a la puerta, medio cubierta por un paño. Estaba temblando pese a que las mantas le cubrían hasta el cuello y el fuego ardía con fuerza en la chimenea.
– ¿Quiere que haga la cama…? -comenzó.
La fulminó con una mirada tan cargada de rabia que se interrumpió a media frase. Presentaba un aspecto tan feroz que pensó que, si se acercaba lo suficiente, incluso intentaría pegarle, haciéndose daño otra vez en las manos rotas.
¿Qué había sucedido? ¿Le había dicho el doctor Wade lo grave que estaba? ¿Había barajado la posibilidad de que quizá nunca se restablecería? ¿Era esa rabia la forma en que ocultaba un dolor que no podía soportar? Había presenciado esa clase de rabia con anterioridad, demasiadas veces incluso.
¿O era que el doctor Wade, al examinarlo, se había visto forzado a hacerle daño para observar con detenimiento sus heridas? ¿Acaso la furia de sus ojos y el rastro de lágrimas en sus mejillas eran fruto de un dolor insoportable y de la humillación que suponía no haber estado a la altura de su ideal de coraje?
¿Qué podía hacer para intentar aliviarlo?
Quizá lo último que deseaba en aquel momento era recibir mimos. Quizá aquella cama revuelta, sucia e incómoda, con las sábanas manchadas de sangre, fuese mejor que la interferencia de alguien que no podía compartir su dolor.
– Si me necesita, haga sonar la campanilla -dijo Hester en voz baja, comprobando que estuviera al alcance del muchacho. No estaba en su sitio. Miró a su alrededor. Estaba encima de la cómoda. El doctor Wade podría haberla puesto allí para hacer sitio en la mesilla de noche a su instrumental o a la palangana. La volvió a poner donde solían dejarla-. No importa la hora que sea -le aseguró-. Llame y vendré.
Rhys la miraba fijamente. Seguía estando furioso, aprisionado en el silencio. Se le saltaron las lágrimas y apartó la vista de ella.
Capítulo 8
Monk caminaba deprisa por Brick Lane, con la cabeza gacha para protegerse del viento que disipaba los restos de niebla. Debía ver a Vida Hopgood antes de proseguir con el caso. Su clienta tenía derecho a saber que Runcorn se negaba a que la policía interviniera a pesar de las numerosas pruebas que demostraban que se habían cometido una serie de crímenes cada vez más violentos. El recuerdo de su encuentro todavía le irritaba, tanto más cuanto le constaba que, de hallarse en su lugar, probablemente habría tomado la misma decisión. No le movía la indiferencia, era una cuestión de prioridades. Lo cierto era que contaba con muy pocos hombres. Apenas rozaban la superficie del crimen en zonas como Seven Dials. Era una excusa fácil para pasar por alto a personas como Vida Hopgood, aunque también era injusto para la incontable cantidad de otras víctimas asignar hombres a tareas vanas.
Pensar en ello no hacía sino irritarle todavía más, pero siempre era mejor que pensar en Hester, cosa muy natural en él, pese a que las más de las veces sólo servía para inquietarle. Era una tentación semejante a la de arrancar el vendaje de una herida para comprobar si ya ha curado, tocando el punto y ver si duele, confiando en que ya no sea así. Pero siempre le dolía… y no lograba aprender de la experiencia.