El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Torció en la esquina de Butcher's Yard y de pronto se vio resguardado del viento. Le faltó poco para resbalar al cruzar una zona de adoquines cubierta por una fina capa de hielo. Se cruzó con un hombre que llevaba al hombro un fardo muy pesado envuelto en arpillera, probablemente una res del matadero. Eran las cuatro y cuarto y ya oscurecía. A finales de enero los días eran cortos.
Llegó ante la puerta de Vida y llamó. Esperaba que estuviera en casa. Le había parecido que aquella era una buena hora para visitarla. Tenía ganas de arrimarse al calor de su fuego y, con un poco de suerte, tomar una taza de té.
– Usted otra vez -dijo Vida en cuanto le vio-. Sigue teniendo cara de león enjaulado, así que supongo que no ha descubierto nada. Entre de una vez, hombre. ¡No se quede ahí plantado dejando que entre el frío! -Se adentró por el pasillo, dejando que él mismo cerrara la puerta y la siguiera.
Se quitó el abrigo y se sentó junto al hogar del salón sin esperar a que le invitaran a hacerlo, frotándose las manos e inclinándose hacia el guardafuego para entrar en calor.
Ella se sentó enfrente; su hermoso rostro le vigilaba con ojo de lince.
– ¿Ha venido hasta aquí para calentarse porque en su casa no tiene fuego, o lo trae algo en concreto?
Monk estaba ya habituado a sus modales.
– Ayer presenté a Runcorn todo lo que tenemos. Está de acuerdo en que hay pruebas de sobra de que se han cometido delitos, pero dice que no pondrá a ningún policía a trabajar en el caso porque ningún tribunal procesaría a los culpables, por no hablar de condenarlos.
Comprobó si el rostro de Vida reflejaba el desdén y el pesar que él esperaba.
Ella le miraba con la misma cautela, juzgando su estado de ánimo. Los ojos le brillaban con una mezcla de enojo, humor y astucia.
– Me preguntaba cuándo iba a venirme con eso. Entonces quiere rendirse, ¿no es eso lo que quiere decir? ¿Por qué no va al grano?
– No, si quisiera decirle eso, ya se lo habría dicho. ¡Pensaba que me conocía mejor!
Vida sonrió, francamente divertida.
– Es usted un cabronazo, Monk, pero hay veces en que si no fuese un guindilla, o si pudiera olvidarlo…, cosa que jamás haré…, hasta podría gustarme.
Monk rió.
– ¡No lo permitiría! -dijo a la ligera-. De repente podría recordar quién soy y, entonces, ¿qué sería de mí?
– Terminaría en la cama con un cuchillo en la espalda -dijo Vida con sequedad, aunque su mirada seguía siendo afectuosa, como si la idea encerrara algún elemento que la complacía. Luego puso fin a la tregua-. ¿Entonces qué haremos con esas pobres desgraciadas que han violado? Si no se da por vencido, qué nos queda por hacer, ¿eh? ¿Va a encontrar a esos cabrones para nosotras?
– Voy a encontrarlos -dijo con cuidado, dando la importancia debida a cada palabra-. Lo que les cuente dependerá de lo que piensen hacer al respecto.
El rostro de Vida se ensombreció.
– Escuche, Monk…
– ¡No, escúcheme usted! -interrumpió!-. No tengo la menor intención de terminar declarando contra usted en un juicio por asesinato, ni de sentarme a su lado en el banquillo de los acusados como instigador. Ningún jurado de Londres se creerá que no sabía lo que usted iba a hacer con la información tras yo conseguírsela.
Por un instante se mostró confundida y, acto seguido, desdeñosa.
– Me encargaré de que no le involucren en esto -dijo con mordacidad-. No tiene nada que temer. Tan sólo díganos quiénes son, nosotras nos encargaremos del resto. Ni siquiera le diremos a nadie cómo dimos con ellos.
– Ya lo saben. -Obvió el sarcasmo, el razonamiento y las excusas.
– Les diré que fracasó -dijo, con una sonrisa burlona-. Les encontramos nosotras mismas. No le hará ningún bien a su reputación, pero al menos se ahorrará la soga…, ya que eso es lo que tanto le preocupa, ¿no?
– Déjese de juegos, Vida. Cuando sepa quiénes son, ya llegaremos a alguna clase de acuerdo sobre lo que hacemos con ellos, y lo haremos a mi manera, o no le diré nada.
– Ha conseguido dinero, ¿no es eso? -dijo enarcando las cejas-. ¿Puede permitirse trabajar sin cobrar, así de repente? No es lo que dicen por ahí.
– Eso no es asunto suyo, Vida. -Viendo su rostro comprendió que no le creía-. Puede que haya una mujer rica que se preocupa de que no pase hambre ni me quede sin techo… -Era la verdad. Callandra Daviot le ayudaría, tal como había hecho desde el principio, aunque ni mucho menos de la forma que Vida Hopgood deduciría de sus palabras.
Sorprendida, abrió los ojos como platos y empezó a reír, desternillándose en su alborozo.
– ¡Usted! -exclamó entre carcajadas-. ¡Usted se ha buscado una ricachona que lo mantenga! ¡Es para morirse de risa! No había oído nada tan divertido en toda mi vida.
Pero no le quitó el ojo de encima, y su mirada mostraba credulidad.
– Ésas son mis condiciones, Vida -aseveró Monk, sonriendo-. Tengo la intención de encontrar a esos hombres, ya negociaremos después lo que hacemos con ellos, y lo que le diga dependerá de lo que acordemos.
Vida torció la boca y le miró fijamente en silencio, sopesando su determinación, su fuerza de voluntad, su inteligencia.
Monk le sostuvo la mirada sin pestañear. No sabía lo que ella conocía de su pasado, pero le constaba, dada la reputación de que gozaba en Seven Dials, que no le juzgaría a la ligera.
– Vale -dijo ella por fin-. No creo que vaya a perdonar a esos cabrones, si no, no se empeñaría en atraparlos tanto si le pago como si no. Quiere pillarlos casi tanto como yo. -Se levantó, fue hasta una mesa auxiliar, abrió un cajón y sacó dos guineas-. Aquí tiene. Esto es todo hasta que me traiga algo que me sirva, Monk. Póngase en marcha. Que una mujer con más dinero que sesos esté prendada de usted, no significa que tenga que pasarse toda la tarde en mi mejor habitación. -Aunque esto último lo dijo sonriendo.
Monk le dio las gracias y se marchó. Caminaba despacio, con las manos hundidas en los bolsillos. Cuanto más profundizaba en el caso, más le parecía que Rhys Duff podía ser culpable. Una cosa que había advertido y no le había dicho a Vida Hopgood era que, basándose en los hechos que había podido establecer, no se habían producido asaltos desde el incidente en el que Rhys resultó herido. Habían comenzado poco a poco, primero como agravios menores, cuya violencia fue en aumento hasta poner en peligro la vida de las víctimas. Luego, repentinamente, habían cesado. El último se había producido diez días antes de la muerte de Leighton Duff.
Cruzó una plaza espaciosa y se adentró en el callejón que salía del extremo opuesto, cruzándose con un hombre que vendía cordones y una anciana con un bolso hecho de tejido de alfombra.
¿Por qué esos diez días? Era el lapso de tiempo más prolongado entre dos asaltos. ¿Qué los mantuvo alejados del barrio durante ese periodo? ¿Había alguna otra víctima de la que no tenía noticia? Para que se cumpliera la pauta, tendría que haber al menos dos más.
¿En otro barrio? A Rhys le encontraron en St Giles. ¿Acaso él y sus amigos habían cambiado de territorio, por miedo a que Seven Dials se hubiese convertido en un lugar demasiado peligroso para ellos? Esta respuesta encajaba con lo que había averiguado hasta entonces. No obstante, tendría que corroborarla.
Giró en redondo y se encaminó de nuevo hacia el oeste hasta llegar a una calle principal donde cogió un coche de caballos. No iba muy lejos. Podría haber recorrido todo el trayecto a pie en cuestión de media hora, pero de pronto estaba impaciente.
Se apeó justo al lado de la iglesia de St Giles y se dirigió a grandes zancadas hacia el primer mesón iluminado que vio. Entró y se sentó a una de las mesas. Al cabo de varios minutos le sirvieron una jarra de cerveza negra. A su alrededor todo era ruido, cuerpos apretujados, gritos, risas, personas bamboleándose y dando empujones para abrirse paso, intercambiando saludos a pleno pulmón, insultos amistosos, cotilleos, noticias, bromas. Allí había peristas, carteristas y falsificadores a la caza de clientes, tahúres, jugadores y chulos.