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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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El París de 1940 también parecía muy lejano. Aquel fue un gran verano, gracias a Renata. Oltramare, el inspector jefe de la Prefectura, aceptó sin rechistar la historia de cómo había encontrado a Willms muerto, después de ir a la maison con la intención de arrestarlo, aunque estaba claro como la Torre Eiffel que no se creía ni una palabra.

La Sipo se mostró un poco más reticente, y fui llamado al Hotel Majestic, en la Avenue des Portugais, para darle explicaciones al general Best, jefe de la RSHA en París.

Best, un hombre de ojos oscuros y aspecto severo, natural de Darmstadt, tenía casi cuarenta años y tenía un acusado parecido con el lugarteniente del partido nazi, Rudolf Hess. Había cierta animosidad entre él y Heydrich y, por esa razón, esperaba que Best me tratase con dureza. Sin embargo, se limitó a soltarme una ligera reprimenda por mi declarado interés en arrestar a Willms sin consultarle, lo cual era justo, y mi disculpa pareció zanjar el incidente; tal como resultaron las cosas, estaba mucho más interesado en escarbar en mi cerebro para un libro que estaba escribiendo sobre la policía alemana. Nos encontramos en varias ocasiones en su restaurante favorito, una brasserie del Boulevard de Montparnasse llamada La Coupole, y le relaté mi vida en el Alex y algunos de los casos que había investigado. El libro de Best se publicó al año siguiente y se vendió bastante bien.

De hecho, se convirtió en mi benefactor. Él y su maldito libro fueron la razón principal por la que conseguí permanecer en París hasta junio de 1941, y así fue como Best consiguió que me perdiese el viaje a Pretzsch y las arengas de Himmler para las SS y el SD. Tal vez hubiese podido quedarme durante algún tiempo más y eludir mi partida hacia Ucrania de no haber sido por Heydrich. De vez en cuando, le gustaba tirar un poco del sedal para recordarme que tenía su anzuelo en mi boca.

Encendí un cigarrillo y me acosté de nuevo en la cama, a la espera de que se fortaleciera la luz gris y la habitación tomase forma, mientras los implacables guardias despertaban a los ocupantes de Landsberg para los ejercicios, el desayuno, y lo que habían bautizado como «asociación libre». Para mi sorpresa, ahora me permitieron volver a mezclarme con los otros reclusos de la prisión. Para evitar a Biberstein y Haensch, y sus preocupaciones por lo que les estaba contando a los americanos y cómo ello podría afectar a sus probabilidades de conseguir la libertad condicional, me encontré buscando la compañía de Waldemar Klingelhofer. Dado que él había sido marginado por todos los demás en Lansdberg, hablar con él era la mejor manera de asegurarme de que me dejaran solo; al menos mientras hablábamos. Nos encontrábamos en el jardín, con el sol calentando nuestros rostros.

Klingelhofer no había envejecido bien desde nuestra estancia en la Casa Lenin de Minsk, y quizás era el único prisionero de quien se podía decir que le quedaba algo de conciencia por lo que había hecho. Parecía un hombre abrumado por sus actividades con el comando Moscú. Martin Sandberger, que nos miraba desde un poco más allá, parecía sencillamente un psicópata.

Al mirar el rostro lleno de tics de Klingelhofer, con sus gafas, era difícil imaginar al antiguo tenor de ópera capaz de cantar cualquier cosa, excepto quizás el Dies Irae. Pero yo estaba más interesado en hablar de lo que había ocurrido en Minsk después de mi regreso a Berlín.

– ¿Recuerdas a un hombre llamado Paul Kestner? -le pregunté.

– Sí -respondió Klingelhofer-. Formaba parte de un comando asesino en Smolensk cuando llegué allí en 1941. Se suponía que yo debía conseguir pieles para los uniformes de invierno de los soldados alemanes. Creo que Kestner había estado en París, y se mostraba muy resentido por su traslado a Rusia. Parecía estar desquitándose con los judíos, eso era obvio, y mi impresión era que se trataba de un hombre muy cruel. Después de aquello oí que lo habían destinado al campo de exterminio de Treblinka. Eso tuvo que ser alrededor de julio de 1942. Creo que era el segundo comandante. Corrieron rumores de que Kestner e Irmfried Eberl, que ostentaba el mando, dirigían el campo para su propio placer y beneficio; utilizaban a las mujeres judías para el sexo y se apropiaban del oro y las joyas de los judíos que, en realidad, eran propiedad del Reich. En cualquier caso, los jefes se enteraron y, según todas las fuentes, los echaron a los dos y a algunos más antes de designar a un hombre nuevo para limpiar los establos. Un tipo llamado Stangl. Mientras tanto, Eberl y Kestner fueron expulsados de las SS, y en 1944 oí que se habían incorporado a la Wehrmacht en un intento de redimirse. Los americanos detuvieron a Eberl hace unos años y creo que se colgó. Pero no tengo ni idea de qué fue de Kestner. Dicen que Stangl está en Sudamérica.

– Bueno, estará en Argentina o en Uruguay.

– Has tenido suerte -comentó Klingelhofer-. De haber estado en aquellos lugares. Yo espero morir aquí.

– Debes ser el único prisionero en Landsberg que lo cree, Wally. Todos los demás parecen estar esperando la libertad condicional. Ya han dejado marchar a hombres que, en mi opinión, eran peor que tú.

– Gracias. Es muy amable de tu parte. Sólo espero que si muero aquí, permitan a mi familia quedarse con mi cadáver. No quiero que me entierren aquí, en Landsberg. Significaría mucho para ellos. Es agradable que lo digas, sí. No pretendo salir de aquí. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué podríamos hacer cualquiera de nosotros?

Dejé a Klingelhöfer hablando solo. Lo hacía mucho en Lansdberg. Parecía más fácil que hablar con los americanos. O con Biberstein o Haensch. O con Sandberger, que me arrinconó cuando volvía a mi celda.

– ¿Por qué hablas con un cabrón como ése? -preguntó.

– ¿Por qué no? ¿Acaso no hablo contigo? En realidad, no tengo tantos reparos.

– Un tipo divertido. He oído que comentaban eso sobre ti, Günther.

– No te veo reír. Claro que tú fuiste juez, ¿verdad? ¿Antes de ir a Estonia? Por lo que he oído, allí tampoco se reían mucho.

Sandberger tenía cara de rufián, con una mandíbula como un neumático pinchado y los ojos hostiles de un boxeador. Costaba imaginar que alguien con semejante cara pudiera convertirse en abogado o juez. Resultaba más sencillo imaginárselo asesinando a sesenta y cinco mil judíos. No necesitas ser un criminólogo para deducirlo de una fisonomía como la de Sandberger.

– He oído que los americanos te están haciendo pasar un mal rato -comentó.

– Oyes bien con esas cosas que tienes a los lados de la cabeza.

– Así que me tomé la libertad de hablarle de ti al obispo evangélico de Württemberg. En mi última carta.

– Mientras haya prisiones habrá oraciones.

– Él puede hacer mucho por ti, aparte de rezar.

– Una tarta no estaría mal. Con montones de crema y de frutas, y una Walther P38 en el relleno.

Sandberger me dirigió una sonrisa torcida que no provocó ninguna duda en mi mente acerca de la ascendencia del hombre.

– No se ocupa de las fugas de las prisiones -manifestó Sandberger-. Sólo escribe cartas a personas muy influyentes aquí, y en América.

– No quiero que se tome ninguna molestia por mí. Además, acabo de volver de América. Y desde luego, no hice amigos mientras estuve allí.

– ¿En qué parte?

– En el hemisferio sur. Sobre todo en Argentina. No te gustaría Argentina, Martin. Hace calor. Hay demasiados insectos. Y montones de judíos. Con el inconveniente de que sólo te permiten matar a los insectos.

– También he oído que hay muchos alemanes.

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