La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:
Por lo menos la mitad de mí es animal. El Pueblo Libre es maravilloso, maravilloso como los ciervos o los pájaros o como la tigresa tedio tal como yo la he visto, la cabeza en alto, trotando como una sombra lila tras el rastro de la presa; pero son animales. Me he estado mirando la cara en el cuenco, tirando la barba hacia atrás con las manos todo lo posible, mojándola en el cubo sanitario para poder ver mi estructura, y lo que veo es una máscara de animal, con hocico y llameantes ojos de animal. No puedo hablar; siempre he sabido que en realidad no hablo como los demás, que sólo hago ciertos ruidos con la boca: ruidos lo bastante parecidos al habla humana como para trasponer los oídos de Chorro de Sangre; a veces ni siquiera sé qué he dicho; sé únicamente que he cavado mi agujero y que luego corrí cantando entre las colinas. Ahora no puedo hablar en absoluto; sólo gruñir y tener arcadas.
Más tarde. Hace frío, y oigo las campanas aun cuando me tapo los oídos. Si aprieto la oreja contra la piedra oigo un rasguño de palas y un susurro de pies que se arrastran; y así sé dónde me encuentro. La celda está bajo el suelo mismo de la catedral, y puesto que en ese suelo entierran a los muertos, con las lápidas como pavimento de corredores y bancos, tengo encima las tumbas, y es posible que estén cavando la mía; allí, una vez yo esté muerto, dirán misas por mí, distinguido científico del mundo madre. Es un honor que a uno lo entierren en la catedral, pero yo desearía en cambio cierta cueva seca en uno de los acantilados que miran al río. Que enfrente de la cueva aniden las aves; yo yaceré de espaldas en mi propio nido hasta que el sol rosado sea siempre rojo, con oscuras cicatrices en la cara como la brasa de un cigarrillo apagándose.
12 de abril. Ha pasado algo muy perturbador, y uno de los elementos más perturbadores…
No importa. Describamos la jornada. Como se había planeado, la mayor parte del día marchamos a lo largo de la ribera, aunque estaba claro que era improbable que entre los bancos de arena de la orilla encontráramos alguna clase de cueva, y el chico insiste en que todavía estamos muy abajo en el curso. Mediada la tarde el tiempo empezó a descomponerse; es el primer mal tiempo que hemos tenido en el viaje. Sin interrumpir la marcha aceité las armas y les abroché las fundas; adelante se acumulaban negros nubarrones tronantes, y era obvio que la tormenta se movería hacia el sudeste; es decir, derecho hacia nosotros por el valle del Tempus.
A sugerencia del chico dejamos el río y anduvimos algo más de una milla alejándonos del cauce, pues le pareció que podía haber una inundación relámpago. Al llegar a lo alto de una loma, y como no me atraía la idea de trabajar después bajo la lluvia, paramos a montar la tienda. Apenas habíamos instalado todo cuando llegó el primer aullido de viento; luego un aguacero y granizo. Le dije al chico que podíamos cocinar cuando pasara la tormenta; me metí en el saco y sabe Dios cuánto tiempo estuve echado preguntándome si la tienda aguantaría. Nunca en mi vida he oído un viento aullar como ése; pero al fin se fue acallando, hasta que sólo hubo un redoble de lluvia en la tela de la tienda, y me dormí.
Cuando me desperté había escampado; parecía todo muy en calma y el aire tenía ese olor fresco y lavado que sigue a la tormenta. Me levanté y descubrí que el chico no estaba.
Lo llamé una o dos veces, pero no hubo respuesta. Después de rastrear un poco por ahí se me ocurrió que la explicación más probable era que al ponerse a preparar la cena le había faltado un utensilio y había decidido retroceder unas pocas millas esperando encontrarlo. Por consiguiente tomé una linterna y (no me pregunten por qué, si no fue por la prisa) el rifle ligero, y salí a buscarlo. El sol estaba bajo, pero no se había puesto.
Diez minutos de paso trajinado me llevaron al río, y allí vi al chico, con el agua un poco por encima de la cintura, frotándose con arena. Lo llamé y él me devolvió el saludo, inocente en apariencia, pero con una confusión subyacente que percibí con claridad. Le pregunté por qué se había ido sin avisarme y simplemente dijo que se sentía sucio y necesitaba un baño, y que además, para cocinar le hacía falta más agua que la que había en las cantimploras, y que no había querido despertarme. Sonaba todo harto razonable, y aún no puedo demostrar que no fue exactamente eso lo que pasó, y de hecho todo cuanto pasó; pero en el fondo estoy seguro de que miente, y de que mientras yo dormía hubo alguien en el campamento, alguien aparte de nosotros dos; parece obvio que el chico ha estado con una mujer. Es visible en todo lo que dice y hace. Creo que de la carne ahumada faltan unas veinte libras, y si bien no me parece mal que se la haya dado a su amada —al fin y al cabo tenemos de sobra—, en realidad es mía y no suya. Me propongo llegar al fondo de este asunto.
En cualquier caso, después de haberlo interrogado cinco minutos sin obtener nada más satisfactorio que las respuestas esbozadas más arriba, emprendimos el regreso al campamento, el chico con una cacerola llena de agua. Ahora el sol se había puesto, aunque aún había algo de luz.
Íbamos ya a avistar la tienda cuando oí que una mula relinchaba: un ruido horrible, como de hombretón poderoso deshollado vivo y totalmente quebrado por el dolor. Corrí hacia el grito mientras el chico (muy sensatamente) iba a la tienda por el otro rifle. Por lo que pude discernir, la mula estaba en el extremo de un matorral, próximo a la base de la loma. En vez de bordear las matas —como sin duda habría debido hacer— las atravesé estrepitosamente, y me encontré cara a cara con el animal más espantoso que he visto nunca, una criatura mezcla de hiena, oso, mono y hombre, con mandíbulas cortas, poderoso de aspecto, y ojos humanos que me miraban fijo con, ni más ni menos, la expresión violenta, estúpida, asesina y rastrera de un vagabundo demente que provoca a alguien balanceando una botella rota. Tenía enormes hombros corcovados, patas delanteras gruesas como troncos de hombre y terminadas en dedos regordetes con garras como uñas de disfraz, y todo él apestaba a suciedad y carne podrida.
Disparé tres veces con el rifle ligero sin molestarme en apoyarlo en el hombro, y el bruto dio media vuelta y se largó por el matorral a grandes saltos de mono. Cuando el chico llegó corriendo con el rifle pesado, ya había desaparecido. Tengo la certeza de que le di, y más de una vez, pero no imagino cuánto daño le habrán hecho a semejante bestia las pequeñas balas de repetición; me temo que no mucho.
Mi Guía de campo de los animales de Sainte Anne no deja dudas sobre el merodeador: un oso demonio (es interesante que el chico lo conozca por el mismo nombre). La Guía de campo lo caracteriza como carroñero, pero un párrafo de la descripción indica que, si se le presenta la ocasión, de muy buen grado atacará animales vivos:
…así llamado por su hábito de expoliar toda sepultura reciente no protegida por casquete de metal. Es un cavador poderoso, y para alcanzar un cadáver desplazará piedras muy grandes. Enfrentado con audacia por lo general escapa, a menudo llevando el cadáver desenterrado bajo una pata delantera. Suele merodear las granjas donde haya habido una reciente matanza de animales, oportunidad en la cual probablemente atacará reses u ovejas.
Tuve que matar a la mula (una de las pardas), demasiado vapuleada para sobrevivir. Su carga la hemos distribuido entre las otras dos, que el chico y yo cuidaremos con el rifle pesado, alternando las guardias.
15 de abril. Estamos ya muy arriba en las colinas. Desde la última vez que escribí no ha habido más desastres, pero tampoco hallazgos. Además del oso demonio (que luego de que le disparé hemos visto dos veces), ahora nos sigue un tigre tedio. Lo oímos rugir, habitualmente un par de horas después de medianoche, y el chico lo identifica sin ninguna duda. Al día siguiente de haber matado a la mula, remonté dos horas nuestro rastro con la esperanza de pillar al oso demonio junto al cadáver. Llegué tarde: la mula muerta había sido despedazada, y salvo los cascos y los huesos mayores, consumida del todo, lo mismo que algo de carne de caribú que habíamos abandonado para aligerar la carga. En el lugar donde había estado el cadáver vi cientos de pisadas de diferentes especies. Ciertas huellas muy pequeñas podrían haber sido de niños humanos, pero no puedo saberlo. Ni un rastro más de la muchacha que (aún estoy seguro) visitó al chico, y él se niega a hablar de ella.