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La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]

Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…
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Supongo también que me dejé la barba por mi madre, para que viese —si alguna vez la reencontraba, y en Roncesvalles tuve razones para pensar que había venido— que ahora soy un hombre. Ella no me lo dijo nunca, pero ahora sé que para el Pueblo Libre un niño sigue siendo niño hasta que le brota la barba. Cuando llega a tener suficiente para protegerse la garganta de los dientes de otros hombres, se ha vuelto hombre.

Qué tonto era yo. Cuando ella se fue, y durante muchos años, creí que se había ido porque se avergonzaba de mí, por haberme descubierto con esa niña; ahora sé que sólo había estado esperando a que terminara el trabajo de la leche. En aquel momento me pregunté por qué me miraba sonriendo.

Pensando que se había ido a las colinas, allí me largué cuando tuve la oportunidad; pero ella no estaba. Tendría que haber estado, y yo, una vez allí, tendría que haberme quedado. Pero es terriblemente duro; la mitad de los niños mueren y ninguno llega a viejo. Así que cuando se acerca el invierno, nosotros —mi madre y yo— bajamos a la ciudad, juntos o separados. Ved, pues, dónde estoy, yo que me reía del pobre Cuarenta y siete.

Mucho más tarde. Una comida, té y sopa, la sopa en el magullado cuenco de lata que me dieron aquí. Sobre el suelo dejan los utensilios —vienen con la comida y después hay que devolverlos— y el té, negro y con azúcar, en el mismo cuenco una vez que lo vacío, con la fina grasa de la sopa flotando en la superficie. Al darme la sopa el guardia dijo:

—Hay té. Dame la taza.

Le dije que no tenía y se limitó a rezongar y seguir de largo, pero cuando volvió de alimentar a las celdas de más allá me preguntó si había terminado la sopa, y como le respondí que sí, me dijo que sacara de nuevo el cuenco y me dio el té.

¿Es el guardia quien por iniciativa propia me dio las velas y el papel? Si es el caso, quizá sólo sea que le doy pena, y eso debe ser porque van a ejecutarme.

Desde la última vez que escribí, las campanas sonaron tres veces. ¿Vísperas? ¿Nonas? ¿El ángelus? No lo sé. He vuelto a dormir, y soñé. Era muy pequeño y mi madre —al menos creo que la muchacha era mi madre— me tenía en el regazo. Mi padre nos llevaba a remo por el río, como tantas veces mientras le gustó pescar; yo veía las cañas doblándose al viento por todas partes, y alrededor del bote flotaban flores amarillas, pero lo raro del sueño era que yo ya sabía lo que iba descubrir más tarde, y miraba a mi padre, que parecía un gigante de barba roja, y sabía que con lo que iba a pasarle en las manos no podría continuar su oficio. Él había abotonado a mi madre el vestido amarillo —sí, seguro que era ella, aunque jamás he entendido cómo alguien del Pueblo Libre pudo darle un hijo a mi padre—, y ella tenía la mirada feliz y alborotada de la mujer que ha sido vestida por un hombre: sonreía al hablar, y yo me reía; todos sonreíamos. Supongo que sólo es un recuerdo vuelto en sueños, y que en esa época él debía parecer un hombre como tantos, posiblemente un poco más dado a hablar que lo común, que se alimentaba de pan, carne, café y vino; fue sólo cuando ya no tuvo nada de eso, ni para él ni para nosotros, que descubrimos que vivía de palabras.

No, no he dormido. Me he pasado las horas tendido a oscuras, escuchando las campanas de la catedral, y lustrando el cuenco —también a oscuras— con mi pobre pantalón rotoso.

En un tiempo fue un buen pantalón. Lo compré la primavera pasada, ya que de Sainte Anne no había traído ropa de verano… ni ninguna otra, salvo la que llevaba puesta. Es que no resulta económico, y lo más sensato sería que todo el mundo viajara desnudo y se comprara cosas nuevas en Sainte Croix. El caso es que la ropa que se usa a bordo no cuenta como peso, y para viajar, todos (al menos en invierno, cuando viajé yo) se compran el traje de abrigo más grueso posible. También hay una pequeña franquicia para exceso de equipaje, pero yo la usé para los libros que he tenido conmigo en el fondo de más allá.

Pero éste era un buen pantalón de verano, parte de un buen traje de verano, mezcla de lino con seda del continente meridional. Esa seda es un producto nativo, al contrario que el lino, que crece de una semilla traída de Tierra y en Sainte Anne no la tenemos. La produce la cría de una especie de ácaro, la cual (una vez roto el cascarón del huevo) espera en las hojas de hierba hasta que, sintiendo una corriente ascendente, devana un hilo fino, invisible y tenso como cuerda de faquir, que acaba por alzarlo en el aire. Los individuos que aterrizan en pastizales quedan a salvo y empiezan nuevas vidas, pero todos los años una buena cantidad es aventada al mar, donde los enredados hilos, como memorias flotantes del pasado, forman grandes alfombras de hasta cinco kilómetros de largo y cientos de hectáreas de superficie. Hay barcos que recogen estas alfombras y las llevan a factorías de la costa, donde se las fumiga, escarda e hila para uso industrial. Como los ácaros resisten enormemente el fumigado —me han dicho que pueden sobrevivir hasta cinco días sin oxígeno— y se alojan como parásitos en sistemas cardiovasculares de sangre caliente, los esclavos que hacen ese trabajo no viven mucho tiempo. Una vez en la universidad de aquí me mostraron películas de una zona de viviendas para esclavos, construidas sobre los restos de un cementerio de la época francesa; y las paredes encaladas eran de tierra y huesos comprimidos.

Si lustré el cuenco no fue por limpieza, sino en la esperanza de verme reflejado. He dicho que era de lata, pero en realidad creo que es de peltre, y aunque no hay nadie más inútil que yo con las herramientas, soy capaz de rascar algo con un trapo; de modo que eso he estado haciendo, hasta hace un momento, tendido en la oscuridad, temblando y escuchando las campanas. Claro que no podía ver cuánto brillo cobraba, si es que cobraba algún brillo, y tampoco quería desperdiciar la vela mirando; además tengo tiempo de sobra. En un momento el guardia trajo cebada hervida y me la comí deprisa, tanto porque esperaba que después hubiera té (no hubo) como porque quería volver a la tarea de lustrar el cuenco. Al final me cansé y tuve ganas de escribir otra vez, así que dejé el cuenco y raspé una cerilla para encender la vela. Entonces se me ocurrió que en cierto modo mi madre estaba en la celda, porque en la oscuridad le veía los ojos. Solté la cerilla y me quedé sentado, abrazándome las rodillas, llorando mientras sonaban todas las campanas, hasta que vino el guardia a patear la puerta y preguntar qué pasaba.

Cuando se fue encendí la vela. Los ojos, claro, eran el reflejo de los míos en el cuenco lustrado, que ahora brilla como plata opaca. No debería haber llorado, pero realmente pienso que en cierto sentido todavía soy un niño. Es terrible, y desde que escribí la última frase me pasé un largo rato pensándolo.

¿Cómo habría podido mi madre enseñarme a ser hombre? Ella no sabía nada, nada. A lo mejor mi padre nunca le permitió aprender. Me acuerdo de que no le parecía mal robar; pero creo que pocas veces tomaba algo a menos que él se lo dijera; alimento, de vez en cuando. Si había comido no necesitaba nada más, y si alguien quería irse con ella mi padre tenía que obligarla. Trató de enseñarme todo lo que necesitaría para vivir donde yo no vivía ni estoy viviendo ahora. ¿Cómo voy a saber lo que no aprendí de aquel lugar y de éste? Ni siquiera sé qué es la madurez, salvo que yo no la tengo, y que en cambio la tienen los hombres entre quienes me encuentro (más bajos, muchos de ellos, que yo).

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