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La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]

Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…
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R: Sí.

P: Yo he leído esa libreta.

R: Lee usted muy rápido.

P: Sí. Es una sarta de invenciones. Habla de un tendero llamado Culot; ¿cree que no sabemos que culotte en francés significa calzones? Es una obsesión suya eso de que los médicos sólo sirven para prolongar la vida de las mujeres feas… Lo dijo hace apenas un momento. Y en la libreta nos da el nombre de un doctor Hagsmith. Apareció usted hace dos años en Laon, donde lo vio nuestro agente. Llevaba una barba espesa, como ahora, que le serviría para ocultar su verdadera identidad ante algún encuentro azaroso con cualquier conocido. Dice que ha vivido tres años en las montañas; y sin embargo el equipo que vendió estaba sospechosamente nuevo, incluido un par de botas que nunca usó. Nunca en tres años.

»Y aquí lo tengo, contándome mentiras de Tierra, donde es obvio que no ha estado nunca, y fingiendo no comprender que un hombre sólo puede ser realmente libre si tiene esclavos. Todo esto, el cautiverio, los engaños, las preguntas, para usted son nuevos; pero para mí son cosa vieja. ¿Sabe qué le va a pasar? Será devuelto a la celda, y después lo traerán de nuevo aquí, y yo hablaré con usted como ahora, y cuando termine me iré a casa y cenaré con mi mujer, y usted volverá a la celda. De este modo pasarán los meses y los años. El próximo junio mi mujer, mis hijos y yo iremos a las islas, pero cuando volvamos usted seguirá aquí, más pálido, sucio y flaco que nunca. Y con el tiempo, cuando haya pasado la mejor parte de su vida y se le haya arruinado la salud, tendremos la verdad y no más mentiras. Lléveselo. Traiga al siguiente».

En la cinta no había nada más. Giraba en silencio mientras el oficial se lavaba. Siempre se lavaba cuando había tenido una mujer, no sólo los genitales sino también las axilas y las piernas. Usaba un jabón perfumado que reservaba para ese fin, pero la misma jofaina esmaltada que contendría el agua del afeitado matinal. Lavarse no era solamente una precaución profiláctica, sino una experiencia sensual auténtica. La saliva de Cassilla le había veteado el cuerpo; ahora se complacía en limpiársela.

«Me acaban de traer más papel, un grueso fajo de papel barato y un atado de velas. La primera vez que me dieron papel, y la segunda, tuve la certeza de que leerían todo lo que yo escribiese, así que puse cuidado en escribir únicamente lo que me parecía de ayuda para mi caso. Ahora dudo. He incluido, en el pasado, pequeñas señales, pequeñas pruebas. Pero en los interrogatorios no se han mencionado nunca. Mi letra es abominable, lo sé, y cuanto escribo. Puede ser simplemente que a alguien le dé pereza descifrarla.

¿Por qué tengo tan mala mano? Para mis maestras, aquellas viejas feas de mentes avinagradas, la explicación era muy simple: tomaba —y tomo— incorrectamente la pluma. Explicación ésta, claro, que no explica nada. Me acuerdo muy bien del primer día de escuela en que nos enseñaron a escribir. La maestra nos mostró lo que era un lápiz, nada más, y luego pasó por los bancos poniendo los dedos de cada uno sobre su propio lápiz. Sosteniendo mi lápiz como ella me decía, yo no podía sino dibujar, arrastrando el brazo entero a través de la página unas líneas débiles y movedizas. Eso, por supuesto, me valía repetidos varillazos. Cuando llegaba a casa mi madre llevaba los pantalones al río, remontando la orilla durante horas para alejarse de las cloacas, y les lavaba la sangre, dejándome avergonzado y temeroso, envuelto en una manta vieja o un retazo de lona. Finalmente, por experiencia, aprendí a tomar el lápiz como tomo ahora esta pluma, aferrada entre el índice y el medio y con el pulgar libre de hacer lo que se le antoje. Ya no fui el chico incapaz de escribir, sino meramente el que peor dominaba la pluma, y como en cada clase ha de haber un chico así (nunca es una chica) dejaron de pegarme.

La respuesta, pues, a por qué tomo mal la pluma, es que si la tomo bien no puedo escribir. Acabo de probar aquel sistema de antes, por primera vez en años, y todavía me descubro incapaz.

¿Conoces la ley de Dolió? Después de estudiar los caparazones de las tortugas fósiles, el gran belga formuló la ley de la Irreversibilidad de la Evolución: Todo órgano que en el curso de la evolución degenera, no recobra nunca su tamaño original, y todo órgano que desaparece, no reaparece nunca. Si el vástago retorna a un modo de vida en donde el órgano desaparecido cumplía una función importante, en vez de que el órgano retorne al estado original, el organismo desarrolla un sustituto.

He estado pensando en la situación de esta celda subterránea. He pasado a menudo por la ciudadela, tanto a pie como en coche, y aunque es bastante grande, no podría dar cabida a un pasaje subterráneo recto como el que atravesamos. Técnicamente, por lo tanto, mi celda está en extramuros. ¿Dónde, entonces? La ciudadela está frente a la llamada Plaza Vieja. A la derecha hay un canal; no puedo estar allí, pues aunque fría, la celda es seca. Detrás hay una aglomeración de tiendas y edificios de viviendas. Una vez compré en una de esas tiendas un utensilio de bronce, porque me fascinaba; una cosa con abrazaderas y mandíbulas dentadas y ganchos crueles. Aún soy incapaz de imaginar para qué servía, a menos que se empleara en la práctica de la medicina veterinaria; me la imagino en el vientre abierto de un gran caballo de tiro, apartando el hígado, tirando hacia abajo el intestino delgado y juntando el bazo a la columna mientras roe el páncreas enfermo.

Parece muy improbable que construyeran celdas debajo de esos edificios, porque para los amigos del preso —suponiendo que el preso tuviera amigos— sería mucho más fácil liberarlo. A la izquierda, no obstante, hay un complejo de oficinas gubernamentales; un túnel que las conectara con la ciudadela sería una construcción muy conveniente, y en caso de disturbios civiles permitiría a empleados y burócratas tomar refugio sin exponerse a ataques en la calle. Una vez construido dicho túnel, sin duda parecería lógico —si se necesitaran para los presos más dependencias, o dependencias más secretas— excavar celdas en los muros laterales. Casi seguramente, pues, estoy debajo de uno de esos edificios gubernamentales de ladrillo; posiblemente el Ministerio de Archivos.

He estado durmiendo… Tuve toda clase de sueños, y dejé que se consumiera la vela. Debo cuidarme más; que esta vez me hayan dado velas y cerillas no garantiza que me renueven la provisión cuando ésta se acabe. Inventario: once velas, treinta y dos cerillas, ciento cuatro hojas de papel en blanco y esta pluma, que manufactura su tinta succionando humedad del aire y con la cual un hombre paciente y dado a esas cosas podría pintar las cuatro paredes de la celda. Por suerte yo nunca he sido paciente.

¿Con qué soñé? Con aullidos de bestias, con timbres que sonaban, con mujeres —cuando recuerdo qué he soñado casi siempre he soñado con mujeres, lo que me hace, se me ocurre, insólitamente dichoso—, con ruido de pies arrastrados y con mi ejecución, que en el sueño tenía lugar en un vasto patio desierto rodeado de soportales. Mis verdugos eran cinco de esos robots rastreadores usados en los campos de prisioneros que hay en lo alto de la ciudad, y que a veces supervisan piquetes de trabajo en los caminos. Una cortante orden de labios invisibles, la cegadora luz blancoazulada de los láseres, y yo cayendo, el pelo y la barba en llamas.

Pero el sueño con mujeres —en realidad una mujer, una muchacha— me ha vuelto a recordar una teoría que formulé cuando vivía en las montañas. Es tan simple, tan evidentemente cierta, tan obvia que entonces me pareció que debía haberla pensado todo el mundo; pero en la universidad de Roncesvalles se la mencioné varias veces a distintas personas y la mayoría me miró como si estuviera loco. Es simplemente esto: que todas las cosas que consideramos bellas en una mujer son meros signos que ayudan a que ella sobreviva y por ende la supervivencia de los niños que engendraremos en ella. En lo fundamental (¡ah, Darwin!), los mundos los poblaron aquellos que en sus emboscadas a la hembra —pues en realidad no las perseguimos, ¿no? Nos falta rapidez. Saltamos sobre ellas desde escondites, después de haberles adormecido la desconfianza— tuvieron en cuenta esos signos: de ellos descendemos; mientras que quienes los desacataron, vieron, en la larga prehistoria del hombre, a sus hijos despedazados por los osos y los lobos.

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