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La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]

Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:

Muy lejos de su planeta madre, la Tierra, dos mundos gemelos, Sainte Anne y Sainte Croix, fueron colonizados en su tiempo por inmigrantes franceses, que aniquilaron a la población nativa del segundo de ellos. Muchos siglos después, tras una guerra que dispersó a los colonos originales y relegó a la leyenda el recuerdo del genocidio original, un etnólogo de la Tierra, John V. Marsch, dedica su vida a buscar las huellas de aquella cultura alienígena, los abos, el Pueblo Libre, los hijos de la Sombra, convertida hoy en una indefinida mitología aplastada bajo un subterráneo sentimiento de culpabilidad que niega incluso la realidad de su existencia…
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Otro interrogatorio, éste no de Constant sino de un hombre que no he visto nunca y se presentó como el señor Jabez. Bastante joven, ropa civil de calidad. Me dio un cigarrillo y me dijo que hablando conmigo corría el riesgo de enfermar de tifus; pienso que me había visto antes de que me dejaran bañarme. Cuando le pedí otra manta y más papel me mostró que el expediente incluía algunas de las páginas que escribí antes, y se quejó de lo arduo que sería transcribirlas. Como yo sabía que no contenían nada dañino, le sugerí que se las mandara a alguien de rango superior (como dio a entender que acaso hiciera) y las fotocopiara; pero creo que no puedo permitir que se lleven lo que tengo ahora. Dejo libre mi imaginación cuando se trata de la vida en Tierra con mi familia —a decir verdad, estuve pensando en hacer una novela: muchísimos libros se escribieron en la cárcel—, y sólo serviría para enturbiar mi caso. En la primera ocasión destruiré las hojas.

Medianoche o más. Por suerte me dejan quedarme con las velas y las cerillas; de lo contrario no podría escribir. Me había acostado cuando entró un guardia, me agarró por el hombro y me dijo que me «requerían». Lo primero que pensé fue que iba a morir; pero por la sonrisa de él me pareció improbable, y entonces se me ocurrió que sería alguna humillación irritante pero a medias graciosa, como afeitarme la cabeza.

Me llevó a una sala justo al borde de la zona de celdas y me hizo entrar, y esperándome allí estaba Celestine Etienne, la muchacha de la pensión de Mme. Duclose. Tenía que ser pleno verano, porque se había arreglado como para una misa estival de domingo: vestido rosa sin mangas, guantes blancos y sombrero. Sé que yo la consideraba alta como una cigüeña, pero la verdad es que se la veía muy bonita, con esos ojos azul-violeta grandes y asustados. Cuando entré, se levantó y dijo:

—¡Ay, doctor, qué delgado está!

Había una silla, una luz que no se podía apagar, un espejo de pared (destinado, estoy seguro, a observarnos desde la habitación vecina) y una vieja cama destartalada con sábanas limpias sobre un colchón que quizá más valiera no ver.

Y, sorprendentemente, un cerrojo del lado interior de la puerta. Hablamos un rato, y ella me dijo que un día después de mi detención había ido a verla un hombre del Tesoro Municipal y le había dicho que el jueves de la semana siguiente —el día que le tocaba verme— a las ocho en punto de la noche debía presentarse en la Secretaría de Permisos. Ella había ido, y allí la habían hecho esperar hasta las once, hora en que un oficial le dijo que no podía verla en ese momento, pues ya iban a cerrar la oficina, pero que volviera en dos semanas. Ella sabía muy bien, dijo, qué estaban haciendo, pero le había dado miedo no volver cada dos semanas como le indicaban. Esta noche, en cuanto se hubo sentado en la sala de espera, el mismo oficial que siempre la había despedido a las once apareció para sugerirle que mejor viniese a verme, añadiendo que en el futuro previsible la Secretaría de Permisos no volvería a requerir su presencia. Ella pasó por la casa de Mme. Duclose para ponerse perfume y cambiarse el vestido, y luego vino.

Y basta ya. Escribir todo esto, ver a mi pluma dejar semanas de negro rastro de araña, ha sido un placer, pero la imagen de mis primeros escritos en la carpeta del nuevo interrogador me resultó algo perturbadora. Estoy bastante seguro de que en el pasillo el guardia está dormido, y pienso quemarlo todo, página a página, en la llama de la vela».

La transcripción terminaba a mitad de una página con una nota que daba lugar, hora y fecha de la confiscación de los originales.

«Habrá que perdonar la letra de esta entrada, y supongo que de algunas de las subsiguientes. Ha ocurrido un incidente absurdo, que explicaré cuando llegue el momento. He matado al tigre tedio y al oso demonio, éste sobre el cadáver del tigre tedio la noche siguiente. El tigre me saltó encima cuando bajaba del árbol donde lo había esperado toda la noche. Me figuro que podría haber salido hecho pedazos, pero sólo tengo unos rasguños que me hice con unos espinos cuando el animal me derribó».

El oficial dejó el diario encuadernado en tela y revolvió las cosas buscando el maltratado cuaderno de redacción escolar con la nota sobre el alcaudón. Cuando lo hubo encontrado echó un vistazo a las primeras páginas, asintió en silencio y retomó el diario.

de abril. Después de matar al tigre tedio como he descrito arriba, volví al campamento y no encontré a nadie con el chico salvo la gata que nos venía siguiendo. El chico estaba sentado —como solía hacer cuando no cocinaba— de espaldas al fuego con la gata en las rodillas. A mí lo del tigre tedio me tenía muy excitado, claro, y me puse a hablar y fui y agarré al gato para mostrarle dónde habían dado las balas. El gato torció la cabeza y me clavó los dientes en la mano. Ayer, cuando maté al oso demonio, no me dolía, pero hoy está muy inflamada. La he vendado y le he puesto antibiótico en polvo.

de abril. Como se ve por la escritura, la mano sigue mal. No sé qué haría sin el chico. Se ha encargado de todo, de la mayor parte del trabajo, para el viaje entero. Hoy discutimos si levantábamos campamento y seguíamos río arriba, y al fin decidimos quedarnos por hoy y partir mañana, a menos que mi mano empeore. Es un buen lugar. Hay un árbol, que siempre da suerte, y una larga cuesta de hierba que baja hacia el río; aquí el río corre rápido, con agua dulce y fría. Hay carne en cantidad; estamos comiendo un pony brinco y a dos kilómetros hemos colgado de otro árbol una pata para los que tengan hambre. Más adelante el río se hunde en una garganta; eso se ve desde aquí.

de abril. Hoy levantamos campamento; como de costumbre casi todo el trabajo lo hizo el chico. Ha estado leyendo mis libros y me hace preguntas, algunas de las cuales no puedo responder con certeza.

26 de abril. Ha muerto el chico. Lo he enterrado donde no lo encuentren nunca porque descubrí, mirando el rostro muerto, que no me agradan los extraños que hurgan en las tumbas.

Sucedió así. Hoy a eso del mediodía llevábamos las mulas por un sendero que seguía la ribera sur. Allí la garganta tiene doscientos metros de altura y es angosta, y el agua corre por un canal profundo bordeado de arena roja y piedras rotas. Le recordé que según él había dicho todavía estábamos demasiado abajo para encontrar la cueva sagrada del Pueblo Libre, pero como respondió que quizá hubiera otras cuevas parecidas continuamos trepando por las rocas. Lo vi caer. Trató de agarrarse a una roca, luego lanzó un grito y se despeñó. Yo maneé las mulas y volví atrás, esperando que en el agua más tranquila hubiera podido salir a nado. Un largo trecho corriente abajo, aferrado a la roca, con el agua a sus pies, se alzaba un gran árbol que había extendido una raíz para atrapar a mi amigo.

Ahora permitidme confesar que mentí. Las fechas de esta página y de la anterior no son correctas. Hoy es primero de junio. Por mucho tiempo no escribí nada en esta libreta, hasta que esta noche pensé llevarla de nuevo y volcar en ella lo que había ocurrido. Como veis, todavía tengo mal la mano. No creo que se arregle nunca, aunque parece sana y no hay cicatriz. Me cuesta sostener las cosas.

Escondí el cadáver del chico en la cueva de un acantilado que cae a pique hasta el río. Creo que a él le habría gustado, y allí no llegarán los osos demonio; son capaces de mover grandes piedras, pero no de trepar como el hombre. Tardé tres días en encontrar la cueva, con el chico atado a una mula. Maté a la gata y la dejé a sus pies.

Descubro que no estoy acostumbrado a escribir así; no es sólo la mano, sino volcar los pensamientos. Transcribí las entrevistas, desde luego, y conté que había visto los lugares sagrados, pero no lo que pensaba; y ahora no hay nadie con quien hablar. De todos modos nadie leerá esto.

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