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Los cronolitos [The Chronoliths - es]

Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:

Scott Warden es un hombre perseguido por el pasado… y pronto también por el futuro. En la Tailandia de comienzos del siglo XXI es un vago en una comunidad costera de expatriados, cuando es testigo de un acontecimiento imposible: la aparición en el boscoso interior de un pilar de piedra de casi setenta metros. Su llegada colapsa los árboles en un cuarto de kilómetro alrededor de su base. Parece estar compuesto de una exótica forma de materia y la inscripción tallada muestra la conmemoración de una victoria militar… que tendrá lugar dentro de dieciséis años.
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
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Es decir, que Hitch tropezara con Adam. Eso era algo más que una coincidencia, pero resultaba imposible interpretarla.

—Sólo se trata de un acto de fe —respondí con suavidad.

—¡Entonces, mírame bien, Scotty! ¡Observa el poder que sostengo entre estas dos manos! —me mostró sus pálidas palmas—. ¡Aquí está¡ e! poder necesario para derrumbar un puto Cronolito! Eso me hace importante. Me convierte en un instrumento decisivo para la resolución de los acontecimientos. Scotty, soy una causa posterior.

—Existe una cosa que se llama megalomanía —señalé.

—¡Pero yo no me he inventado todo esto! No es ninguna fantasía que haya comprendido mejor que cualquiera de los habitantes de este, planeta la física de los Cronolitos… y no estoy siendo engreída. No es ninguna fantasía que tú y Hitch estuvierais en Chumphon y Portillo, ni que tú y yo estuviésemos en Jerusalén. Son hechos, Scotty, y exigen una interpretación que va más allá del azar y la casualidad.

—¿Por qué quieres que os acompañe a Wyoming?

Parpadeó.

—Pero yo no quiero eso. Probablemente estarás más seguro en Miniápolis. Sin embargo, no puedo ignorar los hechos. Creo… y sí, ahora se trata de una simple intuición, carente por completo de fundamentos científicos, pero no me importa… creo que tienes un papel que desempeñar en la partida final de los Cronolitos. No sé si será para bien o para mal, pero estoy segura de que no harás nada que me perjudique ni ayudarás a los intereses de Kuin. No se trata de que yo quiera que vengas con nosotros, sino de que considero que sería mejor que lo hicieras porque hay algo especial en ti. El asunto de Adam Mills es como una valla publicitaria. Chumphon, Jerusalén, Portillo, Wyoming. Tú. Puede que no te guste, Scotty, pero tú importas —se encogió de hombros—. Eso es lo que creo, y lo creo con todas mis fuerzas. De todas formas, no voy a intentar convencerte para que nos acompañes, puesto que si no lo haces, consideraré que ése era nuestro destino… es decir, que estábamos unidos por tu rechazo.

—No puedes hacerme cargar con ese peso.

—No, Scotty. No puedo —parpadeó con tristeza—. Pero tampoco puedo liberarte de él.

Todas sus palabras me parecían una locura. Supongo que la enfermedad de mi madre había hecho que desarrollara un oído sensible para lo irracional. Desde pequeño, sabía al instante si mi madre estaba virando hacia la demencia. Reconocía sus grandiosas afirmaciones, su ego exagerado, los indicios de amenaza inminente. Y siempre reaccionaba del mismo modo: me encerraba en mí mismo y experimentaba un rápido congelamiento emocional.

—¿Recuerdas Jerusalén, Scotty? —preguntó Sue—. ¿Te acuerdas de aquellos jóvenes, los que fueron asesinados? Yo pienso en ellos con frecuencia, sobre todo en aquella muchacha que se acercó a hablar conmigo durante la llegada del Cronolito, cuando la turbulencia tau estaba en su apogeo. Se llamaba Cassie. ¿Recuerdas lo que me dijo Cassie?

—Te dio las gracias.

—Sí, me dio las gracias por algo que no había hecho, e instantes después, murió. Creo que es posible que estuviera tan sumergida en la turbulencia tau que la realidad de su muerte se extendió por los últimos minutos de su vida. No sé por qué me dio las gracias, Scotty, ni creo que ella lo supiera. Sin embargo, estoy segura de que sintió algo… momentáneo.

Sue apartó los ojos de mi rostro casi con timidez, y esa expresión hizo que regresáramos a la escala de lo simplemente humano.

—Necesito conseguirlo —añadió—. Por lo menos, necesito intentarlo.

Todas las parejas que se han enamorado tienen un lugar especiaclass="underline" una playa, un jardín, el banco de un parque junto a una biblioteca. Para Ashlee y para mí, ese lugar era un parque ajardinado situado a unas manzanas al este de nuestro apartamento. Se trataba de un parque del extrarradio normal y corriente, con un estanque con patos bordeado de cemento, una zona de recreo y un campo de softball con el césped segado. Habíamos venido con frecuencia a este lugar cuando regresamos de Portillo, mientras Ash intentaba recuperarse de la pérdida de Adam y después de que yo hubiera decidido dejar de trabajar para Sue.

Aquí era donde le había pedido que se casara conmigo. Habíamos traído comida para hacer un picnic, pero las nubes de tormenta se empezaron a acercar por el horizonte y, de pronto, empezó a llover a raudales. Corrimos hasta el campo de softball y nos cobijamos bajo las gradas cubiertas. Como el aire cada vez era más frío, Ashlee se recostó sobre mi hombro. Mientras la tormenta azotaba los grandes olmos del parque y sus ramas se entrelazaban entre sí como dedos, le pregunté a Ashlec si aceptaría ser mi esposa, y ella me besó y me dijo que sí. Fue así de sencillo y perfecto.

Volví a lievarla a este lugar.

A principios de siglo, era tal la obsesión que existía por mejorar las zonas urbanas que, quizá, se crearon demasiados parques como éste. Muchos de ellos habían desaparecido para dar paso a albergues de indigencia, o estaban tan deteriorados que no tenían ninguna utilidad. Éste era una excepción, puesto que seguía siendo reivindicado por diversas familias del barrio, defendido por una horda de decretos locales y vigilado después del anochecer por diversos voluntarios de la comunidad. Llegamos a última hora de la tarde de un día más fresco que el anterior (que fue abrasador), un día de verano tan agradable que te gustaría doblarlo y guardarlo en el bolsillo. Había familias merendando junto al estanque y niños jugando en los columpios y toboganes recién pintados.

Nos sentamos en las vacías gradas de softball. De camino al parque habíamos comprado comida preparada, trozos diminutos de pollo rebozado. Ashlee empezó a comer con indiferencia, aunque cada uno de sus gestos ponía de manifiesto su inquietud. Supongo que a mí me sucedía lo mismo.

En un principio, había decidido que hoy le hablaría sobre Adam, pero me había dado cuenta de que no podía hacerlo. No se trataba de que me faltara valor, sino de una decisión que había tomado por defecto. Seguía creyendo que Ash merecía saber que Adam estaba vivo, pero Sue tenía razón: la noticia no le curaría las heridas, sino que las haría más profundas.

Por mucho que protestara mi contienda, me sentía incapaz de contarle algo que iba a causarle tanto dolor.

Supongo que el destino se construye con decisiones como ésta, a base de madera y clavos, como la horca.

—¿Te acuerdas de aquel niño? —preguntó Ashlee, pasándose una servilleta por los labios—. ¿Aquel que estaba jugando a softball?

Poco después de casarnos, habíamos pasado un sábado en este parque. Se estaba disputando un partido de la Liga Infantil, así que había dos entrenadores y algunos padres compartiendo las gradas con nosotros. El bateador era un niño que parecía haberse criado a base de filetes y esteroides, el tipo de chaval de once años que tiene que afeitarse antes de ir al colegio. En cambio, el pitcher era un niño rubio desnutrido pero con un enorme talento para lanzar la pelota, por desgracia, una de ellas fue directa a la base del bateador y, tras golpear el bate, regresó al montículo del lanzador antes de que el pitcher pudiera levantar el guante (se había distraído con algo que había en la primera base). Mientras giraba la cabeza, el pequeño recibió un fuerte golpe en la sien.

Se hizo el silencio; después, se oyeron jadeos y algunos gritos. El pitcher miró hacia el suelo y, tras caerse de bruces (pues fue incapaz de mover los brazos para atenuar el golpe), se quedó tendido y completamente inmóvil sobre el polvo de su montículo.

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