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El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]

Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:

El fantasma de la Ópera no solamente es la obra más famosa de Gaston Leroux, sino también la que ha logrado más perdurabilidad e interés, sobre todo por dos elementos muy especiales: el aspecto visual de la novela, que la predisponía a las futuras adaptaciones cinematográficas, y -la música, determinada por el ambiente de la Ópera de Paris, donde se desarrollan las correrías del fantasma. La historia, una mezcla de La Dama de las Camelias y los ambientes góticos de Nuestra Señora de Paris, relata los amores del vizconde Raoul de Chagny y la cantante Chistine Daaé, y su rapto por Erik, el Fantasma de la Ópera, quien mora en los subsuelos de ese enorme edificio, el teatro más grande del mundo, con sus más de 2.000 puertas y su lago subterráneo, construido por el famoso arquitecto Garnier. Una novela a la que la arquitectura y la música harán mantener siempre su interés, con un héroe al mismo tiempo diabólico y vulnerable, fiel heredero del romanticismo.
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Cosa extraña, el vizconde tenía plena confianza en el Persa. A pesar de que ignoraba todo acerca de él y que la mayoría de sus frases sólo habían servido para aumentar la oscuridad en toda esta aventura, no dudaba en pensar, que en este decisivo momento, el Persa estaba de su lado contra Erik. Su emoción le había parecido sincera cuando le había hablado del «monstruo». El interés que había demostrado no le parecía sospechoso. Por último, si el Persa tuviera preparado algo en contra de Raoul, no le hubiera dado un arma. Además, en resumidas cuentas, ¿no se trataba, costara lo que costara, de llegar hasta Christine? Raoul no podía elegir los medios. Si hubiera vacilado, incluso sin estar convencido de las intenciones del Persa, el joven se hubiera considerado como el último de los cobardes.

A su vez, Raoul se arrodilló y se colgó con las dos manos de la trampilla.

– ¡Suéltese del todo! -oyó, y cayó en brazos del Persa, que le ordenó inmediatamente echarse al suelo, volvió a cerrar la trampilla sobre sus cabezas, sin que Raoul pudiera saber cómo, y fue a tumbarse al lado del vizconde.

Éste quiso hacerle una pregunta, pero la mano del Persa se apoyó en su boca e inmediatamente oyó una voz a la que reconoció como la del comisario de policía que hacía un momento le había interrogado.

Ambos se encontraban entonces detrás de un tabique que los ocultaba perfectamente. Cerca de allí, una estrecha escalera subía a una pequeña habitación por la cual debía de pasearse el comisario haciendo preguntas, ya que se oía el ruido de sus pasos al tiempo que el de su voz.

La luz que rodeaba los objetos era muy débil, pero, al salir de aquella espesa oscuridad que reinaba en el corredor secreto de arriba, Raoul no tenía dificultad en distinguirlos.

No pudo contener una sorda exclamación al ver de pronto tres cadáveres.

El primero estaba tendido sobre el estrecho rellano de la escalerilla que subía hacia la puerta tras la cual se oía al comisario; los otros dos se encontraban debajo de la escalera, con los brazos en cruz. Pasando los dedos a través del tabique que los ocultaba, Raoul hubiera podido tocar la mano de alguno de aquellos desgraciados.

– ¡Silencio! -susurró de nuevo el Persa.

También él había visto los cuerpos y con una sola palabra lo explicó todo:

– ¡¡Él!!

Ahora se oía la voz del comisario con mayor intensidad. Pedía explicaciones acerca del sistema de iluminación, que el regidor le daba. El comisario debía estar en el «registro», o en sus dependencias. Contrariamente a lo que podría creerse, cuando se trataba de un teatro de ópera, el «registro» no estaba destinado a ejecutar música.

Por aquella época, la electricidad se empleaba sólo para ciertos efectos escénicos muy restringidos y para los timbres. El inmenso edificio y el mismo escenario aún se iluminaban con gas, y se regulaba y modificaba siempre la iluminación del decorado con gas hidrógeno; y eso se hacía mediante un aparato especial al que la multiplicidad de sus tubos hizo que fuera bautizado como «registro de órgano».

Al lado de la concha del apuntador, había reservado un nicho para el jefe de iluminación, que desde allí daba las órdenes a sus empleados, mientras vigilaba su ejecución. En este nicho era el lugar donde Mauclair se encontraba durante todas las representaciones.

Sin embargo, Mauclair no estaba en su nicho, y tampoco sus empleados ocupaban sus puestos.

– ¡Mauclair, Mauclair!

La voz del regidor resonaba ahora en los bajos como en un tambor. Pero Mauclair no contestaba.

Ya hemos dicho que había una puerta que daba a una escalerilla que subía del segundo sótano. El comisario la empujó, pero la puerta resistió.

– ¡Vaya, vaya! -dijo-.Vea usted, señor regidor… No puedo abrir esa puerta… ¿Siempre es tan difícil?

El regidor, empujó la puerta con un vigoroso golpe. Se dio cuenta de que, al mismo tiempo, empujaba a un cuerpo humano y no pudo contener una exclamación. Reconoció inmediatamente a aquel cuerpo:

– ¡Mauclair!

Todas las personas que habían seguido al comisario en aquella visita al registro avanzaron inquietos.

– ¡Qué desgracia, está muerto! -gimió el regidor.

Pero el comisario Mifroid, a quien nada sorprende, está ya inclinado sobre aquel enorme cuerpo.

– ¡No -dijo-, lo que ocurre es que lleva una borrachera de cuidado! -dijo-. No es lo mismo,

– Sería la primera vez -declaró el regidor.

– Entonces le han dado un narcótico… ¡Es muy posible! Mifroid se incorporó, bajó algunos peldaños más y exclamó:

– ¡Miren!

A la luz de un farolillo rojo, al pie de la escalera había tendidos dos cuerpos más. El encargado reconoció a los ayudantes de Mauclair, Mifroid bajó y los auscultó.

– Duermen profundamente -dijo-. ¡Extraño! No podemos dudar de la intervención de un desconocido en el servicio de

iluminación…, ¡y ese desconocido trabajaba sin duda para el raptor!… ¡Pero qué curiosa idea la de raptar a una artista en escena!… ¡Son ganas de crearse dificultades, de eso estoy seguro! ¡Que busquen al médico del teatro! -y Mifroid repitió-: ¡Extraño caso, muy extraño!

Después, volvió a entrar en el pequeño cuarto, dirigiéndose a dos personas a las que, desde el lugar en que se encontraban, Raoul ni el Persa podían ver.

– ¿Qué dicen ustedes de todo esto, señores? -preguntó-. Son ustedes los únicos que no han dado su opinión. Sin embargo, deben tener una ligera idea…

Entonces, por encima del rellano, Raoul y el Persa vieron avanzar a las caras anonadadas de los dos directores -no se veía más que sus siluetas sobre el rellano- y oyeron la voz conmovida de Moncharmin:

– Hoy están ocurriendo aquí una serie de cosas, señor comisario, a las que no podemos dar explicación alguna.

Y las dos siluetas desaparecieron.

– Gracias por la información, señores -dijo Mifroid en tono socarrón.

Pero el regidor, cuya barbilla descansaba ahora en el hueco de su mano derecha, lo que significa un acto de reflexión profunda, dijo:

– No es la primera vez que Mauclair se duerme en el teatro. Recuerdo haberle encontrado una noche roncando en su nicho, junto a su tabaquera.

– ¿Hace mucho de eso? -preguntó el señor Mifroid, mientras limpiaba meticulosamente los cristales de su binóculo, ya que el comisario era miope como les suele ocurrir a los mejores ojos del mundo.

– ¡Dios mío! No hace mucho… -dijo el regidor-. ¡Mire!… Era la noche…, sí, seguro…, la noche en que la Carlotta, ya lo sabe señor comisario, lanzó su famoso ¡cuac!

– ¿La noche en que la Carlotta lanzó su famoso ¡cuac!?

Y el señor Mifroid, tras volver a colocarse en la nariz el binóculo de cristales transparentes, miró fijamente al encargado como si quisiera adivinar su pensamiento.

– ¿Así que Mauclair toma rapé? -preguntó en tono despreocupado.

– Claro que sí, señor comisario… Mire, precisamente allí, en esa tablilla está su tabaquera… ¡Oh, toma mucho!

– ¡También yo! -dijo el señor Mifroid, y metió la tabaquera en su bolsillo.

Raoul y el Persa asistieron, sin que nadie sospechara su presencia, al traslado de los tres cuerpos que los tramoyistas vinieron a llevarse. El comisario los siguió y todo el mundo volvió a subir tras él. Por algunos instantes se oyeron sus pasos que resonaban sobre el escenario.

Cuando estuvieron solos, el Persa indicó a Raoul que se levantara. Éste obedeció; pero, como no había vuelto a alzar la mano a la altura de los ojos, dispuesta a disparar, igual que el Persa; éste le recomendó volver a ponerse en aquella posición y no abandonarla pasara lo que pasase.

– Pero esto cansa inútilmente la mano -murmuró Raoul-, y si disparo no lo haré con seguridad.

– Cambie el arma de mano, entonces -concedió el Persa. -¡No sé disparar con la mano izquierda!

A lo cual replicó el Persa con esta declaración extraña, que desde luego no era la más indicada para aclarar las cosas en el cerebro trastornado del joven:

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