Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
¡No, maldita sea! ¡El Día del Lejano Sol estaré lejos de aquí! Combatió una oleada de añoranza del hogar.
Maia descartó aquellos pensamientos y alzó su sextante en miniatura, concentrada en el problema inmediato. No podía estar segura de la hora exacta, mucho menos de la fecha. Sin un reloj de precisión, era imposible fijar con seguridad su posición este—oeste, aunque el instrumento funcionara perfectamente. Medir la longitud iba a ser difícil.
Pero no hacía falta la hora exacta para calcular la latitud. Sólo tenías que conocer el cielo.
Ojalá tuviera aquí mi libro de efemérides, pensó, preguntándose si la jefa de estación de Holly Lock habría tirado ya su petate, junto con sus exiguas posesiones. El delgado volumen contenía las posiciones de las principales estrellas con toda la precisión necesaria. Sin él, tendría que hacer uso de la memoria.
Maia apoyó los codos en el alféizar de la estrecha abertura en la pared, y tomó otra referencia de Taranis, un compacto macizo estelar donde se decía que el Enemigo había destruido dos planetas antes de encontrar la derrota en Stratos. Girando un dial, movió la imagen en su indicador hasta que besó el borde del horizonte sur en el diminuto espejo del sextante. Bajó el aparato para poder mirar el dial, y anotó otra cifra en su cuaderno.
Al menos encontró una solución inmediata al problema de los utensilios de escritura. Cerca de la base de su improvisada pirámide de observación, torpemente cubiertos por las alfombras apiladas, yacían los restos de una caja de almacenaje. Maia se había debatido con ella durante más de una hora, poco después de la puesta de sol, para subirla hasta aquí, junto a la ventana. Luego, justo medio segundo después de empujarla, la caja se precipitó desde aquella altura contra el suelo de piedra.
El estrépito fue horrible, y las guardianas acudieron a la puerta, murmurando preguntas. Pero Maia consiguió convencer a las Guel, gritando que, simplemente, se había caído mientras hacía ejercicio.
—Pero estoy bien. ¡Gracias por preocuparos!
Tras una larga pausa, las Guel se marcharon por fin, gruñendo. Maia no se atrevió a contar con que su falta de curiosidad resistiera a una repetición del suceso. Por fortuna, el golpe había aflojado varias tablas y esparcido papel y utensilios de escribir por el suelo. Las estrellas ya habían salido. Durante la hora siguiente, aplicó sus oxidadas artes de navegación a fijar el emplazamiento de aquella prisión de la altiplanicie.
Maia acercó el cuaderno de notas a la tenue luz de Durga y sumó el resultado final. La longitud es aproximadamente la del mensaje, pensó. ¡Y la latitud es casi idéntica!
Al principio, al contemplar el mensaje que había aparecido de manera tan sorprendente en el tablero del Juego de la Vida, llegó a la conclusión de que debía de ser una broma de mal gusto. Alguien en la fábrica debía de haber insertado la súplica, igual que, de niñas, Leie y ella solían abrir con cuidado nueces petu y sustituir la carne con pedacitos de papel que decían: «¡Socorro! ¡Las ardillas nos tienen prisioneras en un árbol petu!»
Ahora sabía que no. El mensaje no había sido codificado antes de ser enviado. Quien lo había introducido en la memoria lo había hecho en un emplazamiento muy cercano. A unas decenas de kilómetros. Sin embargo, no había visto ningún signo de ciudades o habitáculos cerca del monolito de piedra. Era dudoso que el paisaje pudiera esconder ninguno.
En efecto, eso sólo podía significar que quien lo había escrito vivía en aquella misma torre, quizás a sólo unos metros de distancia. Maia se sintió un poco culpable de que la situación de otra persona le produjera tanta alegría. No me alegro de que estés encarcelada, pensó. ¡Pero Lysos, es bueno no seguir estando sola!
Debían de encontrarse en situación similar, encerradas en cámaras de almacenaje no diseñadas como celdas, pero igualmente efectivas de todas formas. Sin embargo, la otra prisionera había demostrado estar llena de recursos. Al encontrarse en una habitación llena de aparatos orientados hacia el recreo de los varones, había conseguido planteárselos como un medio para enviar el equivalente de mensajes en una botella.
Maia reflexionó sobre el ingenioso plan de la otra reclusa. Aquellos aparatos electrónicos eran costosos, y las matriarcas de Valle Largo no eran derrochadoras. Tarde o temprano, harían que los juegos y otras amenidades fueran enviados para ser revendidos… quizás a algún santuario en la Costa, o a una cofradía marinera… hasta caer en manos de alguien capaz de leer el mensaje programado. Cualquier marinero sabría entonces de inmediato dónde había una persona retenida contra su voluntad.
Eran suposiciones, por supuesto. Las madres del Clan Perkinita tal vez no se dispusieran a reducir sus pérdidas en los santuarios inconclusos hasta estar absolutamente seguras de que la droga funcionaba. Eso podría requerir algún tiempo. Y eso tampoco era todo, pensó Maia cínicamente. Aunque los juegos fueran enviados, y asumiendo que de camino los mensajes no sean borrados o leídos por gente inconveniente… Aunque alguien lea la petición e informe de su existencia, ¿luego qué?
No podía decirse que las autoridades planetarias tuvieran enjambres de poderosos aparatos aéreos o ejércitos que enviar al otro extremo del mundo en un instante, sólo para corregir lejanas injusticias. Caria City guardaba las fuerzas de las que disponía para casos de emergencia. Lo más probable era que enviaran a alguna investigadora o magistrada solitaria a hacer el largo camino… por mar, luego en tren y a caballo, lo que supondría que tardaría casi un año en llegar, si llegaba.
Suponiendo que todavía estemos aquí para entonces.
Maia no estaba segura de poder aguantar tanto. La otra prisionera tenía mucha más paciencia.
Con todo, es un plan mejor que ninguno que se me haya ocurrido a mí. ¡Imagínate, hacer todo eso con un Juego de la Vida! Sin toda una vida de experiencia, ¿quién podría haber creado un mensaje como aquél partiendo de cero?
¿Un hombre? Maia hizo una mueca de desdén. Alguien con las habilidades de una sabia, sin duda.
Ojalá pudiera conocerla. Hablar con ella. Tal vez haya una forma.
Maia supuso que debía de ser casi medianoche. Estaba a punto de asomar la cabeza a la ventana otra vez, para comprobar el progreso de las estrellas, cuando súbitamente lo oyó empezar. El molesto chasquido.
Rápidamente, alzó el cuaderno a la luz de la luna y empezó a tomar notas. Una raya por cada click, un punto por cada latido que duraba cada pausa. Tras unos veinte segundos, se detuvo y leyó el fragmento inicial.
—Click, click, pausa, click —recitó lentamente—. Click, click, pausa, pausa… sí. ¡Estoy segura de que es lo mismo que la otra noche!
Maia se guardó el cuaderno en el cinturón y se bajó de la pirámide de cajas con tanta rapidez que la inestable estructura se tambaleó. Casi al pie, se enganchó con un pliegue de 1a alfombra y acabó cayendo de bruces. Ignorando las magulladuras, se puso rápidamente en pie.
—¿Dónde está? —susurró, concentrándose. Escrutando la oscuridad, se orientó por el oído hasta la pared este. Se agachó, pasó la mano por la fría piedra, tuvo que arrastrarse a la derecha, apartando cajas y bultos. Más allá de una pila de cojines, sus dedos se toparon con lo que parecía una pequeña placa de metal, situada muy abajo, cerca del suelo. ¡Los chasquidos sonaban ahora muy cerca!