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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Maia suspiró. Muy bien. Veamos si puedo hacer una escalera sencilla.

Se abrió paso a través de la primera fila, volviendo negras unas cuantas casillas, dejando algunas en blanco, y así sucesivamente. Maia no se sentía todavía preparada para enfrentarse a condiciones de partida más complicadas, así que después de tocar unas cuarenta casillas consideró que era suficiente. El resto del tablero quedó intacto.

Conociendo las reglas, Maia podía suponer lo que podría sucederle a una casilla concreta la próxima ronda, contando cuidadosamente el número de vecinas negras que tenía ahora. No hacía falta mucho esfuerzo para prever los destinos de hasta una docena de casillas, una o dos rondas en el futuro. Entonces se perdió. Para averiguar lo que sucedía a continuación, tendría que poner en marcha el juego.

Tras observar el panel de control, encontró un botón grabado con la figura de un hombre encapuchado que sujetaba una larga vara. El símbolo del árbitro, decidió Maia, y pulsó el botón. Una nota grave latió lentamente, la tradicional cuenta atrás. Al octavo latido el juego comenzó, y la fila activa onduló bruscamente. Cada vez que una casilla tenía el número adecuado de vecinas, fluctuaba. Entonces todas esas casillas se volvían o permanecían negras. Las que no pasaban la prueba se volvían o permanecían blancas. La pauta de cuadros alrededor del borde permaneció inalterable.

Ahora había algunas casillas negras en la segunda fila activa, además de en la primera. Unos cuantos puntos de la zona anteriormente blanca habían adquirido las condiciones para cobrar vida.

Con la siguiente cuenta murieron más casillas, y a la cuarta ronda sólo alguna posición cobró vida en la tercera fila. Maia vio con ligera decepción que había elegido una secuencia perdedora por su condición inicial. Ah, bien. Esperó hasta que el último amasijo de puntos negros expiró, y de inmediato lo intentó otra vez con una nueva pauta a lo largo de la primera fila.

Volvió a suceder casi lo mismo, excepto en el extremo izquierdo, donde una entidad tomó forma: un pequeño grupo de células que se encendían y apagaban en una pauta repetida una y otra vez. Oh, sí, recordó Maia. Eso es un «microbio».

Mientras sus partes individuales fluctuaban con distintos ritmos, cada unidad eligiendo un tempo distinto para aletear de oscuro a claro o negro otra vez, la configuración aislada en conjunto continuó renovándose. Después de veinte latidos, el resto del tablero quedó vacío, pero aquella pequeña zona permaneció estable, repetitivamente persistente. Maia sintió un arrebato de placer al haber reinventado una de las más simples formas de Vida en su segundo intento. Borró el tablero y empezó otra vez, creando microbios por todo el borde inferior. Si dejaba las piezas solas, éstas girarían y parpadearían en el mismo sitio hasta que se agotaran las pilas.

Hasta ahí llegó su suerte de principiante. Maia pasó gran parte de la siguiente hora experimentando sin hallar ninguna otra forma autoconsistente. Fue frustrante, ya que recordaba que algunas de las clásicas eran absurdamente simples.

Un chasquido metálico tras ella anunció la llegada de las guardianas con el almuerzo. Maia se levantó, extendiendo los brazos y combatiendo un tirón en la espalda. Sólo cuando se acercó a sentarse a la mesa, y notó que las fornidas mujeres la miraban, se dio cuenta de que estaba canturreando, y de que debía llevar haciéndolo algún tiempo.

¡Huh!, pensó Maia. Pero claro, no era sorprendente alegrarse de que algo la hubiera sacado de sus preocupaciones durante un rato. Veremos si esta diversión dura tanto como los libros. A lo que añadió: No contéis con que me distraiga tanto como para no advertir, mis gordas vigilantes Guel, si alguna vez bajáis la guardia, o dejáis de venir por parejas. Algún día os despistaréis. Estoy vigilando.

Tras la sosa comida, evitó a propósito el tablero y se dirigió a su «gimnasio», formado por alfombras y cajas. Corriendo sobre el terreno, haciendo flexiones, estirándose, Maia se entretuvo hasta que un cálido y agradable dolor se extendió desde sus hombros a sus tobillos. Entonces se quitó la ropa y usó el agua de la jarra para lavarse. Por fortuna, había un pequeño sumidero en el suelo para llevarse el agua sucia.

Mientras se secaba, examinó su cuerpo. Después de meses de duro trabajo, era natural que encontrara músculos allí donde antes no se le notaban. Tampoco le importaron las pequeñas cicatrices que cubrían sus manos y antebrazos, todas producto del trabajo honesto. Lo que le sorprendió fue un pronunciado desarrollo de sus pechos. Desde su última inspección, habían pasado de pequeños a apreciables… o a lo bastante grandes para que le dolieran un poco tras todo el ajetreo de la última hora. Naturalmente, era voz común que las madres Lamai transmitían un gen dominante para esto. Rara vez dejaban a sus hijas—var sin dotar. Con todo, predecible o no, era un acontecimiento. Y Maia nunca había esperado celebrarlo en la cárcel.

De hecho, siempre había imaginado compartirlo algún día con Leie.

Sacudiendo la cabeza, se negó a dejarse arrastrar por la pena. Para distraerse, se acercó a la alfombra y se sentó ante el simulador electrónico de Vida.

Si al menos hubiera un manual, o algún programa instructor que seguir con este maldito juego. Maia había visto a los hombres de los muelles con gruesos libros de referencia, que consultaban entre partidas. También debía de haber tratados sobre el tema, escritos por antropólogas, archivados en la Universidad de Caria y en las bibliotecas de las grandes ciudades. Ninguno de ellos le servía de nada allí.

Aquellas dos lucecitas volvieron a atraer su atención. PROG MEM decía una de ellas. ¿Una especie de memoria? Para programas preestablecidos y almacenados, supongo.

El otro botón decía: PREV.GAM.STOR. ¿Almacenamiento de partidas previas?

Había supuesto que el tablero era nuevo, traído para unos hombres que ya nunca llegarían. Pero la luz parpadeaba, así que tal vez había una partida anterior en la memoria.

Bueno, supongo que podría repetirla y aprender de ella un par de cosas, pensó, y luego advirtió una diminuta ventana con una fila de letras. REGLA VARIANTE: RVRSBL CA 897W, decían misteriosamente. Maia hizo una conjetura. Algunos hombres cambiaban las reglas, como si la Vida no fuera ya bastante complicada. Podían hacer falta cinco vecinas vivas para que una casilla negra permaneciera con vida. O el programa hacía que las casillas de la izquierda fueran más influyentes que las de la derecha. Las posibilidades eran interminables, lo que convertía todo el tema en algo todavía más absurdo para la mayoría de las mujeres.

Oh, es una idiotez. Nunca aprenderé nada de esto. Maia se detuvo, pulsó por impulso el botón para ver qué contenía la memoria. Inmediatamente, el tablero se puso en acción. Primero el límite de sus bordes se contrajo hacia dentro desde todos los lados, hasta que quedó reducido a un número mucho más pequeño de casillas. Contó cincuenta y nueve por cada lado. Rodeando la zona de juego había una frontera mucho más compleja que la simple pauta de espejo de antes. El tablero parpadeó otra vez, y de inmediato la zona que quedaba dentro del nuevo límite se convirtió en un caos. Una extensión irregular de puntos negros cubrió las nueve primeras filas; eran como chocolatinas esparcidas sobre una tarta de cumpleaños.

¡Lysos! Aquello estaba muy por encima de las posibilidades de Maia. El botón BORRAR parpadeaba… pero la curiosidad retuvo su mano. Después de todo, aquello le habría supuesto un montón de esfuerzo al propietario anterior del juego. Si no por otra cosa, las pautas serían bonitas de contemplar.

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Сюжет
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Главный герой
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Общее впечатление
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