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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Con un suspiro, tocó el símbolo del árbitro. El reloj empezó su cuenta atrás, ocho, siete, seis, cinco, cuatro…

Los puntos empezaron a danzar. Cada vez que un espacio en blanco tenía el número adecuado de vecinas, en la siguiente ronda una casilla negra, o viva, ocupaba su lugar. Otras que habían sido negras, pero que no cumplían los requisitos programados, se volvían blancas en la tanda siguiente. Con cada golpe de reloj, las pautas cambiaban en oleadas, algunas fragmentándose o esparciéndose tras tocar el límite, mientras que otras permanecían negras, aumentando el remolino de dentro. Formas efímeras aparecían y se desvanecían como burbujas al pasar por el plano del tablero. Maia sólo pudo exhalar un suspiro cuando las oleadas chocaron contra entidades estables, transformándolas. Vio deslizadoras y advirtió su sencilla forma triangular aplastada. En una esquina apareció una «pistola deslizadora», que escupía pequeñas flechas aleteantes a intervalos regulares por todo el tablero. Hubo colisiones espectaculares.

Contemplar aquello era asombroso. Maia se preguntó si no resultaría ser uno de esos programas autocontenidos que mantenían el tablero en estado de flujo perpetuo mientras la máquina estuviera conectada, la disposición de cada momento diferente a la anterior.

Entonces, el ritmo empezó a decaer. Entidades que zigzagueaban rápidamente empezaron a fundirse en unidades complejas pero estacionarias, dispuestas en cinco columnas a lo largo del tablero. Cada una de ellas experimentó una nueva evolución; el ritmo de cambio se redujo aún más hasta que convergieron en lo que Maia supuso que sería una forma final, establecida de antemano.

Pudo verlo suceder. Cada etapa derivaba de la precedente. Con todo, se llevó una sorpresa cuando las pautas se convirtieron en letras individuales.

Palabras.

¡SOCORRO! EN PRISIÓN
39° F8 16' N, 67° F8 54' E

Las letras fluctuaron, como vistas a través de agua turbia, sus componentes aún encendiéndose y apagándose intermitentemente según reglas establecidas, inconscientes de ser algo más que dos filas de columnas separadas. Sólo colectivamente tenían un significado, y éste empezó a disolverse mientras las firmes leyes matemáticas rompían la cohesión en espirales de nuevo caos. Una nueva fuerza entró en acción. Los parches blancos se extendieron, devorando las breves pautas.

Se acabó en cuestión de segundos. Maia contempló el tablero ahora vacío, monótono, intentando convencerse de lo que había visto: un significado, sorprendente e imprevisto.

Muchas especies usan pistas medioambientales para fomentar la reproducción en ciertas épocas, y dejar que el resto del año sea pacífico y tranquilo. Los humanos han perdido esta antigua ligazón con el calendario, lo que ha provocado nuestra incesante obsesión por el sexo y nuestro sometimiento a él.

Ha llegado el momento de restaurar la sabiduría a nuestro ritmo de vida, de restablecer la serenidad y la previsión al ciclo de nuestros años. Stratos parece ideal para este propósito, con sus claras estaciones que cubren todo el planeta. El promedio de nacimientos que prevemos (de clones e hijos al viejo estilo, obtenidos sexualmente) no tiene por qué estar sometido a una programación. Surgirá de modo natural de los períodos irregulares de impregnación potencial intercalados en los largos lapsos de calma relativa.

Hay muchos efectos medioambientales que podemos utilizar como pistas para impulsar el deseo en los momentos adecuados. Tomemos las increíbles auroras del apogeo del verano en todo el planeta, cuando éste se acerca más a la diminuta y feroz Estrella Wengel. Si los chimpancés macho se excitan visualmente por un simple destello de rosa femenino visto a lo lejos por entre el bosque, ¿nos resultará difícil programar una respuesta al color similar en nuestros machos, disparada por esas sorprendentes exhibiciones en el cielo? Del mismo modo, la escarcha especial del invierno señalará cambios en las descendientes de nuestras mujeres, preparándolas para la donación amazonogénica.

Habrá efectos secundarios que no podemos predecir, pero la posibilidad de error no debería detenernos. Sólo estamos sustituyendo un conjunto de estímulos e impulsos bastante arbitrarios por otro. De hecho, las nuevas reglas serán más flexibles y variadas que las monótonas lujurias de antaño.

Una cosa permanecerá constante. No importa qué cambios efectuemos, el drama del nacimiento y la vida seguirá siendo una cuestión de elección, de mente. No somos animales, después de todo. El medio puede sugerir, puede provocar. Pero, en última instancia, nuestras descendientes serán seres pensantes.

Es a sus pensamientos, sentimientos y fuerza de voluntad que deberán su modo de vida.

11

Alrededor de la medianoche, las pautas llenas de estrellas del cielo de invierno se alzaron sobre las altas montañas que coronaban el horizonte oriental, proyectando deslumbrantes reflejos sobre los glaciares atrapados en los valles alpinos. El torrente celestial del verano había pasado, reducido a un deslizamiento planetario mientras Stratos elevaba su órbita elíptica hacia la estación más larga. Pasarían más de dos años terrestres antes de la gran zambullida hacia la primavera. Hasta entonces, el Pelícano de Eufrosyne, Epona y el Delfín Danzante serían los ocupantes regulares del alto trono de la noche.

Maia solía preguntarse a menudo cómo sería la vida en Florentina, o incluso en la Vieja Tierra. Muy extraña, imaginaba, y no sólo debido a las primitivas pautas de reproducción que aún se seguían allí. Había leído que en la mayoría de los mundos habitables, las estaciones eran debidas a la inclinación axial, y no a la posición orbital. Y el invierno era una época de mal tiempo.

Aquí, bajo la densa atmósfera de Stratos, las necesarias pero breves interrupciones del verano pasaban rápidamente y se olvidaban pronto, mientras que el invierno propiciaba un largo período de plácida seguridad. Las nubes llegaban en frentes periódicos, descargando su húmeda carga sobre los continentes, y luego recargándose en los mares. Durante intervalos previstos entre tormentas, el sol nutría amablemente las cosechas ansiosas de luz, superando a su compañera, la Estrella Wengel, con tanta fuerza que la enana blanca no era más que un leve destello en el cielo diurno, demasiado tenue para provocar siquiera a un marinero de permiso. De noche, ninguna aurora destellaba, sólo constelaciones salpicadas, parpadeando como locas entre la inquieta corriente estelar.

Pronto será el Día del Final del Otoño, pensó Maia, contemplando cómo la constelación Thalia ascendía lentamente hacia su cenit. Decorarán Puerto Sanger. Todas las casas de placer cerrarán hasta mediado el invierno, y los hombres de los santuarios atravesarán las puertas abiertas de par en par, haciendo aviones de papel con sus antiguos pases de visitante. Recibirán dulces y sidra, y los niños montarán en sus hombros, y les tirarán de las barbas, haciéndoles reír.

Aunque la época del celo había pasado ya antes de que Leie y ella emprendieran su aciago viaje, el Día del Final del Otoño marcaría el verdadero inicio del extenso tiempo de paz del invierno, y duraría casi la mitad de las largas e irregulares estaciones, durante las cuales los machos eran casi tan inofensivos como los lúgars y el mayor problema era hacer que levantaran la cabeza de sus libros, sus tallas o sus juegos de tablero. La mitad de la Guardia de la ciudad se desbandaría hasta la primavera. ¿Qué necesidad había de patrullas, con las calles tan seguras como las casas?

Maia ya sabía que probablemente nunca volvería a celebrar el Día del Final del Otoño en Puerto Sanger. Pero nunca había imaginado que pasaría en prisión un día de fiesta. ¿Estaría aquí también para el Día del Lejano Sol? De algún modo, dudaba que sus carceleras lo celebraran y ofreciesen ponche caliente y amuletos de la suerte a las transeúntes (¿qué transeúntes?). Tampoco era probable que ninguna de las guardianas Guel se disfrazara como la Dama de Escarcha, cargara con la escalera mágica, agitase su vara de los deseos y regalara dulces y matracas a las niñas buenas.

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