Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
– Estoy tratando de pensar dónde podríamos ir, pero no se me ocurre ningún sitio. Si esa mujer nos ha encontrado aquí, supongo que nos encontrará adondequiera que vayamos. Lo mejor es que vuelvas a la okiya, Sayuri, hasta que se nos ocurra un plan.
Una noche, en una fiesta, durante la II Guerra Mundial, unos años después de los sucesos que estoy relatando ahora, un oficial, para impresionarme, se sacó la pistola de la cartuchera y la dejó sobre la estera de paja dispuesta al pie del arce bajo cuyas ramas nos encontrábamos. Recuerdo que me sorprendió su belleza. El metal tenía un tamizado brillo gris, sus curvas eran perfectas y suaves y las cachas eran de una madera preciosa. Pero cuando, tras escuchar las historias del oficial, pensé en la verdadera utilidad del arma, dejó de parecerme bonita y se convirtió en cambio en algo monstruoso.
Esto es lo que me sucedió con Hatsumono cuando hizo que mi debut llegara a un punto muerto. No es que antes no la considerara monstruosa. Pero siempre había envidiado su belleza, y entonces dejé de hacerlo. Cuando debería estar todas las noches asistiendo a banquetes, además de a diez o quince fiestas, me veía obligada a quedarme en la okiya practicando la danza y el shamisen, como si nada hubiera cambiado en mi vida desde el año anterior. Siempre que pasaba a mi lado en el pasaje, vestida con el atuendo al completo y con su maquillaje blanco resplandeciente sobre el oscuro kimono, como una noche de luna, cualquiera, incluso los ciegos, la habrían encontrado hermosa. Y, sin embargo, yo sólo sentía odio y me latían las sienes.
Durante los días siguientes, Mameha me mandó llamar varias veces a su apartamento. Cada vez pensaba que por fin habría encontrado una forma de librarnos de Hatsumono, pero sólo quería que le hiciera los recados que no quería confiar a su doncella. Una tarde le pregunté qué iba a ser de mí.
– Siento decirte, Sayuri-san, que por el momento estás en el exilio -me contestó-. Y espero que estés más decidida que nunca a destruir a esa mujer malévola. Pero hasta que no tenga un plan, no te haría ningún bien seguirme por todo Gion.
Me quedé muy decepcionada al oír esto, pero Mameha tenía bastante razón. La burla de Hatsumono me haría tanto daño a los ojos de los hombres, e incluso de las mujeres, de Gion que mejor hacía quedándome en casa.
Por suerte, Mameha era una mujer de recursos y de vez en cuando se las apañaba para ir a eventos a los que yo podía acompañarla sin peligro. Puede que Hatsumono me hubiera cerrado las puertas de Gion, pero no podía cerrarme todo el mundo allende sus confines. Cuando Mameha salía de Gion, solía invitarme a ir con ella. Fui en tren a Kobe, donde Mameha estaba invitada a cortar la cinta de inauguración de una nueva fábrica. En otra ocasión fui con ella a acompañar al antiguo presidente de la Compañía Japonesa de Correos y Telégrafos a visitar Kioto en limusina. Este tour me impresionó mucho, pues era la primera vez que veía la ciudad de Kioto allende los límites de nuestro pequeño Gion, por no mencionar mi primer paseo en coche. No había entendido realmente la desesperación con la que vivía la gente en aquellos años, hasta que no pasamos aquel día a orillas del río al sur de la ciudad y vimos a unas mujeres andrajosas dar de mamar a sus criaturas bajo los árboles que flanqueaban la línea del ferrocarril, y a los hombres, calzados con sandalias de paja, en cuclillas entre la maleza. No voy a decir que los pobres nunca venían a Gion, pero raramente veíamos a alguien como estos campesinos medio muertos de hambre, demasiado pobres incluso para bañarse. Nunca habría imaginado que yo -una esclava aterrada por la maldad de Hatsumono- había pasado los años de la Depresión con una vida relativamente afortunada. Pero aquel día me di cuenta de que era verdad.
Una mañana, al volver de clase, encontré una nota que me decía que agarrara el maquillaje y me apresurara al apartamento de Mameha.
Cuando llegué, el Señor Itchoda, que tenía la misma función que el Señor Bekku en nuestra okiya, estaba en el cuarto de atrás atando el obi de Mameha ante un espejo de cuerpo entero.
– Date prisa y maquíllate -me dijo Mameha-. Te he dejado un kimono en la otra habitación.
El apartamento de Mameha era inmenso para los estándares de Gion. Además de la habitación principal, que medía seis tatamis, tenía otras dos más pequeñas -un vestidor, que era además cuarto de las criadas- y el dormitorio de Mameha. Allí, en el dormitorio, sobre un futón recién hecho, la doncella había dispuesto para mí un kimono completo. Me extrañó el futón. Las sábanas no eran las mismas en las que había dormido Mameha la noche anterior, pues parecían lisas y limpias como la nieve. Mientras me ponía el albornoz de algodón que había traído conmigo para maquillarme, Mameha me contó por qué me había mandado llamar.
– El barón está en la ciudad -me dijo-. Va a venir a comer aquí y quiero que lo conozcas.
No he tenido hasta ahora la oportunidad de mencionar al barón, pero Mameha se refería al Barón Matsunaga Tsuneyoshi, su danna. Ahora en Japón han desaparecido los condes y los barones, pero antes de la II Guerra Mundial sí que los teníamos, y el Barón Matsunaga se encontraba entre los más ricos. Su familia controlaba uno de los bancos más importantes de Japón y tenía mucha influencia en el mundo de las finanzas. El título lo había heredado originariamente su hermano mayor, pero había muerto asesinado mientras ocupaba la cartera de Hacienda en el gabinete del Presidente Inukai. El danna de Mameha, que por entonces ya estaba bien entrado en la treintena, no sólo había heredado el título de barón, sino también las posesiones de su hermano, entre las que se incluía una gran hacienda en Kioto, no muy lejos de Gion. Sus negocios lo retenían en Tokio gran parte del tiempo. Pero éstos no eran lo único que lo retenía allí; pues, según pude saber muchos años después, tenía otra amante en el distrito Akasaka de Tokio, que es el equivalente de Gion en aquella ciudad. Pocos hombres son lo bastante ricos para poder tener una amante geisha, pero el Barón Matsunaga Tsuneyoshi tenía dos.
Ahora me explicaba por qué tenía sábanas limpias el futón de Mameha.
Me cambié rápidamente con las ropas que Mameha había dispuesto para mí -una enagua verde clara y un kimono naranja y amarillo con un estampado de pinos por abajo-. Para entonces, una de las doncellas de Mameha regresaba ya de un restaurante cercano con una gran caja de laca que contenía la comida del barón. Dentro de la caja, los alimentos estaban dispuestos en fuentes y cuencos listos para ser servidos exactamente igual que en el restaurante. La más grande era una fuente de laca llana con dos ayu en salazón asados a la parrilla; estaban colocados como si fueran nadando juntos río abajo. A un lado tenían dos pequeños cangrejos al vapor, de los que se comen enteros. Un reguero de sal veteada formaba una figura curva sobre la laca negra y sugería la arena que habían cruzado.
Unos minutos después llegó el barón. Yo fisgué por una rendijita de la puerta y lo vi de pie en el rellano mientras Mameha le desabrochaba los zapatos. Lo primero que se me vino a la cabeza fue la imagen de una almendra o de cualquier otro fruto seco, pues era bajito y abombado, con una especie de pesantez, sobre todo alrededor de los ojos. En aquella época estaban de moda las barbas, y el barón tenía en la cara unos cuantos pelos largos y endebles que supongo que debían de parecerse a una barba, pero a mí me parecieron más bien una especie de guarnición o como esas tiritas de alga muy finas con que espolvorean a veces los cuencos de arroz.
– ¡Oh, Mameha! Estoy agotado -le oí decir-. ¡Cómo detesto estos largos viajes en tren!
Finalmente se descalzó y cruzó la habitación dando unos pasitos no por cortos menos enérgicos. Ese mismo día, temprano por la mañana, el vestidor de Mameha había sacado un sillón tapizado y una alfombra persa de un trastero situado al otro lado del vestíbulo y los había colocado al lado de la ventana de la habitación. El barón se sentó en el sillón; pero ya no puedo saber lo que sucedió después, pues la doncella de Mameha se acercó a mí y tras excusarse con una reverencia empujó suavemente la puerta, dejándola totalmente cerrada.