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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– ¿De verdad, Mameha? ¿Cómo puedes decir eso?

– Si Hatsumono nos obliga a irnos de algunas casas de té, asistiremos a más fiestas; eso será todo. De esa forma te darás a conocer en Gion mucho más deprisa.

La confianza de Mameha me tranquilizó. En realidad, cuando más tarde iniciamos nuestro recorrido por Gion, yo sólo esperaba encontrar mi piel esplendorosa de satisfacción al terminar la noche, cuando me quitara el maquillaje. Nuestra primera parada fue en la fiesta de un joven actor de cine, que no parecía tener más de dieciocho años, pero estaba totalmente calvo y tampoco tenía cejas ni pestañas. Años después llegaría a ser famoso, pero sólo por las circunstancias de su muerte. Se suicidó con un puñal después de asesinar a una joven camarera de Tokio. En cualquier caso, pensé que era un tipo muy raro y, de pronto, me di cuenta de que no paraba de volver la vista hacia mí. Había pasado tanto tiempo de mi vida en el aislamiento de la okiya, que he de admitir que me encantó ser objeto de su atención. Nos quedamos más de una hora, y Hatsumono no apareció. Al salir, me parecía que mis fantasías de éxito podrían llegar a hacerse realidad.

Seguidamente nos detuvimos en una fiesta del decano de la Universidad de Kioto. Mameha enseguida se puso a hablar con un hombre que hacía tiempo que no veía, y me dejó sola. El único espacio que pude encontrar en la mesa era al lado de un hombre maduro, que llevaba una camisa blanca llena de manchas y debía de estar muerto de sed, pues tenía continuamente el vaso de cerveza en los labios, salvo cuando lo alejaba para eructar. Yo me arrodillé a su lado y estaba a punto de presentarme cuando oí que se abría la puerta. Esperaba ver a una camarera con una nueva ronda de sake, pero allí en el umbral estaban Hatsumono y Calabaza.

– ¡Oh cielos! -oí que decía Mameha-. ¿Va bien su reloj?

– Va exacto -contestó el hombre-. Lo puse en hora esta misma tarde por el reloj de la estación.

– Lo siento horrores, pero Sayuri y yo no tenemos más remedio que marcharnos. ¡Hace media hora que nos esperan en otro sitio!

Y con esto, nos pusimos en pie y salimos justo después de que entraran Hatsumono y Calabaza.

Cuando salíamos de la casa de té, Mameha me empujó dentro de una habitación vacía. En la nebulosa oscuridad no distinguía sus rasgos, sólo el hermoso óvalo de su cara con el elaborado peinado coronándole la cabeza. Si yo no la veía, ella tampoco me vería a mí; así que dejé caer la mandíbula llena de frustración y abatimiento porque parecía que nunca iba a poder escapar de Hatsumono.

– ¿Le habías dicho algo a esa mujer monstruosa? -me preguntó Mameha.

– No, nada en absoluto, señora.

– Pues entonces, ¿cómo ha podido encontrarnos?

– Ni yo misma sabía dónde íbamos a estar -le contesté-. Imposible decírselo.

– Mi doncella conoce todos mis compromisos, pero no puedo imaginarme… Bueno, vamos a ir ahora a una fiesta de la que no está enterada casi nadie. Naga Teruomi acaba de ser nombrado director de la Filarmónica de Tokio. Esta tarde ha venido a Kioto a darle a todo el mundo la posibilidad de idolatrarlo. No tengo muchas ganas de ir, pero… al menos no nos encontraremos con Hatsumono.

Atravesamos la Avenida Shijo y torcimos en una callecita estrecha que olía a sake y a batata asada. Una chaparrón de risas cayó sobre nosotras desde las ventanas brillantemente iluminadas del segundo piso. Una vez dentro, una camarera nos condujo arriba, donde encontramos al director de orquesta sentado. Iba peinado con el cabello aceitado hacia atrás y parecía irritado; estrujaba entre los dedos una copa de sake. El resto de los hombres de la habitación estaban jugando a algún tipo de juego relacionado con la bebida en compañía de dos geishas, pero el director de orquesta se negaba a unirse a ellos. Habló con Mameha durante un ratito, y enseguida le pidió que organizara un baile para las geishas. No creo que tuviera mucho interés en ver bailar a nadie, realmente; era sólo una manera de poner fin al jueguecito y de que sus invitados volvieran a prestarle atención. Justo cuando una camarera aparecía con el shamisen y se lo entregaba a una de las geishas -antes incluso de que Mameha adoptara su pose inicial- la puerta se abrió y… Estoy segura de que ya has adivinado lo que viene a continuación. Eran como dos perros siguiendo nuestras huellas. Eran otra vez Hatsumono y Calabaza.

Deberías haber visto las sonrisas que se dedicaron Mameha y Hatsumono. Casi se podría llegar a pensar que compartían una broma privada, cuando, en realidad, estoy segura de que Hatsumono se reía de puro deleite de habernos encontrado; y Mameha… bueno, creo que la sonrisa de Mameha era una forma de esconder su cólera. Durante el baile, tenía la mandíbula desencajada y le temblaban las aletas de la nariz. Al terminar, ni siquiera volvió a la mesa, sino que se limitó a decirle al anfitrión:

– Muchas gracias por permitirnos asistir a su fiesta. Pero ya es tan tarde… Sayuri y yo sentimos mucho tener que marcharnos.

No tengo palabras para describir lo contenta que parecía Hatsumono cuando cerramos la puerta detrás de nosotras.

Seguí a Mameha por las escaleras. Al llegar al último escalón se paró y esperó. Por fin apareció una camarera en el vestíbulo para acompañarnos a la puerta, la misma que nos había acompañado arriba al llegar.

– ¡Qué difícil debe de ser la vida de una criada como tú! -le dijo Mameha-. Probablemente quieres muchas cosas, pero tienes muy poco dinero. Pero dime, ¿qué vas a hacer con el dinerillo extra que acabas de ganar?

– Yo no he ganado ningún dinero extra, señora -respondió ella. Pero viéndola tragar saliva nerviosamente, me di cuenta de que mentía.

– ¿Cuánto dinero te ha prometido Hatsumono?

La camarera miró súbitamente al suelo. Hasta ese momento no había entendido qué se proponía Mameha. Como supimos algún tiempo después, Hatsumono había sobornado al menos a una de las camareras de todas las casas de té de primera categoría de Gion. Tenían que telefonear a Yoko -la mujer que contestaba el teléfono en nuestra okiya- cada vez que Mameha y yo llegábamos a una fiesta. Por supuesto, entonces no sabíamos que Yoko también estaba metida en esto; pero Mameha tenía razón al suponer que aquella camarera había logrado de un modo u otro hacer llegar a Hatsumono la información de que estábamos allí.

La camarera no se atrevió a mirar a Mameha, ni siquiera cuando ésta le subió la barbilla con el dedo; la chica siguió con los ojos clavados en el suelo, como si pesaran tanto como dos bolas de plomo. Cuando abandonábamos la casa de té, por una ventana abierta del segundo piso salía la voz de Hatsumono y resonaba en la estrecha callejuela.

– Sí, ¿cómo se llamaba? -decía Hatsumono.

– Sayuko -contestó uno de los hombres.

– No, no, no era Sayuko; era Sayuri -dijo otro.

– Creo que es la misma -dijo Hatsumono-. Pero, de verdad, es demasiado embarazoso para ella… No debo contarlo. ¡Parece tan buena chica!

– No me he fijado mucho -dijo uno de los hombres-. Pero me pareció muy bonita.

– ¡Y qué ojos tan peculiares! -añadió una de las geishas.

– ¿Saben lo que oí decir el otro día a un hombre con respecto a esos ojos suyos? -observó Hatsumono-. Me dijo que tenían el color de gusanos machacados.

– Gusanos machacados… Nunca había oído a nadie describir así un color.

– Bueno… Le contaré lo que les iba a contar de ella -continuó Hatsumono-, pero han de prometerme no repetirlo por ahí. Pues tiene una enfermedad, y su pecho parece el de una vieja: todo caído y arrugado; es de verdad espantoso. La vi una vez en los baños…

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