Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Poco después de las tres habíamos terminado. Lo que más me habría gustado era volver a la okiya y echarme una larga siesta. Pero Mameha tenía planes para mí aquella noche. Iba a asistir a mi primer compromiso como aprendiza de geisha.
– Ve y date un baño -me dijo-. Has sudado un montón y no te ha aguantado el maquillaje.
Era un cálido día de otoño, y yo había trabajado mucho.
De vuelta en la okiya, la Tía me ayudó a desvestirme y luego se apiadó de mí y me permitió echarme media hora. Volvía a gozar de su favor, ahora que todas mis ideas descabelladas parecían formar parte de mi pasado y mi futuro parecía más brillante aún que el de Calabaza. Me despertó después de la siesta, y me apresuré a tomar el baño. Hacia las cinco había terminado de vestirme y de maquillarme. Estaba muy excitada, como te puedes imaginar, porque por fin me había llegado el turno tras años de ver con envidia a Hatsumono y últimamente a Calabaza salir por la tarde o al caer la noche hermosamente arregladas. La gala de aquel día, la primera a la que yo asistiría, era un banquete en el Hotel Kansai Internacional. Los banquetes son unos actos estrictamente formales, en los que todos los comensales se colocan hombro con hombro, formando una especie de U en torno al tatami de una gran sala, con unas mesitas delante de ellos llenas de fuentes de comida. Las geishas, que están allí para divertir a los comensales, se mueven por el centro de la habitación -dentro de la U, quiero decir- y pasan sólo unos minutos arrodilladas delante de cada comensal sirviéndole el té y charlando con él. No es una cosa muy divertida que se diga; y como primeriza, mi función era todavía menos divertida que la de Mameha. Yo iba a su lado como una sombra. Siempre que ella se presentaba, yo hacía lo mismo; con una profunda reverencia decía:
– Me llamo Sayuri. Soy una primeriza y le suplico indulgencia conmigo -después me callaba y nadie me dirigía la palabra.
Hacia el final del banquete, las puertas a un lado de la habitación se corrieron, y Mameha y otra geisha realizaron juntas una danza que se conoce con el nombre de Chiyo Tomo -«Amigas para siempre»-. Es un bonito baile en el que se representa la historia de dos amigas que se aprecian mucho y se vuelven a ver tras una larga ausencia. La mayoría de los hombres la siguieron curándose los dientes; eran ejecutivos de una gran empresa de recauchutados, o algo por el estilo, que se habían reunido en Kioto para su banquete anual. A decir verdad, no creo que ninguno de ellos distinguiera entre la danza y el sonambulismo. Pero yo, entré en trance. Las geishas de Gion siempre se ayudan del abanico para bailar, y Mameha en particular dominaba sus movimientos. Primero cerró el abanico y, mientras giraba, lo agitó suavemente con la muñeca para sugerir una corriente de agua. Luego lo abrió, y se convirtió en una copa en la que su compañera simuló servirle sake para que se lo bebiera. Como decía, el baile era precioso, lo mismo que la música del shamisen que tocaba una geisha terriblemente delgada y con ojos acuosos.
Un banquete formal no suele durar más de dos horas; así que hacia las ocho volvíamos a estar en la calle. Me estaba volviendo para darle las gracias a Mameha y desearle buenas noches, cuando me dijo:
– Había pensado enviarte a la cama ahora, pero pareces rebosante de energía. Me dirijo a la Casa de Té Komoriya. Vente conmigo y prueba por primera vez cómo es una fiesta informal. Además, cuanto antes empiecen a verte, mejor.
No me atreví a decirle que estaba demasiado cansada para ir con ella; así que me tragué mis sentimientos y la seguí calle arriba.
La fiesta, según me fue explicando por el camino, la daba el gerente del Teatro Nacional de Tokio. Este hombre conocía a todas las geishas más importantes de casi todos los distritos de geishas del país. Y aunque probablemente se mostraría cordial cuando Mameha me presentara, lo más seguro es que después ya no volviera a dirigirme la palabra. Mi única responsabilidad era asegurarme de que estaba bonita y atenta en todo momento:
– Sencillamente no dejes que pase nada que te haga tener mal aspecto -me aconsejó.
Entramos en la casa de té y una camarera nos condujo a una habitación del segundo piso. Cuando Mameha se arrodilló y abrió la puerta, yo apenas me atreví a mirar dentro, pero entreví a siete u ocho hombres sentados en cojines en torno a una mesa, acompañados por unas cuatro geishas. Hicimos una reverencia y cruzamos el umbral, luego nos arrodillamos en la estera y cerramos la puerta detrás de nosotras; así entran las geishas en las habitaciones. Primero saludamos a las otras geishas, como me había dicho Mameha que hiciera, luego al anfitrión, sentado en el centro de la mesa, y finalmente a los invitados.
– ¡Mameha-san! -exclamó una de las geishas-. Llegas a tiempo de contarnos la historia de Konda-san, el fabricante de pelucas.
– ¡Ay! ¡Pero si no la recuerdo! -contestó Mameha, y todos se rieron. No tengo ni idea de qué. Mameha me condujo alrededor de la mesa y se arrodilló junto al anfitrión. Yo la seguí y me coloqué a un lado.
– Señor director, le presento a mi nueva hermana pequeña -le dijo.
Esta era la señal para que yo hiciera una reverencia y dijera mi nombre, rogándole al director que fuera indulgente conmigo y todo eso. Era un hombre de aspecto nervioso, con los ojos saltones y frágil como un hueso de pollo. Ni siquiera se dignó mirarme, sino que sacudió la ceniza del cigarrillo en el cenicero, casi lleno hasta los topes, que tenía delante y dijo:
– ¿Qué pasa con esa historia del fabricante de pelucas? Las chicas llevan toda la tarde refiriéndose a ella, pero ninguna se decide a contarla.
– ¡De verdad, de verdad que no la recuerdo! -exclamó Mameha.
– Lo que significa -dijo otra de las geishas- que le da vergüenza contarla. Pero si ella no la cuenta, supongo que tendré que hacerlo yo.
A los hombres pareció gustarles la idea, pero Mameha suspiró.
– Mientras tanto le daré a Mameha una copa de sake para que se calme -dijo el director, y lavó su propia copa en un cuenco de agua dispuesto a tal efecto en el centro de la mesa antes de ofrecérsela.
– Pues bueno -empezó la otra geisha- el tipo este, Konda-san, es el mejor fabricante de pelucas de Gion, o al menos eso es lo que dice todo el mundo. Y durante años Mameha siempre acudió a él. Ella siempre lleva lo mejor, ya saben. Basta con mirarla.
Mameha fingió poner cara de enfado.
– Sin duda luce la mejor sonrisa burlona -dijo uno de los hombres.
– Durante las representaciones -continuó la geisha- siempre hay algún fabricante de pelucas entre bastidores para ayudarnos a cambiarnos. Al quitarnos un vestido y ponernos otro, puede suceder que la ropa se nos mueva y dejemos ver sin querer un pecho desnudo… ¡O un poco de vello! Ya saben, estas cosas pasan. Y en cualquier caso…
– ¡Y yo trabajando en un banco todos estos años! -dijo uno de los hombres-. ¡ Si lo mío es ser fabricante de pelucas!
– No se crea. Su trabajo no sólo consiste en mirar embobado a una mujer desnuda. Además, Mameha-san es muy recatada y se mete detrás de un biombo para cambiarse.
– Yo contaré la historia -le interrumpió Mameha-. Me vas a crear mala fama. No era una cuestión de recato. Konda-san siempre me estaba mirando como si no pudiera esperar al siguiente cambio de ropa.
Así que ordené que me trajeran el biombo. Es un milagro que no se haya quemado con la mirada ardiente de Konda-san intentando ver lo que había al otro lado.