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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– ¡Oh, no, eso no! -dijo Mameha-. No te pongas triste. ¡Deberías regocijarte!

– Sí, es muy egoísta por mi parte -observé yo.

– No me refería a eso. Hatsumono y Calabaza pagarán caro este premio. En cinco años nadie se acordará de Calabaza.

– Pues a mí me parece -dije yo- que todo el mundo la recordará como la chica que superó a Raiha.

– Nadie ha superado a Raiha. Puede que haya sido Calabaza la que más dinero ha ganado el mes pasado, pero Raiha sigue siendo la aprendiza más famosa de Gion. Ven, te lo explicaré.

Mameha me condujo a un salón de té del distrito de Pontocho, donde nos sentamos.

En Gion, me dijo Mameha, una geisha muy famosa puede garantizar que su hermana pequeña va a ganar más que cualquiera -eso sí, siempre que no le importe dañar su reputación-. La razón de esto tiene que ver con la forma en que se facturan los ohana u «honorarios de las flores». Antiguamente, hace cien años o más, cada vez que una geisha llegaba a una fiesta para divertir al anfitrión y sus invitados, la dueña de la casa de té encendía un palito de incienso de una hora de duración – que se llama ohana o «flor»-. Los honorarios de las geishas estaban basados en cuántos palitos de incienso se habían quemado para cuando se marchaban.

El precio del ohana siempre ha estado fijado por el Registro de Gion. Cuando yo era aprendiza era de tres yenes, lo que equivalía más o menos al precio de dos botellas de licor. Puede que parezca mucho, pero una geisha desconocida que gane un ohana por hora tiene una vida bastante dura. Lo más probable es que se pase la mayoría de las noches sentada junto al brasero esperando que la llamen para algún evento; aun cuando trabaje mucho, puede que no alcance a ganar más de diez yenes en una noche, lo que no le llegará ni siquiera para pagar sus deudas. Teniendo en cuenta todo el dinero que pasa por Gion, no es más que un pequeño insecto picoteando en una carroña, a diferencia de Hatsumono o Mameha, que son como grandiosas leonas regalándose con la presa, no sólo porque tienen todas las noches completamente llenas de citas y eventos, sino también porque cobran mucho más por hora. En el caso de Hatsumono, cobraba un ohana por cuarto de hora, en lugar de por hora. Y en el de Mameha… bueno, pues no había nadie en Gion como ella: cobraba una ohana por cinco minutos de asistencia.

Claro está que ninguna geisha puede guardarse todo lo que gana, ni siquiera Mameha. La casa de té en la que cobra sus honorarios se queda con una parte; luego, una porción más pequeña se la lleva la asociación de geishas; otra parte, su vestidor; y así sucesivamente, incluyendo lo que ha de pagar a una okiya por que le lleven la contabilidad y le gestionen las citas. Probablemente no le quedará limpio sino un poco más de la mitad de lo que gana, que sigue siendo una gran suma, comparada con los medios de subsistencia de una geisha desconocida, que cada día irá cayendo más y más abajo.

Así es cómo una geisha de la categoría de Hatsumono podía aparentar que su hermana pequeña tenía más éxito del que realmente tenía.

Para empezar, una geisha famosa es bien recibida prácticamente en todas las fiestas y recepciones de Gion, y se dejará caer en muchas de ellas sólo para cinco minutos. A sus clientes no les importará pagar sus honorarios aunque no haga más que decir hola y adiós. Saben que la siguiente vez que visiten Gion, ella pasará con ellos un rato ofreciéndoles el placer de su compañía. Una aprendiza, sin embargo, no puede hacer lo mismo. Tiene que construirse una red de relaciones. Hasta que no cumpla dieciocho años y se convierta en geisha de pleno derecho, no se le ocurrirá revolotear de fiesta en fiesta. En vez de esto, se quedará por lo menos una hora en cada una, y sólo entonces llamará a su okiya para saber por dónde anda su hermana mayor, de modo que pueda ser presentada a una nueva ronda de clientes. Mientras que la hermana mayor, sobre todo si es conocida, podría hacer acto de presencia en veinte fiestas o recepciones en una noche, la hermana pequeña no asistirá a más de cinco. Pero esto no era lo que estaba haciendo Hatsumono. Ella se llevaba a Calabaza allí donde iba.

Hasta los dieciséis años, una aprendiza cobra media ohana por hora. Aunque Calabaza sólo se quedara cinco minutos, el anfitrión de la fiesta pagaba lo mismo que si se hubiera quedado una hora. Por otro lado, nadie esperaba que Calabaza se quedara sólo cinco minutos. Lo más seguro es que a los hombres no les importara que Hatsumono llevara a su hermana pequeña una noche, o incluso dos, para una corta visita. Pero pasado cierto tiempo habrían empezado a preguntarse por qué estaba siempre tan ocupada para no poderse quedar nunca un poco más y, sobre todo, por qué no se quedaba su hermana pequeña, como era su deber. Puede que Calabaza haya ganado mucho, ¿entiendes? -tal vez tanto como tres o cuatro ohana por hora-, pero no cabe duda de que su reputación se resentirá por ello.

– El comportamiento de Hatsumono sólo nos muestra lo desesperada que está -concluyó Mameha-. Hará lo que sea para que Calabaza parezca una buena geisha. ¿Sabes por qué?

– No estoy segura, Mameha-san.

– Quiere que Calabaza parezca buena para que la Señora Nitta la adopte. Si es adoptada, su futuro estará asegurado, y también el de Hatsumono. Después de todo, Hatsumono es la hermana de Calabaza; la Señora Nitta no la echaría. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo? Si Calabaza es adoptada, tú nunca te verás libre de Hatsumono… a no ser que sea a ti a quien echen.

Me sentí como se deben sentir las olas del océano cuando las nubes tapan el sol.

– Yo esperaba verte enseguida convertida en una famosa aprendiza -continuó Mameha-, pero Hatsumono se ha cruzado en nuestro camino.

– ¡Y tanto!

– Bueno, al menos estás aprendiendo a divertir a los hombres como se debe. Tienes suerte de haber conocido al barón. Puede que todavía no haya encontrado la forma de quitarnos del medio a Hatsumono, pero a decir verdad… -y aquí se paró en seco.

– ¿Señora?

– ¡Oh! No es nada, Sayuri. Sería una locura contarte ahora lo que estoy pensando -me dolió oír esto. Mameha debió de darse cuenta, pues inmediatamente dijo-: Vives bajo el mismo techo que Hatsumono, ¿no? Todo lo que te diga podría llegar a ella.

– Siento mucho que tenga una opinión tan pobre de mí, Mameha-san, pero sus razones tendrá -le dije-. Ahora bien, ¿se imagina de verdad que voy a ir corriendo a la okiya a contarle todo a Hatsumono?

– No me preocupa lo que puedas hacer tú. Los ratones no son devorados porque vayan corriendo a donde está el gato y lo despierten. Sabes muy bien lo ingeniosa que es Hatsumono. No te queda más remedio que fiarte de mí, Sayuri.

– Sí, señora -contesté yo, pues qué otra cosa podía decir.

– Te diré una cosa -dijo Mameha, inclinándose hacia mí, con lo que a mí me pareció cierta excitación-. En las próximas semanas tú y yo asistiremos a una recepción en un lugar en el que Hatsumono no podrá encontrarnos nunca.

– ¿Y dónde?, si se puede saber.

– ¡Pues claro que no puedes saberlo! Ni siquiera te diré cuándo. Tú estate preparada. Cuando llegue el momento te enterarás de todo lo necesario.

Esa tarde, cuando volví a la okiya, me encerré arriba para consultar mi horóscopo. Varios días sobresalían en las siguientes semanas. Uno era el primer miércoles, que era un día favorable para viajar hacia el oeste; pensé que, tal vez, Mameha planeaba sacarme de la ciudad. Otro era el lunes siguiente, que casualmente era también taian -el día más favorable de la semana budista de seis días-. Finalmente, el domingo de esa semana tenía una curiosa leyenda: «Un equilibrio entre lo bueno y lo malo puede abrir la puerta del destino». Este era el que sonaba más misterioso.

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