Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
– Pero ¿por qué no le dejabas echar una miradita de vez en cuando? ¿Qué te costaba ser amable?
– No se me había ocurrido -contestó Mameha-. Tiene usted razón, señor director. ¿Qué daño te puede hacer una miradita? Tal vez a usted no le importaría ofrecernos ahora la posibilidad.
Todos los presentes rompieron a reír. Y cuando el ambiente empezaba a calmarse, el director hizo que se reanudaran las carcajadas poniéndose en pie y empezando a desatarse el fajín de su kimono.
– Lo haré si tú también nos dejas echar una miradita -dijo dirigiéndose a Mameha.
– Yo no he ofrecido nada así -contestó Mameha.
– No es una actitud muy generosa por tu parte.
– Las personas generosas no son las geishas -dijo Mameha-. Son los protectores de las geishas.
– Pues entonces, nada -dijo el director, y se volvió a sentar. Tengo que decir que experimenté un gran alivio de que hubiera desistido, porque aunque el resto parecía estarlo pasando en grande, yo estaba muerta de vergüenza.
– ¿Por dónde iba? -dijo Mameha-. ¡Ah, ya! Pues hice que me trajeran el biombo al día siguiente, pensando que aquello bastaría para sentirme a salvo de Konda-san. Pero una vez que volvía apresurada de los servicios, no lo encontré por ningún lado. Empecé a tener pánico, pues necesitaba una nueva peluca para mi siguiente entrada; pero entonces lo encontramos sentado en un baúl con la espalda contra la pared, sudando y con muy mala cara. Pensé que le había dado algo al corazón. Tenía mi peluca a su lado, y cuando me vio, se disculpó y me ayudó a ponérmela. Esa misma tarde me entregó una nota escrita por él mismo…
Aquí Mameha se apagó. Por fin uno de los hombres dijo:
– ¿Y bien? ¿Qué decía la nota?
Mameha se tapó lo ojos con la mano. Le daba vergüenza continuar, y todo el mundo rompió a reír.
– Vale. Pues les diré yo lo que había escrito Konda-san -dijo la geisha que había empezado a contar la historia-. Era algo así: «Mi querida Mameha. Eres la geisha más hermosa de todo Gion», y todas esas cosas. Y continuaba: «Las pelucas que te pones tú son para mí objetos preciados y las guardo en mi taller y meto la nariz en ellas varias veces al día para oler el aroma de tus cabellos. Pero hoy, cuando fuiste corriendo al servicio, me deparaste el mejor momento de mi vida. Mientras estabas dentro, me pegué a la puerta, y el rumoroso tintineo, más lindo que una cascada…».
Los hombres estallaron en ruidosas carcajadas, y la geisha tuvo que esperar un poco antes de continuar.
– «… y el rumoroso tintineo, más lindo que una cascada, me puso duro y tieso donde yo también tintineo…»
– No, no era eso lo que decía -interrumpió Mameha-. Decía: «El hermoso tintineo, más lindo que una cascada, me inflamó y abultó, con el conocimiento de que tu cuerpo estaba desnudo…».
– Y luego le decía -añadió la otra geisha-, que después de esto, no se tenía en pie con la excitación y que esperaba volver a disfrutar un día de un momento semejante.
Todo el mundo se reía, y yo fingí que también me reía. Pero la verdad es que me costaba trabajo creer que aquellos hombres, que habían pagado una suma considerable por estar allí, entre mujeres envueltas en hermosos kimonos, quisieran de verdad oír unas historias que perfectamente habrían podido contar los niños en el estanque del lejano Yoroido de mi infancia. Me había imaginado que me sentiría fuera de lugar en una conversación sobre literatura o Kabuki o algo por el estilo. Y claro está, que en Gion había también fiestas de este tipo; sencillamente había sucedido que la primera fiesta a la que asistía era del tipo más infantil.
Durante todo el tiempo que duró la historia de Mameha, el hombre que tenía sentado al lado había estado rascándose la cara sin prestar mucha atención a lo que se decía. Pero de pronto, se me quedó mirando y me preguntó:
– ¿Qué les pasa a tus ojos? ¿O es que he bebido demasiado?
Desde luego que había bebido demasiado, aunque pensé que decírselo no sería lo más apropiado. Pero antes de que pudiera contestar, le empezaron a temblar la cejas, como un tic, y un momento después se llevó la mano a la cabeza y empezó a rascarse de tal forma que se terminó posando sobre sus hombros una nubécula blanca. Resultó que en Gion todo el mundo lo conocía con el apodo de Señor Copito de Nieve, por su horrorosa caspa. Pareció haber olvidado la pregunta que me había hecho -o tal vez no había esperado en ningún momento que le contestara-, porque de pronto me preguntó cuántos años tenía. Le dije que catorce.
– Eres la chica de catorce años más mayor que he visto en mi vida. Mira, toma esto -dijo, y me alargó su copa de sake vacía.
– ¡Oh, no! Muchas gracias, señor -contesté-. Soy sólo una primeriza… -eso es lo que Mameha me había dicho que dijera, pero el Señor Copito de Nieve no me escuchó. Siguió ofreciéndome la copa hasta que yo la tomé, y entonces tomó una licorera de sake para servirme.
Yo no podía beber sake, porque una aprendiza de geisha -particularmente si todavía es primeriza- debe tener un aspecto infantil. Pero tampoco podía desobedecerle. Mantuve la copa en la mano; pero él volvió a rascarse la cabeza antes de servirme la bebida, y yo vi con horror cómo unas cuantas escamas de caspa caían en la copa. El Señor Copito de Nieve me llenó la copa y me dijo:
– Ahora bébetela. Venga. De un solo trago.
Yo le sonreí y había empezado a llevarme lentamente la copa a los labios -sin saber qué otra cosa hacer-, cuando Mameha vino a salvarme.
– Es tu primer día en Gion, Sayuri. No estará bien que te emborraches -dijo, dirigiéndose en realidad al Señor Copito de Nieve-. Sólo moja los labios.
Así que la obedecí y humedecí mis labios con el sake. Y cuando digo que humedecí mis labios lo que quiero decir es que los cerré, apretándolos tanto que casi tuerzo la boca, y luego incliné la copa hasta que sentí que el líquido me tocaba la piel. Tras lo cual, dejé la copa en la mesa rápidamente y dije: «¡Mmm! ¡Delicioso!», mientras me sacaba el pañuelo de debajo del obi. Me sentí aliviada cuando me limpié los labios, y menos mal que el Señor Copito de Nieve ni siquiera se dio cuenta, porque estaba ocupado examinando detenidamente la copa llena que yo había dejado delante de él sobre la mesa. Un momento después la tomó entre dos dedos y se la bebió de un trago, antes de excusarse para salir al servicio.
Son las aprendizas de geisha las que acompañan a los hombres al servicio, pero nadie espera que vaya una primeriza. Cuando no hay una aprendiza en la reunión, el hombre irá solo al servicio o, a veces, lo acompañará una geisha. Pero el Señor Copito de Nieve se quedó allí parado mirándome hasta que me di cuenta de que estaba esperando que me levantara.
Yo no conocía la Casa de Té Komoriya, pero el Señor Copito de Nieve la conocía estupendamente. Lo seguí por el vestíbulo y desaparecimos tras un recodo de la habitación. Él se hizo a un lado para que yo le abriera la puerta del servicio. Después de cerrarla tras él, cuando estaba fuera esperándolo en el vestíbulo, oí a alguien subiendo las escaleras, pero no me pareció nada extraño. El Señor Copito de Nieve no tardó en salir y volvimos a la sala. Cuando entré, vi que una geisha nueva se había unido a la reunión, junto con una aprendiza. Estaban de espaldas a la puerta, de modo que no les vi la cara hasta que no rodeé la mesa detrás del Señor Copito de Nieve y volví a mi sitio. Te puedes imaginar el susto que me llevé cuando se la vi, pues allí, al otro lado de la mesa estaba la única mujer que yo hubiera dado cualquier cosa por no encontrar. Era Hatsumono, y junto a ella se sentaba Calabaza.
Capítulo quince
Hatsumono sonreía cuando estaba contenta, como todo el mundo; y nunca estaba más contenta que cuando estaba a punto de hacérselo pasar mal a alguien. Por eso lucía en su cara una hermosa sonrisa cuando dijo: