La chica de sus sueños
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La chica de sus sueños». Краткое содержание книги:
– No; vengo a hablar con el signor Rocich -dijo Brunetti, señalando el lugar en el que habían estado el Mercedes y la roulotte-. Pero veo que se han marchado. ¿Sabe adónde han ido?
El hombre volvió a sonreír.
– Ah, señor Policía, difícil decir. -Se inclinó e hizo extensiva su sonrisa a Vianello, que permaneció impasible-. Mi gente son, ¿cómo dicen ustedes?, nómadas. Hoy aquí y cuando nos vamos nadie sabe adónde. -Volvió a sonreír, pero la voz se había vuelto agria-: A nadie importa.
– Tengo su número de matrícula -dijo Brunetti-. Quizá la policía de tráfico pueda ayudarme a encontrarlo.
La sonrisa se hizo más ancha y aún menos amistosa.
– Coche viejo. Número viejo. No sirve, me parece.
– ¿Qué quiere decir «coche viejo»? -preguntó Brunetti.
– Ahora coche nuevo. Número nuevo.
– ¿Qué coche?
– Muy bueno. No coche italiano de mierda. Coche de verdad. Alemán.
– ¿Qué marca?
El hombre levantó las manos, rechazando la idea de que un coche pudiera tener nombre.
– Coche grande, alemán, nuevo. -Y, cuando Brunetti se disponía a hablar, añadió-: Número nuevo.
– Comprendo. En tal caso, tendremos que mirar en el registro.
– Ah, venta particular. Sin papeles. De amigo. Coche aún del amigo. Difícil encontrar, me parece -dijo con otra sonrisa.
– ¿Cómo se llama el amigo? -preguntó Brunetti.
El hombre se encogió de hombros con elocuencia.
– Él no dice. Sólo amigo. Pero coche muy grande. Muy caro.
– ¿De dónde ha sacado el dinero para comprarlo?
– Ah, otro amigo le da dinero.
– ¿Un gi…? -empezó Brunetti, pero rectificó-: ¿Un amigo romaní?
– Puede decir gitano, señor Policía -dijo el hombre sin molestarse ya en filtrar el veneno de su voz.
– ¿Un amigo gitano, pues? -preguntó Brunetti.
– No; un gadje. Él busca al hombre en Venecia y le pide dinero. El hombre muy generoso; le da mucho dinero. Compra coche -concluyó. Levantó una mano y la agitó con elegancia diciendo-: Bye, bye.
– ¿Qué hombre? -preguntó Brunetti.
– Hombre que dice su hijo.
– ¿Y ese hombre le dio el dinero para el coche?
Señal afirmativa. Sonrisa.
– Y más.
– ¿Sabe cuánto más?
– Él no dice. Quizá tiene miedo de decir a gitano porque gitano roba, ¿eh? -La sonrisa volvía a ser malévola.
Brunetti dio media vuelta bruscamente y chocó con Vianello, que dio un paso atrás.
– Vámonos -dijo Brunetti yendo hacia el coche.
El hombre les dejó llegar al coche antes de gritarles:
– Él me dio algo para usted, señor Policía. -Ahora hablaba con soltura, como si ya se hubiera cansado de hacer el papel de gitano balbuciente.
Con una mano en la empuñadura de la puerta, Brunetti se volvió. El gitano metió la mano abierta en el bolsillo de la chaqueta, la sacó cerrada y la tendió en dirección a Brunetti.
– Yo gitano, pero no roba esto -dijo, agitando el puño de un lado a otro. Él y Brunetti se miraban, a tres metros de distancia. El hombre levantó el puño-. ¿Lo quiere? -preguntó.
Brunetti fue hacia él, peleando con una repentina atrofia de las rodillas. Se paró cerca del hombre y extendió la mano, con el brazo rígido. Temió que el hombre fuera a pedirle que dijera «por favor», y no sabía si podría decirlo.
Brunetti abrió la mano, con la palma hacia arriba.
El hombre puso el puño encima de la mano y extendió el índice, luego el mayor y el anular. Brunetti sintió que le caía algo en la palma. Antes de que pudiera mirar lo que era, el hombre dijo, señalando la mano de Brunetti:
– Hombre que da dinero quería esto. Demuestra que chico estaba allí, que ve lo que pasa. Pero Rocich me dice que lo dé a usted, señor Policía. -Dejó caer el brazo, dio media vuelta y volvió a su roulotte. Cuando el hombre subía la escalera, Brunetti ladeó la mano para ver lo que el gitano le había dado por encargo de Rocich.
Un gemelo de lapislázuli montado en plata, la pareja del otro.
Un golpe seco sobresaltó a Brunetti, pero era sólo el portazo que había dado el gitano al entrar en su roulotte.
CAPÍTULO 31
La abulia en que cayó Brunetti a su regreso del campamento gitano duró tres días, hasta que Paola le preguntó por el caso. Estaban sentados en la terraza, después de una cena que Brunetti apenas había probado. Él iba ya por la segunda copa de grappa y la botella estaba en la mesa, por si quería una tercera, que parecía lo más probable.
Poco a poco, mientras oscurecía e iba entrando el frío de la noche, él contó a Paola lo ocurrido, sin atenerse a la cronología ni a la secuencia de los hechos. Si algún orden seguía en el relato era, quizá, el de la emotividad, dejando para el final los ingredientes más fuertes: el lacerante lamento de la madre y la ferocidad de la cara del niño al hablar del hombre tigre.
Ni siquiera su última visita a los Fornari le había causado tan honda impresión.
– No querían dejarme entrar -dijo Brunetti-. Pero les dije que volvería con una orden judicial. -En respuesta a la súbita presión de la mano de ella en su brazo (ya estaba muy oscuro para distinguir sus facciones y hasta para verla mover la cabeza), él dijo-: Fue una tontería, desde luego: nadie me la habría dado. Por lo que a nosotros respecta, y a toda la magistratura, el caso está cerrado: la niña murió accidentalmente de una caída, después de robar en el apartamento de los Fornari, y punto.
– ¿Pero al fin te dejaron entrar? -preguntó ella.
– Sí. Ya sabes lo bien que miento.
– La verdad, no muy bien -dijo ella, observación que él tomó como un cumplido-. ¿Qué pasó?
– Ella estaba nerviosa, y él también. Al principio, no creí que tuvieran valor de negarlo. -Y entonces comprendió que lo decía como un cumplido.
– ¿Qué les dijiste?
– Que había hablado con uno de los gitanos del campamento, que me había dicho que Rocich había venido a verlos a la ciudad. -Recordó su propia actitud durante la conversación: el frío burócrata que trata de confirmar una información, nada más.
Brunetti estuvo un rato en silencio. Tomó un sorbo de grappa, la Tignanello que Paola le había regalado en su cumpleaños. Era excelente, pero hoy le desagradaba el sabor, y puso la copa en la mesa.
– No dio resultado -admitió-. Dijeron que no sabían quién era el tal Rocich ni por qué iba a querer hablar con ellos alguien con ese nombre. -Brunetti recordaba que la mujer era la que protestaba con más energía, mientras Fornari se limitaba a mover la cabeza negativamente, hablando sólo cuando Brunetti le hacía una pregunta directa.
Brunetti descruzó las piernas y las estiró, levantó los pies y los apoyó en el travesaño inferior de la barandilla. Entonces recordó que, cuando los niños eran pequeños, siempre tenían cerrada la puerta de la terraza y sólo los dejaban salir cuando ellos los vigilaban. Incluso ahora, cuando llevaba décadas en el apartamento, Brunetti aún evitaba asomarse a mirar a la calle, cuatro pisos más abajo.
Paola dejó pasar un rato antes de preguntar:
– ¿Tú qué crees que pasó?
Brunetti apenas había pensado en otra cosa durante los últimos días, montando y desmontando la película de los hechos, imaginándola de una manera y de otra, siempre con el recuerdo de la cara de la niña en primer término.
– La hija estaba en casa -dijo al fin-. Con el novio, probablemente, en el dormitorio. Oyeron ruido. -Cerró los ojos, tratando de visualizar la escena-. Drogado o no, el chico debió de sentirse en la obligación de ir a ver qué ocurría.
– ¿Y las rayas? -preguntó Paola de pronto-. ¿Cómo las vio el niño?