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La chica de sus sueños

Электронная книга - «La chica de sus sueños». Краткое содержание книги:

Ariana, una niña gitana de tan sólo diez años, aparece muerta en el canal, en posesión de un reloj de hombre y un anillo de boda. Tendida en las losas del muelle, Ariana parece una princesa de cuento, un halo de pelo dorado enmarca su rostro, una carita que Brunetti comienza a ver en sueños. Para investigar el caso Brunetti se infiltra en la comunidad gitana, los romaníes, en lenguaje oficial de la policía italiana, que vive acampada cerca del Dolo. Pero los niños romaníes enviados a robar a las ricas casas venecianas no existen oficialmente, y para resolver el caso Brunetti tiene que luchar con el prejuicio institucional, una rígida burocracia y sus propios remordimientos de conciencia.
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– ¿Qué crees que va a ocurrir ahora? -El tono era el de siempre y Brunetti tuvo la extraña sensación de haber observado cómo el espíritu del verdadero Vianello volvía a su cuerpo.

– No tengo ni idea -dijo el comisario-. Rocich es una bomba de relojería. Su única manera de tratar las cosas es a golpes. No puede enfrentarse con el jefe, el cabecilla o lo que sea, porque es muy fuerte para él. Así que sólo quedan la mujer y los hijos. -Dudó un momento, pero decidió decir lo que pensaba-. Sería violento aunque no fuera gitano.

– Exactamente -dijo Vianello.

– No quiero llamar atención hacia la mujer. No puedo citarla para interrogarla, ni puedo ir a hablar con ella en el campamento.

– ¿Entonces?

– Entonces esperaré la llamada del médico. Y, cuando me haya llamado o cuando me canse de esperar a que me llame, haré otra visita a los Fornari y echaré otra mirada a su apartamento.

CAPÍTULO 26

Brunetti no tuvo que esperar mucho la llamada del dottor Calfi: el teléfono sonó sólo unos minutos después de que Vianello volviera a la sala de guardia. Brunetti levantó el teléfono y contestó dando su apellido.

– Comisario, soy Edoardo Calfi. Usted me ha pedido que le llamara. -La voz era atiplada; y el acento, lombardo, quizá milanés.

– Muchas gracias por llamar, dottore. Como le decía en mi mensaje, deseo hacerle unas preguntas acerca de unos pacientes suyos.

– ¿Qué pacientes?

– Una familia conocida como Rocich -dijo Brunetti-. Son nómadas que viven en el campamento que está cerca de Dolo.

– Sé quiénes son -dijo el médico ásperamente, y Brunetti empezó a pensar que la llamada iba a ser un fracaso. La impresión se acentuó cuando Calfi agregó-: Y no es una familia «conocida como» Rocich, comisario: es su apellido.

– Bien -dijo Brunetti, esforzándose por mantener la voz serena y afable-. ¿Podría decirme qué miembros de la familia son pacientes suyos?

– Antes me gustaría saber por qué me hace esta pregunta, comisario.

– Le hago esta pregunta, dottore, para ahorrar tiempo.

– Me temo que no le entiendo.

– Con una orden judicial, quizá podría conseguir la información de los archivos centrales del distrito, pero como se trata de preguntas que prefiero hacer a su médico personalmente, trato de comprobar si son pacientes suyos, para abreviar.

– Lo son.

– Gracias, dottore. ¿Podría decirme a qué miembros de la familia ha tratado?

– A todos.

– ¿Y son?

– El padre, la madre y los tres hijos -respondió el doctor, y Brunetti tuvo que dominar el impulso de decir que hacía que sonara como si hablara de los tres ositos.

– La información que necesito se refiere a la menor de las hijas, dottore.

– ¿Sí? -La voz del médico era cauta.

– ¿La ha estado tratando de alguna enfermedad venérea? -preguntó Brunetti como si se refiriera a una persona viva.

El médico no se dejó engañar.

– Comisario, leo los periódicos, y sé que Ariana ha muerto. ¿Por qué quiere saber si la había tratado -recalcó el pretérito- de esa clase de enfermedad?

– Porque en la autopsia se le apreciaron señales de gonorrea -dijo Brunetti con voz neutra.

– Sí; yo conocía el problema, y ella estaba en tratamiento.

Brunetti desistió de preguntar si, en su calidad de médico, no había considerado oportuno informar del «problema» a los servicios sociales.

– ¿Podría decirme cuánto tiempo llevaba en tratamiento?

– No creo que eso tenga que ver.

Brunetti tampoco lo creía, pero respondió:

– Podría ayudarnos en la investigación de su muerte, dottore.

– Varios meses -concedió el médico.

– Gracias -dijo Brunetti, conformándose con lo que se le daba y renunciando a pedir pormenores.

– Me gustaría decir unas palabras -empezó el médico.

– Adelante, dottore.

– Trato a esa familia desde hace casi un año, y me intereso mucho por ellos y por las dificultades que encuentran. -En este momento, Brunetti adivinó lo que iba a oír. El dottor Calfi era un cruzado, y Brunetti sabía que con los cruzados no tenía nada que hacer como no fuera escucharles, darles la razón en todo y tratar de conseguir de ellos lo que necesitaba.

– Estoy seguro de que son muchos los médicos que se interesan vivamente por sus pacientes -dijo Brunetti con una voz limpia de cualquier sentimiento que no fuera cordialidad y admiración.

– La vida no es fácil para ellos -dijo Calfi-. Nunca lo fue.

Brunetti emitió un sonido de asentimiento.

Durante los minutos que siguieron, Calfi enumeró los infortunios de la familia Rocich; por lo menos, la versión que ellos le habían dado. Todos, en uno u otro momento, habían sido víctimas de un trato brutal. Hasta la esposa había sido golpeada por la policía en Mestre, que le había dejado un ojo tumefacto y magulladuras a uno y otro lado del cuello. Los niños habían sufrido persecución en el colegio y temían volver. El propio Rocich no encontraba trabajo.

Cuando el médico terminó de hablar, Brunetti preguntó con voz emocionada y solidaria:

– ¿Cómo contrajo la niña la enfermedad, dottore?

– Fue violada -dijo Calfi con indignación, casi como si Brunetti hubiera tratado de negarlo o, de algún modo, hubiera estado involucrado en el acto-. El padre me contó que una tarde, a última hora, cuando la niña volvía andando al campamento, un hombre que conducía un coche grande se ofreció a llevarla. Por lo menos, eso le dijo ella.

– Comprendo -dijo un muy impresionado Brunetti.

– El hombre salió de la carretera y la violó -dijo Calfi, alzando la voz airadamente.

– ¿Lo denunciaron a la policía? -preguntó un Brunetti no menos indignado.

– ¿Quién iba a creerles? -preguntó a su vez Calfi, ahora en tono de amarga impotencia.

«No muchos», pensó Brunetti, pero dijo:

– Sí, probablemente tiene razón, dottore. -En el mismo tono, preguntó-: ¿La llevaron a su consultorio?

– Al cabo de unos meses -respondió el médico, que, antes de que Brunetti pudiera preguntar por qué habían tardado tanto, explicó-: A la niña le daba vergüenza lo ocurrido y no quería que la trajeran hasta que ya no fue posible seguir ocultando los síntomas.

– Comprendo, comprendo -dijo Brunetti y luego murmuró entre dientes-: Es terrible.

– Celebro que lo vea así -dijo el médico, y Brunetti tuvo que reconocer que, efectivamente, todo aquello le parecía terrible, pero quizá no del mismo modo en que se lo parecía al doctor.

– ¿Le ha ocurrido algo similar a alguno de los otros niños? -preguntó.

– ¿Qué quiere decir con lo de «similar»? -preguntó el médico secamente.

Brunetti creyó que sería prudente evitar el tema de las enfermedades de transmisión sexual y dijo:

– Violencia por parte de los habitantes de la zona. -Y entonces decidió arriesgarse-: O de la policía.

Casi le pareció sentir cómo Calfi se calmaba al oír esto.

– Alguna vez, pero la policía prefiere ejercer la violencia con las mujeres -dijo Calfi, como si hubiera olvidado que estaba hablando con un funcionario del cuerpo.

Brunetti decidió dar por terminada la conversación antes de que se complicara, y dio las gracias al médico por su ayuda y por la información facilitada.

Con un intercambio de fórmulas de cortesía, los dos hombres se despidieron.

– Violencia con las mujeres -repitió Brunetti todavía con el teléfono en la mano. Luego colgó.

Sólo le quedaban los Fornari. Comprendía que lo más prudente era dejar que Patta decidiera si era conveniente volver a hablar con ellos, o quizá fuera preferible dejarlo al criterio del juez instructor, pero Brunetti optó por considerar la visita no como un acto de investigación sino como el intento de clarificar la probabilidad de que la niña hubiera muerto al caer desde su tejado. El signor Fornari ya debía de haber regresado de Rusia y Brunetti se preguntaba si se mostraría tan exento de curiosidad como su esposa por la niña gitana hallada muerta cerca de su casa.

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