La chica de sus sueños
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La chica de sus sueños». Краткое содержание книги:
– ¿Y bien? -preguntó Brunetti aunque, visto el contexto en el que Vianello situaba el caso, estaba seguro de conocer el desenlace.
– Así lo hicieron. Pero él se había marchado. La dirección de las oficinas que les había dado era la de un bar en el que nunca habían oído su nombre y, cuando volvieron al domicilio, se había mudado, nadie sabía adónde.
– Transportado -dijo Brunetti.
– ¿Cómo? -preguntó Vianello.
– Nada, nada. Un chiste malo.
Las cárceles rebosaban, Brunetti lo sabía, y el Gobierno, que tantas críticas había recibido por la última amnistía, no podía conceder otra tan pronto. Ésta era la razón de que en los boletines del ministerio se instara a la policía a limitar los arrestos a los criminales más violentos. La sensación de impotencia que ello ocasionaba tanto a la policía como a la población provocaba en ambas una ira latente, pero la situación no tenía remedio.
– En fin -dijo Brunetti apoyando las manos en la mesa para ponerse en pie-. Nada se adelanta con lamentaciones.
– ¿Qué propones?
– Salir a tomar café y ver si hay manera de poner a alguien a vigilar la casa de los Fornari. -Al observar la expresión de Vianello, explicó-: Me gustaría saber si alguien va a hacerles una visita.
– ¿Alguien como, por ejemplo?
– Eso es lo que quiero averiguar. Porque podría revelarme el motivo de la visita.
Mientras tomaban el café, los dos hombres hablaron de efectivos y logística, sin encontrar la manera de poner bajo vigilancia la casa de los Fornari. Quienquiera que fuera visto rondando por aquella calle sin salida, había de llamar la atención. Fueron estudiando y descartando una posibilidad tras otra, hasta que, finalmente, Vianello no pudo menos que preguntar:
– ¿Quién crees que querría hacerles una visita?
– El padre de la niña.
La respuesta pareció sorprender al inspector.
– ¿Crees que tanto le importa lo ocurrido a su hija?
– No; pero puede ver en ello la oportunidad de sacarles dinero.
– Supones que él sabe lo que le ocurrió a la niña, ¿no? -preguntó Vianello-. Y también los Fornari.
Antes de responder, Brunetti recordó su primera visita, en la que la esposa de Fornari había mostrado curiosidad pero no preocupación por la visita de la policía; y la segunda, en la que tanto ella como su marido habían dado señales de ansiedad. Algo debían de haber averiguado entretanto, y Brunetti quería saber qué era y quién les había dado la información.
Se hizo el silencio mientras los dos hombres estudiaban las posibilidades de actuación. Al fin, Brunetti dijo, procurando que sonara como si fuera la cosa más natural que podía pedir un padre:
– Podría preguntar a mis hijos.
– ¿Preguntarles qué? -dijo Vianello sin poder disimular el asombro.
– Si conocen a alguno de los chicos. Y si han oído hablar de ellos.
La mirada de Vianello, larga y severa, hizo que Brunetti se sintiera incómodo.
– Tienen la misma edad -explicó, y añadió-: Bueno, más o menos.
– Gracias a Dios que los míos aún son pequeños -dijo Vianello con una indiferencia sospechosa.
– ¿Para qué? -preguntó Brunetti, aunque ya sabía la respuesta.
– Para trabajar para nosotros -dijo el inspector.
Brunetti reprimió el impulso de defenderse. Miró el reloj y vio que eran casi las tres.
– Me voy a casa -dijo levantándose.
Al parecer, también Vianello había dicho ya todo lo que tenía que decir.
– Si preguntan por mí, di que he tenido que salir, ¿quieres? -dijo Brunetti.
– Por supuesto.
Ni el Supremo Augur habría podido detectar un mensaje oculto en la voz de Vianello, pero Brunetti sabía que lo había. El comisario se levantó y, al dar la vuelta a la mesa, descargó una palmada en el hombro de Vianello. Luego salió de la questura y se fue a casa.
Abordó el tema durante la cena, entre el risotto con espinacas y el cerdo con setas. Chiara, que esta noche tenía un aspecto diferente y, por lo visto, había abandonado la dieta vegetariana, dijo que no conocía a Ludovica Fornari, pero había oído hablar de ella.
– ¿Has oído hablar de ella? -preguntó Brunetti sirviéndose otro trozo de cerdo.
– Y hasta yo -dijo Raffi, volviendo a concentrar la atención en la fuente de zanahorias con jengibre.
– ¿Qué has oído? -preguntó Brunetti con indiferencia.
Paola le lanzó una mirada tan penetrante como suspicaz y se adelantó a preguntar:
– Chiara, ¿llevas mi Flor de Pasión?
Brunetti no sabía a qué se refería el nombre, pero, como Chiara llevaba un jersey de algodón blanco, dedujo que no podía ser una prenda de vestir. Quedaba el lápiz de labios u otra cosa que hubiera podido ponerse en la cara. O un perfume, aunque él no lo había percibido, y Paola no solía usarlo.
– Sí -dijo Chiara, titubeando.
– Ya me parecía a mí -dijo Paola con una amplia sonrisa-. Te queda muy bien. -Ladeó la cabeza y contempló la cara de su hija-. Probablemente, mejor que a mí, de modo que puedes quedártelo.
– ¿No te importa, mamma?
– En absoluto. -Paseando una alegre mirada alrededor de la mesa, Paola dijo-: De postre no hay más que fruta, pero esta noche podríamos empezar la temporada del gelato. ¿Algún voluntario para ir a buscarlo a San Giacomo dell'Orio?
Raffi pinchó las rodajas de zanahoria que quedaban en el plato, se las puso en la boca, dejó el tenedor y levantó la mano.
– Yo iré.
– ¿Pero qué sabor? -Paola, que nunca había mostrado preferencia por el sabor del helado que comía, mientras la ración fuera abundante, preguntó ahora con fingida vivacidad-: Chiara, ¿por qué no vas con tu hermano para ayudarle a decidir?
Chiara echó la silla hacia atrás y se levantó.
– ¿Cuánto traemos?
– La caja grande; el primer día hay que ser espléndidos. -Y a Raffi-: Coge dinero de mi portamonedas. Está al lado de la puerta.
Antes de que Brunetti terminara su cena, y en franco desafío a la norma familiar, los chicos ya habían salido del apartamento y trotaban escalera abajo.
Brunetti dejó el tenedor y, al oír el golpe del cubierto en la madera de la mesa, notó el silencio de la cocina.
– ¿Puedo preguntar a qué viene eso? -dijo.
– Eso viene a que no quiero que mis hijos hagan de espías -dijo Paola con vehemencia. Y, sin dejarle empezar siquiera a defenderse, añadió-: Y no me digas que preguntabas sólo para tener de qué hablar durante la cena. Te conozco, Guido. Y no lo consiento.
Brunetti miró el plato que tenía delante. De pronto, se sentía tan repleto que no se explicaba cómo había podido comer tanto. Apuró el vino y dejó la copa en la mesa.
Comprendía que ella tenía razón, pero le dolía que se lo hiciera ver con tanta crudeza. Volvió a mirar el plato, tomó el tenedor y lo puso encima de él, atravesado, y después el cuchillo, en simétrico paralelo.
– Y, Guido, tú tampoco querrías eso -dijo ella en tono más suave-. Te conozco, ya te lo he dicho. -Hizo una pausa y añadió-: Y, porque te conozco, sé que te pesaría haberlo hecho.
Él echó la silla hacia atrás y se levantó. Tomó el plato para llevarlo al fregadero. Al pasar por detrás de ella, le puso la mano en el hombro, y Paola la cubrió con la suya inmediatamente.
– A ver si traen chocolate -dijo él, que había recuperado el apetito.
CAPÍTULO 29
A la mañana siguiente, Brunetti seguía en la cama mucho después de que Paola se levantara y se fuera a dar su clase de primera hora. Repasaba sus opciones, contemplando el caso de la niña gitana desde otra perspectiva, o lo que le parecía otra perspectiva. En realidad, no tenía nada. La única prueba tangible de que la niña no se había caído al escapar de la escena de un robo era el testimonio de un niño que afirmaba que a su hermana la había matado el hombre tigre. Como prueba de ello, Brunetti tenía un gemelo y un anillo con un trozo de vidrio rojo.