La chica de sus sueños
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La chica de sus sueños». Краткое содержание книги:
– ¿Y crees que basta con eso para ir tras él? -preguntó Vianello, alzando la voz a medida que se acercaba al final de la frase, que acabó casi a gritos, levantando las manos al cielo, como para trasladar la pregunta a una autoridad que estaba por encima del hombre que tenía al lado.
Brunetti desvió la mirada de la cara de Vianello hacia la fachada del edificio de la orilla izquierda del Canal. Observó que por fin restauraban el palazzo situado a la derecha del de los Falier. Él iba al colegio con el hijo de los antiguos dueños. Recordaba que el padre perdió el palazzo jugando en un club privado y que la familia tuvo que mudarse. Brunetti no volvió a saber del chico, a pesar de que habían sido buenos amigos.
– ¿Y bien? -preguntó Vianello, reclamando la atención de Brunetti. Como el comisario no respondiera, añadió-: Aunque eso que dices sea verdad y el tal hombre tigre hiciera algo a la niña, no podremos probarlo. ¿Me has oído, Guido? No tenemos posibilidad. Cero.
La atención de Brunetti vagaba ahora por los edificios que quedaban a la espalda de Vianello, que puso la mano en el brazo de su jefe para atraerlo hacia sí.
– Guido, esto será tu suicidio. Supongamos que llegas al campamento y consigues convencer a los padres para que el niño hable del hombre tigre. -Para manifestar su opinión de las probables consecuencias, Vianello cerró los ojos y Brunetti vio cómo tensaba los músculos de la mandíbula-. Es decir, tienes un testigo menor de edad, cuyos padres deben de tener una larga lista de arrestos y condenas, ¿y tú quieres que ese niño que, según me dijiste apenas habla italiano, testifique contra el hijo del ministro del Interior?
La lancha viró bruscamente para encarar una ola que venía de través, lanzándolos contra la borda. Foa enderezó el rumbo y volvió la vista al frente.
Brunetti abrió la boca para sugerir que continuasen la conversación en la cabina, pero Vianello prosiguió:
– ¿Y crees que vas a encontrar a un fiscal, cuya carrera, huelga decirlo, depende del mismo ministerio, que vaya a esforzarse por conseguir una condena? -Acercó la cara a la de Brunetti-. ¿Con ese testimonio? -Y, como si la pregunta no fuera ya lo bastante elocuente, añadió-: ¿Con esas pruebas?
Brunetti metió la mano en el bolsillo y palpó el gemelo y el anillo. Había observado el nerviosismo de Fornari, había visto la rabia en la cara del niño, la primitiva ansia de venganza, inoculada por la madre. Eran pruebas, pero pruebas a las que un tribunal no daría crédito, ni admitiría siquiera. En las salas de los tribunales, en las que «la ley es igual para todos», las impresiones de Brunetti no tendrían peso ni valor. Según sabía él, y según acababa de recordarle Vianello, la ley exige pruebas, no la opinión de un hombre que atrapó a un niño atemorizado y lo sostuvo en brazos hasta que le contó su historia. Brunetti sabía lo que cualquier abogado, y no digamos un abogado que defendiera al hijo de un ministro, haría con semejante acusación.
– Quiero estar seguro -dijo Brunetti.
– ¿Seguro de qué?
– De que lo que me dijo el chico es verdad.
Vianello se impacientó.
– ¿Es que no te das cuenta de que si es verdad o no es lo que menos importa? -Agarró del brazo a Brunetti y le hizo bajar los tres escalones de la cabina. Cuando estuvieron sentados frente a frente, el inspector prosiguió-: Es posible que el chico dijera la verdad, pero eso es lo de menos, Guido. Es el hijo de un gitano con una larga lista de antecedentes, que acusa al hijo del ministro del Interior.
– Eso me lo has dicho ya tres veces, Lorenzo -dijo Brunetti con fatiga.
– Y te lo diré otras tres si es necesario para que me escuches -replicó el inspector. Hizo una pausa larga y añadió suavizando el tono-: Si tú quieres arruinar tu carrera, yo no.
– Nadie te lo ha pedido.
– Ahora mismo voy camino del campamento contigo, ¿no? Estaré allí mientras hablas con alguien con quien Patta te ha prohibido expresamente que hables.
– Él no me ha dicho eso exactamente -protestó Brunetti, meticuloso.
– Ni falta que hacía. Te ha dicho que dejes el asunto, y tú lo primero que haces es ir al campamento sin autorización, desafiando las órdenes de tu superior, de nuestro superior, para hablar con unas personas a las que te ha pedido que dejes en paz.
– El chico y la otra hermana estaban allí aquella noche. Ellos vieron lo que pasó.
– ¿Y crees que los padres dejarán que hablen contigo o con el juez?
– La madre quiere venganza, tanto como el chico, o más.
– ¿Así que ahora somos vigilantes que ayudan a los gitanos en su lucha contra el resto del mundo? -Para ocultar la exasperación, Vianello volvió la cara, levantó la cabeza y cerró los ojos un momento, como implorando paciencia. La lancha aminoraba la marcha y Brunetti vio que llegaban a piazzale Roma. Se levantó y empujó una hoja de las puertas oscilantes.
– Puedes regresar con Foa -dijo subiendo a cubierta.
Al llegar arriba, oyó a Vianello subir tras él.
– Por el amor de Dios, Guido, deja de hacerte la prima donna -refunfuñó el inspector.
Era otro conductor, pero también conocía el camino del campamento y, durante el trayecto, habló de las veces que había tenido que hacer el recorrido llevando a gente. El hombre era afable y hablador, y su monólogo permitió a sus pasajeros hacer una tregua en su propia conversación.
Brunetti ya había oído antes todo aquello, y apenas prestaba atención, mientras recreaba la vista contemplando el paisaje primaveral que los rodeaba desde que habían salido de la ciudad. Al igual que la mayoría de la gente de ciudad, Brunetti tenía una idea romántica del campo y de la vida rural. Una vez en que la familia comía un pollo asado y Chiara, en una de sus fases vegetarianas, le preguntó si él había matado algún pollo, Brunetti le contestó que nunca había matado nada. Ahora no recordaba cómo había acabado la discusión; como casi todas las discusiones inútiles, suponía.
El coche giró, redujo la marcha y se detuvo, y el conductor bajó a abrir la verja. Una vez dentro del campamento, volvió a bajar, cerró, subió al coche, describió un amplio semicírculo y paró de cara a la verja, como deseoso de marchar cuanto antes.
– Espere aquí -dijo Brunetti inclinándose para ponerle la mano en el hombro. Él y Vianello se apearon y cerraron las puertas. No se veía a nadie; hoy ningún hombre estaba sentado en las escaleras de las caravanas.
Brunetti enseguida vio que el Mercedes azul había desaparecido, lo mismo que la roulotte en la que había adivinado las figuras femeninas y a la que Rocich había vuelto después de cada entrevista. Los coches que se habían llevado las grúas no habían vuelto a sus sitios delante de las roulottes, que seguían en la fila de detrás como piezas de ajedrez sin sus peones.
Brunetti y Vianello se acercaron a la caravana del jefe. En el instante en que se pararon frente a ella, brotó de la hilera de roulottes una sinfonía de tonos de telefonini, como una explosión de trinos de pájaros. Brunetti distinguió hasta cuatro tonos diferentes, antes de que se hiciera el silencio.
Pasaron varios minutos, se abrió la puerta de la roulotte y salió Tanovic. Los miró con una sonrisa fácil que intranquilizó a Brunetti.
– Ah, señor Policía -dijo el hombre bajando la escalera. Saludó a Vianello con un movimiento de la cabeza-. Y señor Ayudante Policía. -Se acercó sin dejar de sonreír, pero no les tendió la mano. Ellos tampoco-. ¿Por qué visitan nosotros otra vez? -Volvió la cabeza y recorrió con la mirada toda la línea de coches, girando sobre sí mismo-. ¿Se llevarán más coches? -Lo preguntó en tono jocoso, pero Brunetti vio en sus ojos un rencor que pulverizaba el humorismo.