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La chica de sus sueños

Электронная книга - «La chica de sus sueños». Краткое содержание книги:

Ariana, una niña gitana de tan sólo diez años, aparece muerta en el canal, en posesión de un reloj de hombre y un anillo de boda. Tendida en las losas del muelle, Ariana parece una princesa de cuento, un halo de pelo dorado enmarca su rostro, una carita que Brunetti comienza a ver en sueños. Para investigar el caso Brunetti se infiltra en la comunidad gitana, los romaníes, en lenguaje oficial de la policía italiana, que vive acampada cerca del Dolo. Pero los niños romaníes enviados a robar a las ricas casas venecianas no existen oficialmente, y para resolver el caso Brunetti tiene que luchar con el prejuicio institucional, una rígida burocracia y sus propios remordimientos de conciencia.
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No había en el cadáver de la niña más señales de violencia que las que podía haberle producido resbalar por un tejado de terracota, y la causa de la muerte era ahogamiento.

Su percepción de que los Fornari se habían enterado de algo incriminatorio era totalmente subjetiva. Su primera impresión -y la de Vianello- era la de que la sorpresa manifestada por la esposa de Fornari al enterarse del robo era sincera.

El propio Fornari parecía preocupado cuando Brunetti habló con él, pero a un empresario que hacía transacciones en Rusia no le faltarían motivos de preocupación. Su mujer también estaba nerviosa esta vez. ¿Y qué? La hija parecía perfectamente tranquila al saludar a Brunetti. Pero ahora recordó la tos. Tuvo aquel acceso de tos cuando él dijo que ya se iba y que avisaría a Vianello. «Al ispettor Vianello», había dicho.

Pero tampoco esto significaba nada: la gente tose.

Brunetti se puso boca arriba y estuvo mirando al techo hasta que la luz que iba entrando en la habitación le hizo comprender que ya no podía seguir remoloneando en la cama. Lo único que cabía era hablar con Patta, para ver si, por una vez, el vicequestore era capaz de descubrir una trama en todos estos hechos.

– Otra vez se está dejando llevar por la imaginación, Brunetti -dijo Patta horas después, tal como Brunetti había previsto. El comisario no había malgastado el tiempo en tratar de adivinar cuáles serían las palabras que utilizaría su superior, pero conocía de antemano su reacción-. Está claro que ellos no sospechaban lo ocurrido -explicó el vicequestore-. Probablemente, madre e hijo, al llegar a casa y ver el balcón de la terraza abierto, pensaron que se habrían olvidado de cerrarlo; son cosas que ocurren con frecuencia. Desgraciadamente, mientras ellos estaban fuera, entró la niña. -Patta, que se paseaba por el despacho mientras exponía su hipótesis, se detuvo y dio media vuelta con brusquedad, como el sagaz fiscal de las películas americanas-: ¿No dijo que llevaba una sandalia de plástico?

– Sí.

– Pues ahí está -dijo Patta abriendo las manos como el que acaba de presentar la prueba definitiva que hace innecesario seguir con el debate.

– ¿Está qué? -se aventuró a preguntar Brunetti.

La expresión de Patta dejaba claro que Brunetti se la estaba jugando. Con una voz impregnada de sensatez, el vicequestore explicó:

– Plástico. En un tejado inclinado. Tejas de terracota. -Hizo una pausa y preguntó-: ¿Es que tendré que hacerle un dibujo, comisario? -El empleo por Patta del título de Brunetti solía suponer un aviso.

– No, señor. Comprendo.

– Así pues, la tal signora Vivarini y su hijo regresan a casa, ella encuentra la vidriera abierta, pero no sospecha nada. -Patta, convertido ahora en el simpático abogado defensor, hizo una pausa, para sonreír en dirección a Brunetti-. Eso no puede ser motivo de preocupación, ¿verdad, comisario?

– No, señor.

– Usted dijo que le pareció que la signora Vivarini se sorprendió al enterarse del robo, ¿no?

– Sí, señor.

– Entonces no sé a qué vienen las dudas.

– Ya le dije lo de la hija, cómo se puso a toser cuando mencioné el título de Vianello. -Al oírse decirlo, Brunetti se dio cuenta de lo banal, casi patético, del incidente-. Hasta entonces, todo había sido perfectamente normaclass="underline" ella entró, se presentó como Ludovica Fornari, me dio la mano, pero cuando yo dije…

– ¿Qué? -le interrumpió Patta, repentinamente alerta.

– ¿Perdón?

– ¿Cómo ha dicho que se llama la muchacha?

– Ludovica Fornari. ¿Por qué? -Y entonces se acordó de añadir-: Señor.

– Usted ha hablado siempre de una signora Vivarini -dijo Patta.

– Está en el informe, señor. Fornari es el apellido del marido.

Patta hizo un brusco ademán de impaciencia, como si hiciera ya mucho tiempo que había superado el punto en el que debía prestar atención a los informes por escrito.

– ¿Por qué no me lo dijo antes? -inquirió.

– No me pareció importante, señor.

– Pues claro que es importante -dijo Patta, hablando como si se dirigiera a un alumno muy torpe.

– ¿Podría decirme por qué, señor?

– ¿No es usted veneciano?

Sorprendido, lo más que Brunetti pudo decir fue:

– Sí.

– ¿Y no sabe quién es ella?

Brunetti sabía quiénes eran los padres, pero, por la forma de hablar de Patta, comprendió que no sabía nada.

– No, señor.

– Es la fidanzata del hijo del ministro del Interior. Eso es.

Si esto hubiera sido una película de tribunales convencional, y Brunetti, el abogado cuya única función en la escena fuera la de ser derrotado por el brillante coup de théâtre de su oponente, éste habría sido el momento en el que debía darse una palmada en la frente y exclamar: «Debí suponerlo» o «No tenía ni la más remota idea».

Brunetti guardó silencio, aparentemente, para permitir a Patta ampliar la información pero, en realidad, para darse tiempo de encajar las piezas.

– Me sorprende usted, Brunetti, en serio -prosiguió Patta-. Mi hijo conoce a los dos hermanos, pertenece al mismo club de remo que el chico, pero yo no imaginaba de quiénes estaba usted hablando. La chica Fornari. Desde luego.

Brunetti escuchaba con una expresión de viva atención pintada en la cara, como siguiendo el guión de la película de la serie B.

El ministro del Interior. Entre cuyas atribuciones figuraba la del mando de las fuerzas del orden, incluida la policía. La prensa rosa adoraba a la familia: la esposa, heredera de un magnate de la industria; el hijo mayor, antropólogo, desaparecido, presuntamente muerto, en Nueva Caledonia; una hija, famosa por sus idas y venidas entre Roma y Los Ángeles, en pos de una carrera cinematográfica que no acababa de fraguar; otra hija, casada con un médico español y afincada discretamente en Madrid; y el ahora heredero, un joven de genio imprevisible que había estado implicado en más de una riña de discoteca y respecto al que circulaban entre la policía rumores de faltas más graves, sin que hasta el momento se hubiera instruido caso alguno. La madre, Brunetti lo sabía, era veneciana; y el ministro, romano.

– …idea totalmente insostenible -decía Patta, hacia el final de su perorata-. Por lo tanto, ni que decir tiene que la sola idea de involucrarlo ni remotamente en semejante episodio es inconcebible, y no vamos a contemplarla ni un momento. -El vicequestore calló, esperando la respuesta de su subordinado, que no llegaba porque Brunetti estaba absorto pensando en qué podría averiguar acerca del chico y cómo.

Al fin, el comisario movió la cabeza de arriba abajo, como si hubiera seguido cada una de las palabras que había pronunciado su superior. Sentía curiosidad, entre otras cosas, por saber a quién se refería Patta al decir «nosotros» ni a quién no podían involucrar. Este último tanto podía ser el ministro como su hijo. Y «nosotros» debía de ser la policía, pero también podía ser toda la clase política.

– ¿Está lo bastante claro, comisario? -preguntó Patta, imprimiendo ahora en su voz la torva amenaza que suele reservarse para el villano del melodrama.

– Sí, señor -respondió Brunetti. Se puso en pie-: Sin duda su análisis de la situación es correcto, y debemos extremar las precauciones para no implicar a persona tan importante en nuestra investigación sin plena justificación.

– No cabe justificación alguna -sentenció Patta, sin disimular la irritación-. En absoluto.

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