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La chica de sus sueños

Электронная книга - «La chica de sus sueños». Краткое содержание книги:

Ariana, una niña gitana de tan sólo diez años, aparece muerta en el canal, en posesión de un reloj de hombre y un anillo de boda. Tendida en las losas del muelle, Ariana parece una princesa de cuento, un halo de pelo dorado enmarca su rostro, una carita que Brunetti comienza a ver en sueños. Para investigar el caso Brunetti se infiltra en la comunidad gitana, los romaníes, en lenguaje oficial de la policía italiana, que vive acampada cerca del Dolo. Pero los niños romaníes enviados a robar a las ricas casas venecianas no existen oficialmente, y para resolver el caso Brunetti tiene que luchar con el prejuicio institucional, una rígida burocracia y sus propios remordimientos de conciencia.
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Mientras caminaba por Riva degli Schiavoni, obligado a sortear tanto a los transeúntes que iban en su misma dirección como a los que venían de cara, Brunetti tenía la sensación de que alguien lo observaba. De vez en cuando, se paraba a mirar la mercancía de los tenderetes del muelle, que eran cada vez más numerosos: banderines de clubes de fútbol, gondolieri, sombreros de bufón de terciopelo acolchado, ceniceros -uno de Capri- y las inevitables góndolas de plástico. Parado frente a aquellos horrores dirigía la atención hacia uno y otro lado disimuladamente. Dejó en el mostrador la góndola que tenía en la mano y dio media vuelta rápida, pero no observó ningún movimiento furtivo entre la gente que tenía a su espalda. Pensó en tomar un vaporetto: esto obligaría a su perseguidor a abandonar el intento, pero pudo más la curiosidad, y siguió andando e incluso aflojó el paso, para facilitar la persecución.

Cruzó la Piazza y bajó por la Via XXII Marzo, torció a la derecha, pasó por Antico Martini y por delante de La Fenice. Persistía la sensación de que alguien lo observaba, pero la única vez que se detuvo y se volvió para contemplar la fachada del teatro, no vio a nadie que hubiera visto antes tras de sí. Pasó delante del Ateneo y bajó hacia la casa de los Fornari.

Llamó al timbre, dio su nombre y fue invitado a subir. Cuando llegó al último piso, Brunetti vio a Orsola Vivarini en la puerta y, al acercarse, pensó durante un momento que la mujer había enviado a recibirle a una versión de sí misma con diez años más.

– Buenos días, signora. Vengo a hacerle varias preguntas más. Es decir, si no tiene inconveniente.

– Desde luego que no -dijo ella en un tono de voz demasiado alto.

Brunetti sonrió afablemente, sin denotar que hubiera observado el cambio de aspecto. Siguió a la mujer al interior del apartamento. Las flores que estaban en la mesa situada a la derecha de la puerta de entrada seguían allí, pero el agua se había evaporado y el comisario notó el primer olorcillo a podrido.

– ¿Su esposo ha regresado? -preguntó Brunetti al entrar en la habitación en la que ella lo había recibido la primera vez.

– Sí; regresó ayer -dijo ella y, volviéndose hacia su visitante, preguntó-: ¿Desea beber algo, comisario?

– No, signora, muy amable, acabo de tomar café. Muchas gracias.

Ella le señaló un sillón y Brunetti fue hacia él, pero, al ver que ella no se sentaba, permaneció de pie.

– Siéntese, por favor, comisario -dijo ella-. Avisaré a mi marido.

Él se inclinó y apoyó una mano en el respaldo del sillón. Una vez más, se acordó de su madre, y de una de sus reglas, la de que un caballero no se sienta estando de pie una señora.

Ella dio media vuelta y salió de la habitación. Brunetti se acercó a la pared del fondo, a contemplar un cuadro. Primo Potenza, pensó, de la generación de excelentes pintores que floreció en la ciudad durante la década de los cincuenta. ¿Qué se había hecho de los pintores? Al parecer, hoy en día, en las galerías todo eran instalaciones de vídeo y declaraciones políticas expresadas en cartón piedra. A uno y otro lado del cuadro, agrupadas en marcos de gran tamaño, estaban las que sin duda eran las fotos de familia. Brunetti las estudió. La estrella era la hija. Con el pelo mucho más corto, montando a caballo, practicando esquí acuático, delante de un árbol de Navidad, al lado de su madre. Años después, en verano, ya con el pelo largo, como ahora, en un muelle, con la mano apoyada en el hombro de un muchacho larguirucho, los dos en bañador, muy sonrientes y muy rubios, aunque el pelo de él, muy espeso, era más rojizo. Según la moda del momento, él tenía tatuajes de lo que parecían dibujos tribales polinesios en torno a los bíceps y las pantorrillas. A Brunetti le resultó ligeramente familiar la cara del chico y, suponiendo que era el hermano, lo atribuyó a aire de familia. La muchacha no aparecía en las dos fotos siguientes: en una, la signora Vivarini, de espaldas a la cámara, contemplaba una pintura abstracta de grandes dimensiones que Brunetti no reconoció. La mujer rodeaba con el brazo los hombros del que debía de ser el mismo muchacho. En la última foto, ella sonreía a la cámara, de la mano de un hombre de mirada franca y boca afable.

– Buon giorno.

Brunetti irguió el cuerpo apartándose de las fotos y se volvió hacia la voz. El hombre que acababa de entrar -el de la foto- tenía un aspecto ligeramente descuidado, a pesar de que el traje y la corbata que llevaba parecían recién estrenados. Brunetti descubrió que el efecto se debía a las ojeras y a unos pelillos blancos que le había dejado en el mentón un mal afeitado. También el pelo, aunque bien cortado y limpio, parecía fatigado, falto de vigor para todo lo que no fuera colgar con flacidez.

El hombre sonrió y tendió la mano: el apretón era más firme que la sonrisa. Intercambiaron los nombres.

Fornari llevó a Brunetti hacia el mismo sillón y esta vez el comisario se sentó.

– Dice mi esposa que desea usted hablar del robo -empezó, cuando se hubo sentado frente a Brunetti. Sus ojos tenían el mismo azul claro que los de su hija, y Brunetti vio en sus facciones la causa de la belleza de la joven: idéntica nariz, recta y fina, dientes perfectos, labios oscuros y bien dibujados. Los ángulos de la mandíbula de ella eran más suaves, pero la fuente de su energía estaba allí.

– Sí -dijo Brunetti-. Su esposa identificó los objetos.

El hombre asintió.

– Nos gustaría aclarar las circunstancias del robo -dijo Brunetti- y tener toda la información que usted o su esposa puedan facilitarnos.

Fornari esbozó una sonrisa que se le quedó en los labios sin llegar a los ojos.

– Siento no poder decirle nada al respecto, comisario. -Antes de que Brunetti pudiera preguntar, Fornari dijo-: Sólo sé lo que me ha contado mi esposa, que alguien consiguió entrar en el apartamento y se llevo esas cosas. -Volvió a sonreír, esta vez más afablemente-. Ustedes nos han devuelto lo que más valor tenia para nosotros -dijo inclinando la cabeza en señal de agradecimiento-. Las otras cosas, las que no se han recuperado, no importan. -En respuesta al gesto de Brunetti, aclaró-: Quiero decir que no tienen valor sentimental. Ni tampoco material. -Volvió a sonreír y añadió-: Lo digo para justificar nuestra reacción al robo. O falta de reacción.

Escuchando a Fornari, y observando cómo trataba de controlar sus facciones, a Brunetti le parecía que aquel hombre estaba haciendo un gran esfuerzo para aparentar falta de interés en aquel delito. Brunetti no podía adivinar cómo reaccionaría él al robo, ni aunque fuera temporal, de su anillo de matrimonio, pero dudaba de que lo aceptara con la augusta y filosófica serenidad que exhibía Fornari. El trabajo que le costaba mantener la calma se hacía más y más evidente a los ojos de Brunetti por el rítmico movimiento con que el índice de su mano derecha frotaba el terciopelo del brazo del sillón. Adelante y atrás, adelante y atrás, de pronto, un rectángulo y otra vez adelante y atrás.

– Lo comprendo -dijo Brunetti con soltura-. A no ser que se trate de algo realmente importante, la mayoría…, en fin -dijo con una sonrisa nerviosa, dando a entender que, en realidad, él no debería decir esto a un civil-, ni se molestan en denunciar un robo. -Se encogió de hombros, en señal de tolerancia de esta humana conducta.

– Creo que tiene usted razón, comisario -dijo Fornari como si la idea fuera nueva para él-. En nuestro caso, ni siquiera habíamos echado de menos esos objetos, y no sé lo que habríamos hecho, de haber sabido que alguien había entrado a robar.

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