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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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Ese era, evidentemente, un problema tan trillado como el propio desvío. Como cuenta Murray Ehrenberg, ex gerente de El Zurdo en el Stardust:

Al principio contaban el dinero los propietarios de los casinos.

Pero el estado no tardó en darse cuenta de que no presentaban cuentas exactas en el pago de impuestos y aprobaron una ley que prohibía a los propietarios entrar en sus salas de contabilidad. Aún hoy en día el propietario tiene prohibido su acceso a la sala de contabilidad.

Dicha legislación significó que los propietarios eligieran a unos hombres de paja que llevaran a cabo dicha tarea por ellos, y al cabo de poco, los hombres de paja se preguntaron: «¿Por qué contar para que se aproveche otro?». Poco después, las cuentas reales no salieron de la sala.

Existieron hombres de paja como Charlie Rich, El Cubo, íntimo amigo de Cary Grant, quien poseía una caja fuerte tan atestada de pilas de diez mil dólares formadas por fajos de billetes de 100 dólares que en una ocasión en que yo estaba presente en su apertura, la tapa saltó disparada. Aquella caja fuerte contenía a buen seguro tres o cuatro millones de dólares.

En la primera época, cuando no había crédito, durante los cincuenta, los sesenta e incluso principios de los setenta, la gente acudía a Las Vegas con dinero en efectivo. Todo el mundo jugaba con dinero contante y sonante. Resultaba casi imposible meter la espátula en la ranura de la mesa de los dados por tantos billetes de cien dólares que se habían acumulado en las cajas de recogida.

Precisamente por esta razón los hombres de paja, que mandaban en la ciudad, consiguieron que se aprobara una ley para expulsar de ésta a los listos, que por otra parte eran los propietarios reales por aquella época. Los hombres de paja se pusieron de acuerdo con los políticos y la poli para que los propietarios de hecho, el hampa, no pudieran pisar la ciudad.

Ciertos hombres de paja como Jake, hermano de Meyer Lansky, fueron los primeros en llevar las cuentas para los de Nueva York. Moe Dalitz fue el primero que las llevó para los del Oeste Medio y Cleveland. Y los jefes, que permanecían en su ciudad, los que constaban en la lista negra de Nevada, no podían moverse y tenían que confiar en sus hombres de paja en las cuentas del dinero.

Ése era el juego. El primer recuento estableció veinte para el Gran Tony y treinta para el sur, directo al bolsillo. Al cabo de poco: «¿Por qué decirle al Gran Tony que son veinte?»

La gente del hampa podía ser dura en su medio, pero fuera de él se les podía manejar fácilmente. Podemos remontarnos hasta Bugsy Siegel. Del Webb cobró a Bugsy cincuenta dólares por un tirador de puerta de cinco dólares y le vendió hasta seis y siete veces las mismas palmeras. Tenía asimismo un grupo de croupiers de blackjack griegos procedentes de Cuba, con un montón de familiares, que en un solo año sacaron suficiente dinero del Flamingo para abrir casinos en todas las islas. Los superjefes de fuera jamás se enteraron.

Aun cuando uno está al corriente de lo que puede suceder, resulta casi imposible controlar el goteo de efectivo de un casino. En el Stardust, por ejemplo, tenemos a un croupier que saca cincuenta dólares al día. El que controla el Ojo, cien dólares al día. Y por la sala circulan millones de dólares. La gente, ¿no acude al trabajo con todo ello en la cabeza? El hampa tiene miles de espías y, a pesar de todo, deja cabos sueltos.

En el Fremont, la sala de contar el dinero estaba en el primer piso, y los guardias de seguridad recogían las cajas de debajo de las mesas, las cargaban en unas carretillas y las llevaban arriba para contar su contenido. Pero, de camino, en el montacargas, con la puerta cerrada, como quiera que disponían de una copia de la llave que abría las cajas, agarraban un puñado de billetes. Nunca cogían una cantidad excesiva de ninguna de las cajas y solían alisar el montón.

Era gente lista. Siempre que podían, daban una vuelta por la sala para comprobar qué mesas estaban más calientes y luego recogían el dinero de las elegidas.

Nadie les habría pescado de no haber sido por la ocasión en que agarraron sin querer un recibo (el justificante de las fichas solicitado por las mesas al cajero), y entonces los auditores, al descubrir que faltaba un justificante de una de las cajas, se dieron cuenta de que alguien metía mano en ellas y se acabó la historia. En el Stardust teníamos técnicos que se hacían de oro. Circulaban por todo el casino sin levantar la menor sospecha. ¿Quién iba a cuestionarles algo? Comprobaban las tuberías, los circuitos eléctricos, el aire acondicionado. ¿Estaban ocupados? ¡Quién sabe! ¿A quién le importa?

Pues bien, uno de los puntos que tenían que controlar continuamente los técnicos era el Ojo; subían hasta allí y si no encontraban a nadie -los jefes eran tan indolentes que no estaban allí las veinticuatro horas controlando- bajaban con una tarjeta azul en el bolsillo. Si encontraban algún control allí, bajaban con una tarjeta roja. La tarjeta azul era la señal para robar. El técnico se quedaba con una parte de lo que robaba el croupier que seguía la señal.

Hoy en día, la estafa en un casino es un delito mayor, por el que se llegan a cumplir entre cinco y veinte años. Pero en aquella época, cuando pescaban a alguien, le pegaban una paliza y lo echaban.

Agosto y Thomas se reunieron para discutir el desvío de dinero del Tropicana con Civella, su hermano Carl y Carl DeLuna en casa de Josephine Mario, cuñada de Carl Civella. La casa de Mario estaba a unos pasos de la de Civella en un barrio italiano, y poseía una gran ventaja: se podía entrar por el garaje, cerrar la puerta de éste y meterse en la casa a partir de ahí, evitando así las miradas de vecinos u otros que pudieran merodear por la zona. Ahora bien, como quiera que el FBI sabía que Civella utilizaba la casa de Mario para las reuniones, había conseguido autorización para instalar en ella unos micrófonos en el comedor del sótano.

Nadie estaba al corriente de ello. La reunión empezó a las diez de la mañana y acabó a las seis de la tarde, y cuando se levantó la sesión se habían grabado siete cintas que constituyeron un hito para las fuerzas del orden: los hermanos Civella, DeLuna, Agosto y Thomas comieron espaguetis, bebieron vino y elaboraron las pautas para el desvío de dinero en un casino. Las grabaciones de casa de Mario constituyeron un extraordinario documento, esclarecedor, divertido, impresionantemente ingenuo; representó la puntilla que puso fin a la influencia de la mafia en Las Vegas. En él, Carl Thomas explicaba cómo funcionaba el desvío en el Tropicana y cómo había funcionado en Argent. Fue explicando a los de Kansas City las ventajas e inconvenientes de los distintos métodos de desvío, empezando por su favorito, simplemente robar el efectivo y acabando con el que menos le convencía, rellenar por triplicado los justificantes y luego retirar el dinero. Habló sobre las formas de alterar el peso de las monedas y los bancos auxiliares. Describió el método que utilizaba en Slots O'Fun, el pequeño casino que funcionaba bajo su control en el Strip, y explicó por qué no podía funcionar en un casino mayor. Filosofaba hablando de que los hombres en los que has depositado la confianza para que roben para ti se ven obligados a robar algo para ellos mismos. Él mismo afirmó en un momento dado de la reunión:

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