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Hombres de armas [Men at Arms - es]

Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:

“¡Sé un HOMBRE en la Guardia de la Ciudad! ¡La Guardia de la Ciudad necesita HOMBRES!”
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
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—A lo máximo que puedes aspirar tú es a ser un guardia a la belle étoile con una coraza barata —dijo Colon, quien miró orgullosamente en torno a él para ver si alguien había reparado en su prodigioso dominio de las lenguas extranjeras—. No, a mí nunca me pillaréis mostrando respeto a un tipo solo porque haya sacado una espada de una piedra. Eso no te convierte en un rey. Ojo —dijo—, alguien que pudiera clavar una espada en una piedra… un hombre así, en cambio, es un rey.

—Un hombre así sería un as —dijo Nobby.

Angua bostezó.

Ding-ding a-ding ding…

—¿Qué demonios es eso? —dijo Colon.

La silla de Zanahoria se inclinó hacia delante con un golpe seco. Rebuscó en su bolsillo y sacó de él una bolsita de terciopelo, que vació encima de la mesa. De ella salió un disco dorado de unos cinco centímetros de diámetro. Cuando Zanahoria presionó un cierre que había en uno de sus lados, el disco se abrió como una almeja. La Guardia, que se había quedado inmóvil, lo miró fijamente.

—¿Esa cosa es un reloj? —preguntó Angua.

—Un modelo de bolsillo —dijo Zanahoria.

—Pues para ser un modelo de bolsillo es muy grande.

—Eso es por el mecanismo de relojería. Tiene que haber sitio para todas las ruedecitas. Los relojes pequeños solo tienen dentro a esos diablillos del tiempo y no duran nada, y de todas maneras siempre están retrasando o adelantando…

Ding-ding a-ding-ding, ding dingle ding ding…

—¡Y toca una melodía! —dijo Angua.

—Cada hora —dijo Zanahoria—. Forma parte del mecanismo de relojería.

Ding. Ding. Ding.

—Y luego da las horas —dijo Zanahoria.

—Pues entonces atrasa —dijo el sargento Colon—. Todos los demás acaban de sonar, tenéis que haberos enterado.

—Mi primo Jorgen hace unos como ese —dijo Cuddy—. Son más de fiar que los demonios, los relojes que funcionan con agua o las velas. O que esos trastos enormes del péndulo.

—Hay un resorte y ruedecitas —dijo Zanahoria.

—La piececita importante —dijo Cuddy, sacando un monóculo de algún lugar de su barba y examinando minuciosamente el reloj.— es un chirimbolo que se balancea de un lado a otro y que evita que las ruedas vayan demasiado deprisa.

—¿Cómo sabe si están yendo demasiado deprisa? —preguntó Angua.

—Es una especie de función incorporada —dijo Cuddy—. Yo mismo no la entiendo demasiado bien. ¿Qué es esta inscripción que hay aquí…?

La leyó en voz alta.

—¿«Para Guardar el Tiempo de, Tus Veijos Amigos de la Guardia»?

—Es un juego de palabras —dijo Zanahoria.

Hubo un largo y embarazoso silencio.

—Mmm. Puse unos cuantos dólares en nombre de cada uno de vosotros los nuevos reclutas —añadió, ruborizándose—. Quiero decir que… podéis devolvérmelos cuando queráis. Si queréis. Porque, bueno, lo que quiero decir es que… habríais terminado siendo amigos suyos. En cuanto hubierais tenido ocasión de llegar a conocerlo.

El resto de la Guardia intercambió miradas.

Zanahoria podía mandar ejércitos, pensó Angua. Realmente podía hacerlo. Algunas personas han servido de inspiración a países enteros, llevándolos a hacer grandes proezas, debido al poder de su visión. Y él también podía hacerlo. No porque sueñe con hordas en marcha, o la dominación del mundo, o un imperio de un millar de años. Es solo porque piensa que todas las personas son decentes en el fondo y que se llevarían estupendamente bien solo con que hicieran ese pequeño esfuerzo, y lo cree tan apasionadamente que esa convicción arde como una llama que es todavía más grande que él. Zanahoria tiene un sueño y todos formamos parte de él, de tal manera que ese sueño moldea al mundo a su alrededor. Y lo curioso es que nadie quiere que se lleve una decepción. Sería como darle una patada al cachorro más grande del universo. Es una especie de magia.

—El oro se está desprendiendo —dijo Cuddy—. Pero es un buen reloj —se apresuró a añadir.

—Esperaba que pudiéramos dárselo esta noche —dijo Zanahoria—. Y que luego saliéramos todos juntos a tomar una… copa…

—No es una buena idea —dijo Angua.

—Dejémoslo para mañana —dijo Colon—. Cuando vayamos a la boda, formaremos una guardia de honor. Eso es tradicional. Todo el mundo levanta su espada formando una especie de arco.

—Solo tenemos una espada entre todos nosotros —dijo Zanahoria con voz lúgubre. Todos miraron el suelo.

—No es justo —dijo Angua—. Me da igual quién le robó lo que fuese que les robaron a los asesinos, pero el capitán Vimes hacía bien tratando de averiguar quién mató al señor Martillogrande. Y Lettice Knibbs no le importa a nadie.

—Me gusta averiguar quién me disparó —dijo Detritus.

—Lo que no entiendo es por qué alguien puede ser lo bastante imbécil como para robarles a los asesinos —dijo Zanahoria—. Eso fue lo que dijo el capitán Vimes. Dijo que habría que ser payaso para que se te ocurriera colarte en ese sitio. Volvieron a mirar el suelo.

—¿Como un payaso o un bufón? —preguntó Detritus.

—Detritus, el capitán no se refería a un payaso de gorro y campanillas —dijo Zanahoria, amablemente—. Solo quería decir que tendrías que ser un poco idio…

Se calló y miró el techo.

—Oh, vaya —dijo—. ¿Es tan sencillo como eso?

—¿Tan sencillo como qué? —preguntó Angua.

Alguien llamó con fuerza, a la puerta. La llamada no tenía nada de cortés. Aquellos eran los golpes de alguien que haría que le abrieran la puerta o la echaría abajo.

Un guardia entró tambaleándose en la habitación y se desplomó. La mitad de su armadura había desaparecido y tenía un ojo negro, pero todavía era reconocible como Skully Muldoon de la Guardia Diurna.

Colon le ayudó a levantarse.

—¿Te has metido en alguna pelea, Skully?

Skully alzó la mirada hacia Detritus y gimoteó.

—¡Los muy cabrones atacaron la Casa de la Guardia!

—¿Quiénes?

—¡Ellos!

Zanahoria le dio unas palmaditas en el hombro.

—Este no es un troll —dijo—. Este es el guardia interino Detritus… no saludes. ¿Unos trolls atacaron a la Guardia Diurna?

—¡Están tirando adoquines!

—No puedes confiar en ellos —dijo Detritus.

—¿En quiénes? —preguntó Cráneo.

—Los trolls. En mi opinión, son una pandilla de revoltosos —dijo Detritus, con toda la convicción de un troll que lleva una placa—. Necesitan que se les eche un ojo de cuando en cuando.

—¿Qué le ha ocurrido a Quirke? —preguntó Zanahoria.

—¡No lo sé! ¡Tenéis que hacer algo!

—Nos han dejado fuera del servicio —dijo Colon—. Es oficial.

—¡No me vengas con esas!

—Ah —dijo Zanahoria con súbita animación. Sacó un trozo de lápiz de su bolsillo e hizo una pequeña señal en el cuaderno negro—. ¿Todavía tiene esa casita en la calle Tranquila, sargento Muldoon?

—¿Qué? ¿Qué? ¡Sí! ¿Qué pasa con ella!

—¿Y la renta es superior a un cuarto de penique al mes?

Muldoon lo miró con el único ojo operativo.

—¿Tú eres tonto o qué?

Zanahoria le dirigió una gran sonrisa.

—Lo soy, sargento Muldoon. Pero ¿es esa la cantidad? ¿Diría usted que la renta es de un cuarto de penique?

—¿Hay enanos corriendo por las calles en busca de pelea y tú quieres saber a cómo están los precios de las propiedades inmobiliarias?

—¿Un cuarto de penique?

—¡No seas bobo! ¡Una casa así cuesta al menos cinco dólares al mes!

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