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Hombres de armas [Men at Arms - es]

Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:

“¡Sé un HOMBRE en la Guardia de la Ciudad! ¡La Guardia de la Ciudad necesita HOMBRES!”
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
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—Ah —dijo Zanahoria, haciendo otra señal en el cuaderno—. Eso será por la inflación, naturalmente. Y supongo que tendrá usted una marmita para cocinar… ¿Es propietario de al menos dos-acres-y-un-tercio y de más de la mitad de una vaca?

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Muldoon—. Esto es algún tipo de broma, ¿verdad?

—Creo que probablemente podemos pasar por alto los requisitos de propiedad —dijo Zanahoria—. Aquí pone que se puede omitir para un ciudadano respetable que goce de una buena posición. Por último, ¿ha habido, en su opinión, un quebrantamiento irreparable de la ley y el orden en la ciudad?

—¡Volcaron el carrito de Ruina Escurridizo y le obligaron a comerse dos de sus salchichas-en-un-panecillo!

—¡Oh, caramba! —dijo Colon.

—¡Sin mostaza!

—Me parece que eso cuenta como un Sí —dijo Zanahoria Volvió a hacer una señal en la página, y cerró el cuaderno con u resuelto chasquido—. Bueno, será mejor que nos pongamos en marcha —añadió después.

—Se nos dijo que… —empezó a decir Colon.

—Según las Leyes y Ordenanzas de Ankh-Morpork —dijo Zanahoria—, cualquier residente de la ciudad, en tiempos de quebrantamiento irreparable de la ley y el orden y a petición de un oficial de la ciudad que sea un ciudadano respetable… aquí hay un montón de cosas acerca de la propiedad y demás, y luego sigue diciendo… deberá formar en una milicia para la defensa de la ciudad.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Angua.

—Milicia… —dijo el sargento Colon con voz pensativa.

—¡Eh, espera! ¡No puedes hacer eso! —dijo Muldoon—. ¡Es una estupidez!

—Es la ley. Nunca ha sido derogada —dijo Zanahoria.

—¡Nunca hemos tenido una milicia! ¡Nunca hemos necesitado una!

—Hasta ahora, me parece.

—Mira, vosotros vais a volver al Palacio conmigo —dijo Muldoon—. Sois hombres de la Guardia…

—Y vamos a defender la ciudad —dijo Zanahoria.

La multitud pasaba a toda prisa por delante de la Casa de la Guardia. Zanahoria detuvo a una pareja recurriendo a un método tan simple como extender la mano.

—El señor Poppley, ¿verdad? —dijo—. ¿Qué tal va la tienda? Hola, señora Poppley.

—¿No se ha enterado? —dijo el hombre, que parecía muy acalorado—. ¡Los trolls han prendido fuego al Palacio!

Siguió la dirección de la mirada de Zanahoria hasta el final de la Vía Ancha, donde el Palacio alzaba su oscura mole bajo la claridad del atardecer. Llamas ingobernables se negaban a salir de cada ventana.

—No me diga —murmuró Zanahoria.

—¡Y hay enanos rompiendo ventanas y de todo! —dijo el tendero—. ¡No hay ni un perro a salvo!

—No puedes confiar en ellos —dijo Cuddy.

El tendero le miró fijamente.

—¿Eres un enano? —dijo.

—¡Asombroso! No entiendo cómo se las apañan para adivinarlo —dijo Cuddy.

—¡Bueno, pues yo me largo! ¡No me quedaré aquí para ver cómo los pequeños demonios abusan de la señora Poppley! ¡Ya saben lo que dicen acerca de los enanos!

La Guardia contempló cómo la pareja volvía a incorporarse a la multitud.

—Bueno, pues yo no lo sé —dijo Cuddy sin dirigirse a nadie en particular—. ¿Qué es lo que dicen acerca de los enanos?

Zanahoria detuvo a un hombre que empujaba una carretilla.

—¿Le importaría contarme lo que está pasando, señor? —le dijo.

—¿Y sabe qué es lo que dicen acerca de los enanos? —preguntó una voz detrás de él.

—Ese no es un señor, ese es Ruina —dijo Colon—. ¡Y fíjate en el color que tiene!

—¿Debería estar reluciente todo él? —preguntó Detritus.

—¡Me encuentro estupendamente! ¡Me encuentro estupendamente! —dijo Escurridizo—. ¡Ja! ¡Eso le enseñará a la gente a meterse con la calidad de mi mercancía!

—¿Qué está pasando, Escurridizo? —dijo Colon.

—Dicen que… —empezó a balbucear Escurridizo, que tenía la cara verde.

—¿Quién lo dice? —preguntó Zanahoria.

Ellos lo dicen —dijo Escurridizo—. Ya sabe. Ellos. Todo el mundo. Dicen que los trolls han matado a alguien en Hermanas Dolly y que los enanos han destrozado el taller de cerámica nocturna de Pizarroso el troll y que han derribado el Puente de Latón y…

Zanahoria miró calle arriba.

—Acabas de pasar por el Puente de Latón —dijo.

—Sí, bueno… eso es lo que dicen —replicó Escurridizo.

—Oh, ya veo —dijo Zanahoria, y se irguió.

—¿Y por casualidad no dijeron… así como de pasada… nada más acerca de los enanos ? —preguntó Cuddy.

—Me parece que vamos a tener que ir a hablar con la Guardia Diurna acerca del arresto de Caradecarbón —dijo Zanahoria.

—No tenemos armas —dijo Colon.

—Estoy seguro de que Caradecarbón no ha tenido nada que ver con el asesinato de Martillogrande —dijo Zanahoria—. Estamos armados con la verdad. ¿Qué puede hacernos daño si vamos armados con la verdad?

—Bueno, pues por ejemplo un dardo de ballesta puede atravesarte el ojo y salirte por la parte de atrás de la cabeza —dijo el sargento Colon.

—De acuerdo, sargento —dijo Zanahoria—. ¿Dónde tenemos que ir para conseguir unas cuantas armas más?

El Arsenal recortaba su oscura mole contra el crepúsculo.

Resultaba bastante extraño encontrar un arsenal en una ciudad tan decidida a confiar en el engaño y el disimulo, el soborno y la asimilación para derrotar a sus enemigos como lo estaba Ankh-Morpork; pero, como dijo el sargento Colon, una vez que habías conseguido ganarles las armas necesitabas algún sitio donde poder guardarlas.

Zanahoria llamó a la puerta con los nudillos. Pasados unos momentos se oyeron pasos, y una ventanita se deslizó a un lado. Una voz llena de suspicacia dijo:

—¿Sí?

—Cabo Zanahoria, milicia de la ciudad.

— Nunca he oído hablar de ella. Vete a la mierda.

El pestillo de la ventanita se volvió a cerrar. Zanahoria oyó reírse burlonamente a Nobby. Volvió a llamar a la puerta.

—¿Sí?

— Soy el cabo Zanahoria— El pestillo se movió, pero chocó con la porra de Zanahoria cuando este la incrustó en el agujero—. Y estoy aquí para recoger unas cuantas armas para mis hombres.

— ¿Sí? ¿Y dónde está tu autoridad?

— ¿Qué? Pero soy…

La porra fue apartada de un manotazo y el pestillo quedó colocado.

—Disculpa —dijo el cabo Nobbs pasando junto a Zanahoria—. Déjame probar a mí. Ya he estado aquí antes, en cierto modo.

Pateó la puerta con sus botas de puntera de acero, conocidas y temidas dondequiera que hubiese hombres en el suelo que no se hallasen en condiciones de devolver el ataque.

El pestillo se descorrió.

—Te dije que te fueras a…

—Inspectores —dijo Nobby.

Hubo un momento de silencio.

—¿Qué?

—Venimos a hacer inventario.

—¿Dónde está tu autor…?

—¿Oh? ¿Oh? ¿Pregunta que dónde está mi autoridad? —Nobby se volvió hacia los guardias con una sonrisa sarcástica en los labios—. ¿Oh? Me hace esperar por aquí mientras sus amigotes van por la parte de atrás para traer las cosas de allí donde las tenían guardadas, ¿eh?

—Pero si…

—Y luego, sí, nos hará el viejo truco de las mil espadas, ¿verdad? Hay cincuenta cajas amontonadas una encima de otra y al final resulta que las cuarenta del fondo están llenas de rocas, ¿no?

—Yo…

—¿Cómo se llama usted, caballero?

—Yo…

—¡Abra esta puerta ahora mismo!

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