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Hombres de armas [Men at Arms - es]

Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:

“¡Sé un HOMBRE en la Guardia de la Ciudad! ¡La Guardia de la Ciudad necesita HOMBRES!”
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
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Zanahoria había estado mirando la pared. Ahora sacó de su bolsillo un maltrecho cuadernillo negro y empezó a pasar las páginas.

—Decidme una cosa —murmuró, hablando con una voz ligeramente distante—. ¿Ha habido algún quebrantamiento irreparable de la ley y el orden?

—Sí. Durante unos quinientos años —dijo Colon—. Un quebrantamiento irreparable de la ley y el orden es justo lo que es Ankh-Morpork.

—No, me refería a algo que se saliera de lo habitual. Es importante —dijo Zanahoria pasando una página. Sus labios se movieron en silencio mientras leía.

—Tirarme cosas suena como un quebrantamiento de la ley y el orden —dijo Nobby.

Se dio cuenta de las caras que estaban poniendo todos.

—No creo que pudiéramos hacer que colara —dijo Zanahoria.

—Pues te aseguro que algunas de esas cosas se me colaron dentro de la camisa —dijo Nobby—. Y unas cuantas se me quedaron pegadas.

—¿Por qué te tiraron cosas? —preguntó Angua.

—Pues porque yo era un guardia, por eso —dijo Nobby—. A los enanos no les gusta la Guardia por lo que le ocurrió al señor Martillogrande, y a los trolls no les gusta la Guardia por el arresto de Caradecarbón, y a la gente no le gusta la Guardia porque ahora hay montones de enanos y de trolls enfurecidos que van dando vueltas por ahí.

Alguien llamó ruidosamente a la puerta.

—Probablemente sea una turba enfurecida —dijo Nobby.

Zanahoria abrió la puerta.

—No es una turba enfurecida —anunció.

—Oook.

—Es un orangután que lleva a un enano aturdido seguido un troll. Pero por si te sirve de algo, está bastante enfurecido.

El mayordomo de lady Ramkin, Willikins, le había preparado un gran baño a Vimes. ¡Ja! Mañana Willikins sería su mayordomo, y aquel sería su baño.

Y aquel no era uno de los viejos baños hasta la cadera que se podían arrastrar por el suelo hasta dejarlos delante del fuego, no. La mansión Ramkin recogía el agua del tejado dentro de una gran cisterna, después de haber sacado de ella a las palomas, y luego el agua la calentaba por un antiguo géiser[24] y fluía a lo largo de cañerías de plomo que gemían y tamborileaban hasta llegar a un par de enormes grifos de latón, y de ahí a una bañera esmaltada. Había cosas dispuestas encima de una toalla junto a ella: enormes cepillos para frotarse, tres clases de jabón, una esponja de mano.

Willikins esperaba pacientemente junto a la bañera, como un toallero apenas calentado.

—¿Sí? —dijo Vimes.

—Su señoría… es decir, el padre de la señora… siempre pedía que se le frotara la espalda —dijo Willikins.

—Ve y ayuda al viejo géiser a calentar el horno —dijo Vimes con firmeza.

Cuando se hubo quedado solo, salió de su coraza y la tiró en un rincón. A la coraza le siguió la camisa de cota de malla, y el casco, y la bolsa del dinero, y las distintas prendas de cuero y algodón que se interponían entre un guardia y el mundo.

Y luego se sumergió, al principio cautelosamente, en el agua jabonosa.

—Prueba jabón. Jabón dará resultado —dijo Detritus.

—Estáte quieto, ¿quieres? —dijo Zanahoria.

—¡Me vas a arrancar la cabeza del cuello!

—Adelante, enjabónale cabeza.

—¡Enjabónate tú la tuya!

Hubo un súbito tung y el casco de Cuddy se desprendió de su cabeza.

Cuddy emergió a la luz, parpadeando. Enfocó la mirada en el Bibliotecario, y gruñó.

—¡Me atizó en la cabeza!

—Oook.

—Dice que salisteis a través del suelo —dijo Zanahoria.

—¡Eso no es razón para atizarme en la cabeza!

—Algunas de las cosas que salen del suelo en la Universidad Invisible ni siquiera tienen cabeza —dijo Zanahoria.

—¡Oook!

—O tienen centenares. ¿Por qué estabais cavando ahí abajo?

—No cavábamos ahí abajo. Cavábamos hacia arriba.

Zanahoria se sentó y escuchó. Solo interrumpió en dos ocasiones.

—¿Os disparó?

—Cinco veces —dijo Detritus, visiblemente contento—. He de comunicar daño en coraza, pero no en parte de atrás debido a que afortunadamente mi cuerpo se interpuso, salvando así valiosa propiedad ciudadana por valor de tres dólares.

Zanahoria siguió escuchando durante un rato.

—¿Alcantarillas? —terminó diciendo.

—Es como toda la ciudad, en el subsuelo. Vimos coronas y cosas talladas en las paredes.

A Zanahoria le brillaron los ojos.

—¡Eso quiere decir que tienen que datar de los días en que teníamos reyes! Y cuando empezamos a reconstruir una y otra vez la ciudad, nos olvidamos de que estaban allí abajo…

—Mmm… Eso no es todo lo que hay ahí abajo —dijo Cuddy—. Encontramos… algo.

—¿Oh?

—Algo malo.

—No te gustará nada —dijo Detritus—. Malo, malo, malo. Incluso peor.

—Pensamos que sería mejor dejarlo allí —dijo Cuddy—, debido a que era una Prueba. Pero tendrías que verlo.

—Pondrá todo patas arriba —dijo el troll, empezando a meterse en el papel.

—¿Qué era?

—Si te lo decimos, tú dices, estúpida gente étnica, me estáis tocando las nances —dijo Detritus.

—Así que será mejor que vengáis y lo veáis —dijo Cuddy.

El sargento Colon miró al resto de la Guardia.

—¿Todos nosotros? —preguntó nerviosamente—. Ejem. ¿No crees que un par de oficiales con experiencia deberían quedarse aquí arriba? ¿Por si ocurre algo?

—¿Te refieres a si ocurre algo aquí arriba? —preguntó Angua, hablando en un tono bastante ácido—. ¿O a si ocurre algo allá abajo?

—Iré con el guardia interino Cuddy y el guardia interino Detritus —dijo Zanahoria—. No creo que nadie más deba venir.

—¡Pero podría ser peligroso! —dijo Angua.

—Si encuentro a la persona que les ha estado disparando a unos guardias —dijo Zanahoria—, lo será.

Samuel Vimes estiró la pierna y abrió el grifo del agua caliente con el dedo gordo del pie.

Hubo una respetuosa llamada a la puerta, y Willikins entró a paso de mayordomo.

—¿El señor deseará alguna cosa?

Vimes se lo pensó.

—Lady Ramkin dijo que usted no desearía nada de alcohol —dijo Willikins, como si le estuviera leyendo los pensamientos.

—¿Lo dijo?

—Enfáticamente, señor. Pero tengo aquí un puro excelente.

Torció el gesto cuando Vimes le arrancó el extremo de un mordisco al puro y lo escupió por encima del borde de la bañera, pero acto seguido sacó una caja de fósforos del bolsillo y se lo encendió.

—Gracias, Willikins. ¿Cuál es tu nombre propio?

—¿Nombre propio, señor?

—Quiero decir que cómo te llama la gente cuando ha llegado a conocerte un poco mejor.

—Willikins, señor.

—Oh. Bien, de acuerdo. Bueno. Puedes irte, Willikins.

—Sí, señor.

Vimes volvió a recostarse dentro del agua caliente. La voz interior seguía estando presente en algún lugar, pero intentó no prestarle ninguna atención. A esta hora, estaba diciendo la voz, estarías procediendo por la calle de los Dioses Menores, justo al lado de ese muro de la ciudad antigua en el que podías hacer un alto y liarte un pitillo estando resguardado del viento…

Para ahogar a la voz, Vimes empezó a cantar con toda la potencia de sus pulmones.

Las alcantarillas cavernosas que había debajo de la ciudad resonaban con los ecos de voces humanas y casi humanas por primer vez en milenios.

—Aibó…

—… aibó…

—Oook oook oook oook oook…

—¡Vosotros todos estúpidos!

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24

El cual accionaba el fuelle de la caldera.

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