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Hombres de armas [Men at Arms - es]

Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:

“¡Sé un HOMBRE en la Guardia de la Ciudad! ¡La Guardia de la Ciudad necesita HOMBRES!”
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
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La ventanita se cerró. Hubo un ruido de pestillos que abría alguien que no estaba nada convencido de que aquello fuera una buena idea, y que empezaría a hacer preguntas dentro de unos momentos.

—¿Llevas algún papel encima, Fred? ¡Rápido!

—Sí, pero… —dijo el sargento Colon.

—¡Cualquier papel! ¡Ya!

Colon rebuscó en su bolsillo y le entregó a Nobby su factura de la tienda en el mismo instante en que se abría la puerta. Nobby entró por ella como una exhalación, obligando al hombre que había dentro a andar hacia atrás.

—¡No se le ocurra huir! —le gritó Nobby—. No he encontrado nada que esté mal…

—Yo no iba a…

—¡…TODAVÍA!

Zanahoria tuvo tiempo para hacerse una impresión rápida de un lugar cavernoso lleno de sombras complicadas. Aparte del hombre, que estaba más gordo que Colon, había un par de trolls que parecían estar accionando una piedra de molino. Los acontecimientos actuales no parecían haber llegado a entrar en sus duras molleras.

—De acuerdo, que nadie se deje llevar por el pánico, basta con que dejen lo que están haciendo, dejen de hacer lo que están haciendo, por favor. Soy el cabo Nobbs, de la Auditoría de Inspección de Ordenanzas de la Ciudad de Ankh-Morpork… —Agitó el papel delante de los ojos del hombre a una velocidad que no permitía ver nada de lo que hubiera escrito en él, y la voz de Nobby desfalleció un poco mientras se pensaba el final de la frase—… oficina… auditor… inspección… especial… para el Departamento. ¿Cuántas personas trabajan aquí?

—Solo yo…

Nobby señaló a los trolls.

—¿Y qué me dice de ellos?

El hombre escupió en el suelo.

—Oh, pensaba que se refería a personas.

Zanahoria extendió la mano automáticamente y esta chocó con la coraza de Detritus.

—Bueno, bueno —dijo Nobby—. Vamos a ver qué tenemos por aquí… —Fue andando rápidamente junto a los soportes, de tal manera que todo el mundo tuvo que apretar el paso para no quedarse atrás—. ¿Qué es esto?

—Ejem…

—No lo sabe, ¿eh?

—Claro que lo sé… es… es…

—¿Una ballesta de asedio de quinientos kilos con triple cuerda y el torno de doble acción?

—Eso.

—¿Y verdad que esto es una ballesta reforzada klatchiana con el mecanismo de montaje tipo pata de cabra y la bayoneta colocada debajo del eje inferior?

—Ejem… ¿sí?

Nobby sometió a la ballesta a un somero examen y luego la tiró a un lado.

El resto de la Guardia Nocturna lo estaba mirando con asombro. Nunca se había sabido que Nobby sostuviera ninguna arma más allá de un cuchillo.

.—¿Tiene alguno de esos arcos hershebianos de doce disparos con el alimentador de gravedad? —preguntó secamente.

.—¿Eh? Lo que ve es lo que tenemos, señor.

Nobby cogió una ballesta de caza de su soporte. Sus flacos brazos vibraron cuando tiró de la palanca que cargaba el arma.

—¿Ha vendido todos los dardos para esta cosa o qué?

—¡Están aquí mismo!

Nobby seleccionó uno del estante y lo metió en su ranura. Luego tomó puntería mirando a lo largo del eje. Se volvió.

—Me gusta este inventario —dijo Nobby—. Nos lo llevaremos todo.

La mirada del hombre se deslizó a lo largo del eje hasta encontrarse con los ojos de Nobby y, para la horrorizada admiración de Angua, no se desmayó.

—Esa ballestita de nada no me asusta —dijo.

—¿Esta ballestita de nada no le asusta? —dijo Nobby—. No. Claro. Esto es una ballestita de nada. Una ballestita como esta nunca asustaría a un hombre como usted, porque es una ballestita insignificante. Haría falta una ballesta bastante más grande para asustar a un hombre como usted.

Angua habría dado un mes de paga para ver la cara del encargado del arsenal desde delante. Había visto cómo Detritus levantaba del suelo el lanzavirotes de asedio, lo montaba con una sola mano y un gruñido apenas audible, y daba un paso adelante. Ahora pudo imaginarse a los globos oculares girando cuando la frialdad del metal atravesó el enrojecido cogote del encargado del arsenal.

—La que tiene justo detrás de usted, en cambio, esa sí que es una gran ballesta —dijo Nobby.

No se trataba tanto de que la punta de aquella saeta de hierro de un metro ochenta centímetros de longitud fuera afilada. Se suponía que debía atravesar puertas, no ser utilizada en operaciones quirúrgicas.

—¿Puedo apretar el gatillo ya? —retumbó la voz de Detritus, justo en la oreja del hombre.

—¡No se atreverán a disparar esta cosa aquí dentro! ¡Es un arma de asedio! ¡El dardo atravesaría la pared!

—Sí, terminaría atravesándola —dijo Nobby.

—¿Para qué esta cosa? —preguntó Detritus.

—Bueno, mira…

—Espero que este trasto haya recibido el mantenimiento adecuado —dijo Nobby—. Porque estos trastos siempre son muy propensos a sufrir la fatiga de los metales. Especialmente en el mecanismo del seguro.

—¿Qué es un seguro? —preguntó Detritus.

Todo quedó sumido en un profundo silencio.

Zanahoria encontró su voz, que se había ido muy lejos de allí.

—¿Cabo Nobbs?

—¿Siseñor?

—De ahora en adelante yo me encargaré de esto, si no le importa.

Apartó con mucha delicadeza la ballesta de asedio, pero a Detritus no le había gustado nada aquello de las «personas» y se empeñaba en volver a ponerla donde había estado antes.

—Verán, este elemento de coacción no me gusta nada —dijo Zanahoria—. No hemos venido aquí para amedrentar a este pobre hombre. Es un empleado de la ciudad, al igual que nosotros. Hace usted muy mal al asustarlo. ¿Por qué no se limita a preguntar?

—Lo siento, señor —dijo Nobby.

Zanahoria le dio unas palmaditas en el hombro al encargado del arsenal.

—¿Podemos llevarnos unas cuantas armas? —preguntó.

—¿Qué?

—¿Unas cuantas armas? ¿Para propósitos oficiales?

El encargado del arsenal no parecía ser muy capaz de hacer frente a aquello.

—¿Quiere decir que tengo elección? —preguntó.

—Oh, por supuesto que sí. En Ankh-Morpork practicarnos la actividad policial basándonos en el consentimiento. Si usted se siente incapaz de acceder a nuestra petición, lo único que tiene que hacer es decirlo.

Hubo un tenue bong cuando la punta de la saeta de hierro volvió a topar con la parte de atrás del cráneo del encargado del arsenal. El hombre buscó en vano algo que decir, porque la única palabra que se le ocurría en aquellos momentos era: «¡Fuego!».

—Uh —dijo finalmente—. Uh. Sí. Claro. Desde luego. Cojan lo que quieran.

—Estupendo, estupendo. Y el sargento Colon le dará un recibo, añadiendo naturalmente que usted nos entrega las armas por voluntad propia.

—¿Por voluntad propia?

—Es usted totalmente libre de hacer lo que quiera, claro está.

El rostro del hombre se frunció en un desesperado esfuerzo de reflexión.

—Bueno, supongo que…

—¿Sí?

—Supongo que pueden llevárselas. Sí, llévenselas enseguida.

—Bravo. ¿Tiene una carretilla?

—¿Y no sabrá por casualidad qué es lo que dicen acerca de los enanos? —preguntó Cuddy.

Angua volvió a tener la vaga impresión de que el alma de Zanahoria carecía de ironía. Creía firmemente en cada una de las palabras que decía. Si el hombre se hubiera mantenido en sus trece, Zanahoria probablemente se habría dado por vencido. Naturalmente, había una pequeña distancia entre «probablemente» y «sin duda».

Nobby había llegado al final de la hilera, soltando algún que otro chillido de deleite cuando encontraba un martillo de guerra interesante o un sable de aspecto especialmente malévolo. Estaba tratando de sostener todas las armas a la vez.

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