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Hombres de armas [Men at Arms - es]

Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:

“¡Sé un HOMBRE en la Guardia de la Ciudad! ¡La Guardia de la Ciudad necesita HOMBRES!”
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
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—Pero… —empezó a decir Zanahoria.

—Eso era una orden. Puede que no sirva para nada más, pero todavía soy perfectamente capaz de ordenarte que abras la puerta, ¡así que abre la puerta!

Quirke venía acompañado por media docena de miembros de la Guardia Diurna. Llevaban ballestas. En deferencia al hecho de que estaban haciendo un trabajo levemente desagradable que involucraba a otros agentes de la ley, las mantenían ligeramente apuntadas hacia abajo. En deferencia al hecho de que no eran idiotas, les habían quitado los seguros.

En realidad, Quirke no era un mal tipo. Carecía de la imaginación necesaria para ello. Lo suyo era más bien esa especie de antipatía general que oscurece ligeramente el alma de todos aquellos que entran en contacto con ella.[22] Muchas personas desempeñan trabajos que les vienen un poco grandes, pero hay varias maneras de reaccionar ante la situación. A veces esas personas se muestran muy amables y un poco agobiadas, y a veces son Quirke. Quirke hacía frente a ese tipo de situaciones con una máxima: da igual que tengas razón o estés equivocado, con tal de que seas muy claro y decidido. Hablando a grandes rasgos, en Ankh-Morpork no existe ningún prejuicio racial auténtico: cuando tienes enanos y trolls, el mero color que tengan otros humanos no es una cuestión demasiado importante. Pero Quirke era la clase de hombre al que le sale de manera natural pronunciar la palabra negro con dos g.

Lucía un sombrero adornado con un penacho de plumas.

—Entre, entre —dijo Vimes—. No estábamos haciendo nada importante.

—Capitán Vimes…

—No pasa nada. Ya lo sabemos. Dadle vuestras armas, gente. Es una orden, Zanahoria. Una espada del modelo oficial, una pica o alabarda, un palo nocturno o porra, una ballesta. Es eso, ¿verdad, sargento Colon?

—Siseñor.

La vacilación de Zanahoria solo duró un instante.

—Oh, bueno —dijo—. Mi espada oficial está en el soporte.

—Y esa que cuelga de su cinturón, ¿qué es?

Zanahoria no dijo nada. No obstante, cambió ligeramente de postura. Sus bíceps tensaron el cuero de su jubón.

—La espada oficial. Muy bien —dijo Quirke. Se volvió. Quirke era una de esas personas que retroceden cuando se las ataca vigorosamente, pero que atacan sin piedad a todo lo que sea débil—. ¿Dónde está el chupapiedras? —preguntó—. ¿Y la roca?

—Ah —dijo Vimes—, ¿se está refiriendo a esos miembros representativos de nuestras especies hermanas en la inteligencia que han elegido unir su suerte a la gente de esta ciudad?

—Me refiero al enano y al troll —dijo Quirke.

—No tengo ni la más remota idea —dijo Vimes alegremente.

Angua tuvo la vaga impresión de que volvía a estar borracho, suponiendo que las personas pudieran emborracharse de desesperación.

—No lo sabemos, señor —dijo Colon—. No les hemos visto en todo el día.

—Probablemente estarán peleándose en el Camino de la Cantera con el resto de ellos —dijo Quirke—. No puedes confiar en ese tipo de gente. Ya deberían saberlo.

Y Angua también tuvo la impresión de que si bien palabras como mediapinta y chupapiedras resultaban ofensivas, eran como términos de hermandad universal comparadas con palabras como «ese tipo de gente» en la boca de hombres como Quirke. Para su perplejidad, descubrió que su mirada no se apartaba de la yugular de aquel hombre.

—¿Peleándose? —dijo Zanahoria—. ¿Por qué?

Quirke se encogió de hombros.

—¿Quién sabe?

—Bueno, dejadme pensar —dijo Vimes—. Podría tener algo que ver con un arresto equivocado. Podría tener algo que ver con los enanos más revoltosos a los que les basta con cualquier excusa para ir a meterse con los trolls. ¿Qué piensa usted, Quirke?

—Yo no pienso, Vimes.

—Hace bien. Es usted justo el tipo de hombre que necesita la ciudad.

Vimes se levantó.

—Bueno, pues en ese caso me voy —dijo—. Os veré a todos mañana. Si es que hay un mañana.

La puerta se cerró detrás de él con un ruidoso portazo.

Aquella cámara era enorme. Tenía las dimensiones de una plaza de ciudad, con pilares espaciados cada pocos metros para sostener el techo. Había túneles irradiando de ella en todas las direcciones, y a distintas alturas en las paredes. El agua manaba de muchos de ellos procedente de pequeños manantiales y arroyos subterráneos.

Ese era el problema. La película de agua que se deslizaba sobre el suelo de piedra de la cámara había borrado cualquier rastro de las huellas.

Un túnel muy grande, casi obstruido por escombros y sedimentos, se alejaba de la cámara yendo en lo que Cuddy estaba bastante seguro era la dirección del estuario.

El lugar casi resultaba agradable. No había ningún olor, aparte de una tenue traza de humedad como la que queda atrapada debajo de una piedra. Y hacía fresco.

—He visto grandes salones de los enanos en las montañas —dijo Cuddy—, pero he de admitir que esto es otra cosa.

Su voz creó ecos que rebotaron por toda la cámara.

—Oh, sí —dijo Detritus—. Tiene que ser alguna otra cosa, porque no es un salón de los enanos en las montañas.

—¿Ves alguna manera de subir?

—No.

—Podríamos haber pasado de largo delante de una docena de caminos que llevan a la superficie y no haberlo sabido.

—Sí —dijo el troll—. Es un problema peliagudo.

—¿Detritus?

—¿Sí?

—¿Sabías que aquí abajo, donde no hace tanto calor, estás empezando a volverte más inteligente de nuevo?

—¿De veras?

—¿Podrías utilizar esa inteligencia para pensar en una manera de salir de aquí?

—¿Cavando? —sugirió el troll.

Había bloques caídos aquí y allá en los túneles. No muchos, porque el lugar estaba muy bien construido.

—No. No tengo una pala —dijo Cuddy.

Detritus asintió.

—Dame tu coraza —dijo.

La dejó apoyada en la pared. Su puño la golpeó unas cuantas veces. Luego se la devolvió a Cuddy. Ahora tenía, más o menos, la forma de una pala.

—Hay que recorrer mucha distancia hasta llegar arriba —dijo Cuddy con voz dubitativa.

—Pero conocemos el camino —dijo Detritus—. Es eso, o quedarte aquí abajo comiendo rata durante el resto de tu vida.

Cuddy titubeó. La idea tenía un cierto atractivo…

—Sin ketchup —añadió Detritus.

—Creo que vi una piedra caída no muy lejos de aquí —dijo el enano.

El capitán Quirke paseó la mirada por la sala de la Guardia con el aire de alguien que le está haciendo un favor al escenario al contemplarlo.

—Muy agradable —dijo—. Me parece que nos trasladaremos aquí. Estaremos mejor que en los cuarteles que hay cerca del Palacio.

—Pero aquí estamos nosotros —dijo el sargento Colon.

—Entonces tendrán que apretarse un poco —dijo el capitán Quirke.

Miró a Angua. La fijeza con que lo miraba aquella joven estaba empezando a ponerle un poco nervioso.

—También habrá unos cuantos cambios —dijo. La puerta se abrió con un crujido detrás de él y un perrito que olía bastante mal entró en la sala.

—Pero lord Vetinari no ha dicho quién va a mandar la Guardia Nocturna —dijo Zanahoria.

—Oh, ¿sí? Pues a mí me parece, a mi me parece —dijo Quirke—, que no es probable que vaya a ser uno de ustedes, ¿eh? Me parece que lo más probable es que se combinen las Guardias. Me parece que hay mucho desbarajuste por aquí. Me parece que esto es una olla de grillos.

Volvió a mirar a Angua. Su manera de mirarle estaba sacándole de quicio.

—Me parece… —volvió a empezar Quirke, y entonces reparó en el perro—. ¡Miren esto!—dijo—. ¡Perros en la Casa de la Guardia! —Le atizó una patada enérgica a Gaspode y sonrió cuando el perro se apresuró a buscar refugio debajo de la mesa con un chillido.

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22

Algo así como cualquier empresa ferroviaria.

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