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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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– ¿Y si no?

El tipo dejó la bolsa en el suelo, entre sus piernas.

– Si no, te parto la cabeza.

Le encantó, era evidente.

– Vaya, guarrilla, pareces lista. Puedes largarte con esa yonqui asquerosa o subir conmigo. ¿Qué te parece? Por mí, esa cerda puede quedarse pudriéndose donde quiera si subes.

Estaba intentando tocarla cuando su grasiento barrigón recibió el duro impacto del puño de Kimmie que se hundió en la carne fofa. El segundo golpe eliminó la expresión de sorpresa de su rostro. El golpe de sus pies contra el suelo de madera del portal sonó como una estampida.

– Ahhhh -gimoteó con la frente en el suelo mientras Kimmie se sentaba en el hueco de la escalera.

– ¿Quién fue? ¿Dices que unos hombres? ¿Adónde dices que van a ir?

– Eran los de la estación. Subieron a mi casa y, como no quise decirles nada de ti, me pegaron.

Intentó sonreír, pero la hinchazón del lado izquierdo se lo impidió. Después encogió las piernas.

– Yo me quedo aquí. Esos tíos me la sudan.

– Pero ¿quiénes son? ¿De la policía?

Hizo un gesto negativo.

– ¿Esos? ¡Para nada! El policía era majo. No, son unos gilipollas que te buscan porque les pagan para encontrarte. Ten cuidado.

Aferró a Tine por un brazo esquelético.

– ¡Te pegaron! ¿Les dijiste algo? ¿Te acuerdas?

– Kimmie, es que… necesito un chute.

– Tendrás tus mil coronas, Tine, no te preocupes. ¿Les dijiste algo de mí?

– Yo no me atrevo a salir a la calle, vas a tener que traérmelo. Kimmie, por favor. Y una botella de Cocio y unos cigarrillos. Y un par de birras, ya sabes.

– Sí, sí, yo te lo traigo. Pero ahora contéstame. ¿Qué les dijiste?

– ¿No podrías traérmelo antes?

Kimmie la observó. Era evidente, le aterrorizaba la idea de que cuando le contara lo que había ocurrido no quisiera darle eso que tanto necesitaba.

– ¡Venga, Tine, suéltalo de una vez!

– ¡Me lo has prometido, Kimmie!

Las dos asintieron.

– Es que me pegaron. No paraban, Kimmie. Les conté que nos veíamos en el banco de vez en cuando y también les dije que te había visto bajar por Ingerslevsgade muchas veces y que creía que vivías en algún sitio cerca de allí.

La miró con ojos suplicantes.

– No es verdad; ¿a que no, Kimmie?

– ¿Dijiste algo más?

La voz de Tine era cada vez más pastosa y sus espasmos, más marcados.

– No, Kimmie, te lo prometo. Nada más.

– ¿Y se largaron?

– Sí. Puede que vuelvan, pero no voy a decirles nada más. Yo no sé nada.

Sus ojos se encontraron en la penumbra. Intentaba que su amiga volviera a confiar en ella, pero esas últimas palabras habían sido un error.

De modo que sabía algo más.

– ¿Qué más sabes, Tine?

Sus piernas eran presas del mono y sufrían espasmos a pesar de la quietud de su postura.

– Bueno, solamente lo del parque de Enghave. Que sueles ir a ver jugar a los niños. Solo eso.

Había tenido los ojos y las orejas más abiertos de lo que creía Kimmie. Por lo visto, también iba a buscar clientes más allá de Skelbækgade y del tramo de Istedgade que iba de la estación a Gasværkvej. A lo mejor se la chupaba a los tíos en el parque, aún había arbustos suficientes.

– ¿Y qué más, Tine?

– Ah, Kimmie. No me acuerdo de todo ahora mismo. Ya sabes que no puedo pensar en nada más que en la mierda que me voy a meter.

– ¿Y después? Cuando ya tengas tu mierda ¿recordarás más cosas sobre mí? -le preguntó con una sonrisa.

– Sí, creo que sí.

– ¿A qué sitios voy y dónde me has visto? ¿Cómo soy? ¿Dónde compro? ¿A qué hora salgo a la calle? ¿Que no me gusta la cerveza? ¿Que me gusta mirar los escaparates de Strøget? ¿Que siempre estoy por el centro? ¿Esas cosas?

Tine parecía aliviada al ver que la ayudaba a salir del paso.

– Sí, esas cosas, Kimmie. Esas son las cosas que no voy a contarles.

Kimmie avanzaba con extrema cautela. Istedgade era un caos de recovecos y escondrijos. Era imposible bajar esa calle y tener la certeza de que no había nadie a diez metros siguiéndote con la mirada.

Ahora ya sabía de lo que eran capaces. Lo más probable era que a esas alturas ya hubiera bastante gente buscándola.

Por eso, en aquel preciso instante comenzaba el año cero. Una vez más había llegado el momento de dejar todo aparcado y lanzarse a explorar nuevos caminos.

¿Cuántas veces le había sucedido en esta vida? El cambio irrevocable. La ruptura total.

No me cogeréis, pensó mientras paraba un taxi.

– Llévame a la esquina de Dannebrogsgade.

– ¿De qué vas?

Con el brazo moreno que llevaba apoyado en el respaldo del asiento del copiloto le hizo un gesto para que no subiera.

– Fuera -dijo mientras ella abría-. ¿Crees que voy a llevarte a trescientos metros?

– Toma, doscientas coronas. No pongas en marcha el taxímetro.

Funcionó.

Se bajó en Dannebrogsgade como una exhalación y subió por Letlandsgade a la velocidad del rayo. No parecía haber nadie vigilándola. Después rodeó la plaza Litauens Plads y caminó pegada a los muros de los edificios hasta llegar otra vez a Istedgade, donde se quedó mirando la frutería que había en la acera de enfrente.

Un poco más y ya estoy, se dijo.

– Hola. ¿Otra vez por aquí? -la saludó el frutero.

– ¿Mahmoud está dentro? -preguntó.

Estaba con su hermano al otro lado de la cortina viendo un canal árabe. Siempre el mismo estudio y siempre el mismo decorado descolorido.

– ¡Vaya! -exclamó Mahmoud, el más bajo de los dos-. ¿Ya has hecho estallar todas las granadas? Y la pistola era buena, ¿verdad?

– No lo sé, se la di a otra persona. Ahora necesito una nueva, esta vez con silenciador. Y también quiero un par de dosis de heroína de la buena. Pero buena de verdad, ¿vale?

– ¿Ahora mismo? Tu estás loca, tía. ¿Te crees que puedes venir así, de la calle, a comprar esas cosas? ¡Un silenciador! ¿Tienes idea de lo que me estás pidiendo?

Ella se sacó un puñado de billetes del pantalón. Sabía que había más de veinte mil coronas.

– Te espero en la tienda dentro de veinte minutos. No volverás a verme, ¿de acuerdo?

Un minuto después, el televisor estaba apagado y no había ni rastro de los dos hombres.

Le sacaron una silla a la tienda y le dieron a elegir entre té frío y refresco de cola, pero ella no quiso nada.

Al cabo de media hora apareció un tipo que debía de ser de la familia y no era muy amigo de correr riesgos.

– ¡Ven aquí, tenemos que hablar! -le ordenó.

– Les he dado veinte mil. ¿Tienes la mercancía?

– Un momentito -dijo él-. No te conozco, así que levanta los brazos.

Kimmie hizo lo que le pedía y lo miró a los ojos cuando él empezó a tocarle las pantorrillas y a subirle la mano por los muslos hasta llegar a la entrepierna, donde se detuvo un instante. Después continuó con destreza por el pubis, la espalda, vuelta al estómago, los pechos, en los pliegues que se formaban por debajo, alrededor y hasta arriba, por el cuello y los cabellos. Luego aflojó un poco la presión y le palpó los bolsillos y la ropa una vez más para finalizar poniéndole las manos en los pechos.

– Me llamo Khalid -dijo-. Vale, no llevas micrófonos. Y tienes un cuerpazo de la leche.

Kristian Wolf fue el primero en descubrir el enorme potencial de Kimmie y decirle que tenía un cuerpazo de la leche. Eso fue antes de la agresión a Kyle Basset, antes de que sedujera al delegado, antes de la expulsión y del escándalo con el profesor. Después de tantearla un poco -en sentido figurado y también en el literal-, se dio cuenta de que aquella jovencita era capaz de convertir sus sentimientos en impulsos sexuales de gran efectividad.

No tenía más que acariciarla en el cuello y declararse loco por ella para ganarse los más apasionados besos con lengua o cualquier otra delicia que pudiera formar parte de los sueños de un chaval de dieciséis o diecisiete años.

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