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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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Kristian aprendió que si quería sexo con Kimmie no había que preguntárselo, bastaba con pasar a la acción.

Torsten, Bjarne, Florin y Ditlev no tardaron en seguir sus pasos. Ulrik era el único que no captaba el mensaje. Atento y cortés como era, creía seriamente que primero debía ganarse sus favores; por eso no los tenía.

Kimmie era consciente de todo, también de que cuando empezó a buscar chicos fuera de aquel pequeño círculo, Kristian perdió los papeles.

Algunas chicas decían que la espiaba.

No le habría sorprendido lo más mínimo.

Cuando el profesor y el delegado desaparecieron del mapa y la joven se hizo con su propio piso en Næstved, los cinco pasaban con ella todo el tiempo que podían los fines de semana que tenían que dormir en el colegio. Sus rituales estaban definidos: ver vídeos violentos, fumar hachís y charlar sobre agresiones. Los fines de semana libres, cuando en teoría iban a casa a ver a sus insensibles familias, en realidad montaban en el Mazda rojo pálido de Kimmie y se alejaban hasta no saber dónde estaban. Se movían al azar. Buscaban un parque o algún bosque, se ponían guantes y máscaras y se quedaban con el primero que pasara. La edad y el sexo eran secundarios.

Si se trataba de un hombre con aspecto de poder defenderse, Kimmie se quitaba la máscara y se situaba la primera con el abrigo y la blusa desabrochados y las manos enguantadas en los pechos. ¿Quién no se iba a detener desorientado?

Después siempre sabían qué presas tendrían la boca cerrada y a quién había que hacer callar.

Tine miró a Kimmie como si acabara de salvarle la vida.

– ¿Es del bueno?

Encendió un cigarrillo y metió un dedo.

– Acojonante -dijo tras ponerse un poco en la punta de la lengua.

Estudió la bolsa.

– Tres gramos, ¿verdad?

Kimmie asintió.

– Dime primero para qué me buscaba la policía.

– Pues era algo de tu familia, no era como lo otro, eso seguro.

– ¿Cómo que mi familia?

– Sí, algo de que tu padre estaba enfermo y si te lo decían no ibas a querer ponerte en contacto con él. Siento que te enteres así.

Intentó tocarle el brazo, pero no fue capaz.

– ¿Mi padre?

Solo pronunciar esa palabra era como tener el cuerpo lleno de veneno.

– ¿Sigue vivo? Qué va. Y si no, que se muera.

De haber continuado allí la bola de sebo de antes con su bolsa de la compra, le habría pateado las costillas. Una a la salud de su padre y otra de postre.

– El poli me pidió que no te lo dijera. Perdóname, Kimmie.

Observó ansiosa la bolsita de plástico que su amiga sostenía en la mano.

– ¿Cómo has dicho que se llamaba el madero?

– No me acuerdo, ¿qué más da? ¿No te lo escribí en la nota?

– ¿Cómo sabes que era un madero?

– Vi su placa; le pedí que me la enseñara.

Dentro de Kimmie, las voces le susurraban qué debía creer y no creer. Dentro de poco ya no podría confiar en nadie. ¿Un policía buscándola porque su padre estaba enfermo? Ni de coña. ¿Qué quería decir una placa? Florin y los demás podían conseguirla sin problemas.

– ¿Cómo has pillado tres gramos con mil coronas? ¿Será que está muy cortada? No, qué tonta soy.

Miró a su amiga con una sonrisa suplicante y los parpados entrecerrados, pálida y temblorosa a causa del síndrome de abstinencia.

Kimmie correspondió a su sonrisa y le entregó la botella de batido, unas patatas fritas, las cervezas, la bolsa de heroína, una botellita de agua y la jeringuilla.

El resto era cosa suya.

Aguardó a que empezara a oscurecer y echó a correr hacia la verja. Sabía lo que iba a ocurrir y estaba muy nerviosa.

Dedicó varios minutos a sacar el efectivo y las tarjetas de crédito de sus escondrijos y a continuación dejó dos granadas sobre la cama y se guardó una en el bolso.

Después metió en la maleta lo estrictamente necesario, quitó los pósteres de la puerta y la pared y los colocó encima de lo demás, y por último, sacó la arqueta de debajo de la cama y la abrió.

El pequeño fardo de tela se había vuelto casi marrón y no pesaba nada. Tomó la botella de whisky, se la llevó a los labios y bebió hasta vaciarla. Esta vez las voces no desaparecieron.

– Sí, sí, ya voy -dijo mientras colocaba el fardo con mucho cuidado encima del resto del contenido de la maleta y lo cubría con la manta.

Luego acarició la tela con dulzura y cerró.

Arrastró la maleta hasta Ingerslevsgade. Ya estaba preparada.

Una vez en el umbral, echó un vistazo a la casa para grabarse bien en la memoria aquel arrollador intermezzo en su vida.

– Gracias por prestarme cobijo -se despidió.

Después salió por la puerta de espaldas mientras le quitaba el seguro a una de las granadas y la lanzaba hacia la cama, junto a la otra.

Cuando la casa saltó por los aires, ya hacía rato que ella había cruzado la valla.

De lo contrario, aquellos pedazos de ladrillo que salieron disparados en todas direcciones habrían sido lo último que sintiera en esta vida.

25

El estallido sonó como un golpe sordo en los cristales del despacho del jefe de Homicidios.

Carl y él intercambiaron una mirada. No eran precisamente petardos de Año Nuevo tempraneros.

– Me cago en la leche -exclamó-. Esperemos que no haya ningún muerto.

Un ser amable y lleno de empatía que, dada la situación, quizá pensara un poco más en sus efectivos que en las posibles víctimas.

Se volvió de nuevo hacia el subcomisario.

– Carl, el numerito de ayer ni se te ocurra volver a repetírmelo. Entiendo tu postura, pero la próxima vez habla conmigo primero y no me hagas quedar como un idiota, ¿estamos?

Carl asintió. Muy razonable. Entonces le habló de sus sospechas acerca de Lars Bjørn y sus posibles motivos personales para intervenir en la investigación.

– Vamos a tener que pedirle que pase, ¿no?

Marcus Jacobsen lanzó un suspiro.

Puede que supiera que la suerte ya estaba echada o quizá creyese que aún podía evitar el problema sin que lo salpicara; el caso es que por primera vez en su vida, Bjørn no llevaba su corbata de siempre.

El jefe de Homicidios fue directo al asunto.

– He sabido que has sido nuestro contacto con el ministerio y la directora de la policía en este caso, Lars. Me gustaría que tuvieras la honradez de contarme cómo han ocurrido las cosas antes de que saquemos nuestras propias conclusiones.

Bjørn se restregó el mentón unos segundos. Un hombre de formación militar con un currículo clásico e intachable en la policía; la edad adecuada; una carrera en la Universidad de Copenhague sacada en sus ratos libres, Derecho, por supuesto; dotes para la administración; una enorme capacidad de contacto con otras personas y una buena dosis de experiencia en las labores policiales básicas; y de repente, este patinazo. Había politizado su trabajo, había atacado por la espalda a sus compañeros y contribuido a detener una investigación con la que en principio no tenía relación alguna. ¿Y por qué? ¿Por solidaridad con un internado que había abandonado hacía siglos? ¿Por una vieja amistad? ¿Qué carajo iba a decir? Una sola palabra fuera de lugar y estaba acabado, los tres lo sabían.

– Quería que nos ahorrásemos un fracaso que nos iba a costar muchos recursos -dijo.

Se arrepintió de inmediato.

– A menos que se te ocurra algo mejor, puedes considerarte despedido.

El subcomisario comprendió lo difícil que estaba siendo para Marcus. Por muy desesperante que Carl encontrara a Bjørn, lo cierto es que él y su jefe formaban un tándem estupendo.

Bjørn suspiró.

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