Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
Oh, vuela por el aire con gran facilidad,
Este joven audaz en el trapecio.
Sus gráciles movimientos agradan a las muchachas
Y mi amor lo arrebató…
– ¡Cántalo otra vez, Jube! -exigió Willy, cuando terminó.
Jube lo miró bajo el ala del sombrero azuclass="underline"
– Lo haré, pero necesito un poco de ayuda.
– Pero yo no lo sé.
– Es fácil…
Le enseñó los versos.
Oh, una vez yo era feliz,
pero ahora soy desdichada…
Pronto, los dos cantaban a voz en cuello y sus voces resonaban en la pradera infinita, la de Jube, rica y genuina, la de Willy, desafinada, y salteando una que otra palabra. Al terminar el último estribillo, el chico frunció la nariz y preguntó:
– ¿Qué es arrebató?
– Robó.
– Ah. Entonces, ¿por qué no dice, directamente, robó?
Jube lo pensó un instante y, dirigiéndose al conductor, le dijo:
– Yo no lo sé. ¿Y tú, Marcus?
Si bien Marcus lo ignoraba, le encantó sonreír a esos ojos almendrados. Y la curva de esa nariz preciosa, y el lunar en la sima entre los pechos, y la boca en forma de corazón que siempre parecía sonreír. Aunque se esforzó por recordar un momento en que Jubilee hubiese estado malhumorada o enfurruñada, no lo logró. Tenía un carácter tan luminoso como el resto de su persona. Por unos minutos, las miradas se encontraron sobre la cabeza de Willy, mientras los cuerpos se mecían al compás del carruaje. Marcus pensó: «¿Cuándo, en mi vida, fui tan feliz?». Se sentía vivo, vibrante, y disfrutaba cada instante con ella.
Lo único que arruinaba tanta bendición, era no poder decirle lo que sentía. Lo hermosa que era. Cómo la reverenciaba, que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, a darle lo que estuviese en su poder.
Comieron en medio de la pradera, entre una profusión de flores de fines del verano. El violeta claro de las reina Margarita, las estrellas flamígeras de los heliotropos, el amarillo intenso de las varas de San José. Pero ninguna flor silvestre resistía la comparación con la belleza de Jubilee.
Mientras la muchacha tendía la manta y se arrodillaba para sacar la comida, Marcus se sentó con las piernas cruzadas sobre la hierba y tomó el banjo. De inmediato, Willy se le abalanzó y le rodeó el cuello desde atrás.
– ¡Toca algo rápido, Marcus!
Se decidió por «Pequeña Jarrita Marrón», y Willy se puso a saltar en círculo alrededor de Marcus, al ritmo de la canción. Jube interrumpió lo que estaba haciendo y comenzó a acompañar con las palmas. Willy rió y, a cada paso, las nuevas botas marrones subían más.
Jube se levantó, se acercó a Marcus, golpeó el suelo con un pie y curvó los hombros para palmotear, riendo de las cabriolas del chico.
– Eh, Willy, ¿qué te parece si bailamos?
Sin perder el paso, gritó:
– ¡No sé!
– ¡Oh, todos podemos bailar!
– ¡Yo no!
– ¡Tú también… vamos!
Puso el codo junto al del niño y lo hizo balancearse en círculos, cantando:
Mi esposa y yo vivíamos solos
En una pequeña cabaña de troncos que era nuestra.
A ella le gustaba el gin y a mí el ron.
Les digo que nos divertíamos un montón.
¡Ja, ja, ja!, tú y yo,
Cuánto te amo, pequeña jarrita marrón
¡Ja, ja, ja!, tú y yo,
Cuánto te amo, pequeña jarrita marrón.
Cantó cada verso, y Willy la acompañaba en los estribillos. Marcus captó el ritmo y rió sin ruido mientras los otros dos, de la mano, giraban alocados hasta que las cabezas se echaron hacia atrás y a Jube se le cayó el sombrero.
Qué cuadro formaban, despreocupados y entusiastas, girando y cantando, y cayendo luego al suelo, sin aliento, riendo. Willy cayó a gatas y Jubilee de espaldas, con un brazo sobre la cabeza.
– ¡Uh, qué divertido! ¡Vaya, Willy, qué buen bailarín eres!
Willy se levantó riendo, y enjugándose la frente con la mano pequeña.
– ¡Espera a que le cuente a Gussie que estuvimos bailando y cantando!
Alarmada, Jube se incorporó apoyándose en una mano:
– ¡Willy, no te atrevas… salvo que quieras meternos en problemas a Marcus y a mí! ¡Una luchadora por la templanza, como Agatha, se escandalizaría si supiera que te enseñamos semejante canción! ¡Prométeme que no se lo contarás!
A Willy no lo perturbó la canción. Estaba más preocupado por la sed.
– ¡Quiero zarzaparrilla! -exigió.
Marcus dejó el banjo en el estuche, y los tres comieron casi toda la comida, holgazaneando en la áspera hierba amarillenta. Después, Willy se sentó cerca y comió demasiado pastel y bebió demasiada zarzaparrilla.
Apoyado en un codo, Marcus mordisqueaba un tallo y contemplaba a Jube a sus anchas. Estaba tan cerca que las faldas le rozaban los tobillos cruzados. Había dejado el sombrero donde cayó, y el alfiler arrastró un mechón de cabello. El sol resaltaba el mechón blanco caído, dándole el aspecto de una tela de araña hilada. Imaginó que le quitaba las hebillas restantes y lo dejaba caer sobre los hombros, peinándolo con los dedos, hundiendo en él la nariz, y que después la besaba.
Willy lo trajo de vuelta a la tierra.
– ¡Toca mi panza! -Se acercó andando sobre las rodillas-. Está dura como una piedra.
Marcus tocó. Jube tocó.
– Te pondrás enfermo -le advirtió.
– No-o. -Negó con la cabeza, en amplias sacudidas-. Nunca me pongo enfermo.
– Pero sería conveniente que no comas más pastel, por un rato. Ni tampoco zarzaparrilla.
Willy se dejó caer sobre la hierba, resoplando, panza arriba.
– ¡Uf!
La boca le brillaba, grasienta. Se le había salido la camisa de los pantalones y le dejaba al aire una porción de estómago. Los cordones de las botas nuevas estaban desatados. Pero no le importaba un ardite. Después de unos minutos, lanzó un resonante eructo. Jube rió, Marcus sonrió y Willy rió entre dientes.
– Se supone que debes decir: «discúlpenme» -le recordó.
– Descúlpenme.
Volvió a eructar, más fuerte aún, esforzándose por hacer más ruido. En medio de las carcajadas de todos, Jubilee guardó los elementos del picnic.
La taberna quedaría cerrada hasta la noche. No había prisa por regresar, y se quedaron sentados, oyendo el bullir de la vida a su alrededor.
– ¿Son blandas las nubes? -preguntó Willy después de un rato, contemplando los blancos retazos esponjosos.
– No lo sé. -Jubilee se apoyó en los codos para mirarlas-. Lo parecen, ¿no?
– ¿Ves ésa? -señaló el chico-. ¿No parece una gallina con la panza sucia?
Jube la observó, con la cabeza hacia atrás, el rostro al sol. Una hebilla resbaló y cayó en la hierba.
– Puede ser. Tal vez sea una tetera con el asa rota.
– No, no. Tampoco.
Jube levantó la cabeza y lo tocó con un dedo del pie.
– Pues, a mí me parece.
Willy lanzó unas risitas y se puso a gatas, encima de ella haciendo muecas, procurando más atención, más bromas.
– Parece una gallina.
– Una tetera.
– Una gallina.
– Una tetera. -Le aplastó la nariz con la punta de un dedo-. Para mí, es una tetera, Willy Collinson.
El niño se abalanzó sobre el torso de la muchacha y la hizo caer de espaldas, y golpearse la cabeza contra la cadera de Marcus. En lugar de moverse, se acomodó.
– ¿Cómo es que tú eres tan hermosa, y otras mujeres no? -preguntó Willy, con una mueca absurda de los labios y las cejas.
– Qué chico tan halagador eres. Pero, ¿cómo creer a un niño que dice que una gallina tiene el mismo aspecto que una tetera?
Willy se incorporó para contemplar otra vez el cielo, y terminó con la cabeza sobre el vientre de Jube. El lugar apropiado para la cabeza de la muchacha era el de Marcus, que no protestó cuando ella se acomodó mejor.