Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
Le acarició el cabello que se pegaba a la frente sudorosa, y lo apartó hacia atrás.
– Te lo prometo.
El doctor abrió el maletín negro y comenzó a enhebrar una aguja con un trozo de pelo de caballo.
– Traigan otra botella de whisky -ordenó-. Y todo el que tenga estómago débil, que se vaya.
Agatha se quedó el tiempo suficiente para ver cómo el médico sacaba el cuchillo del brazo de Scott, cómo el cuerpo se convulsionaba y para oírlo gritar de dolor. También para escuchar cómo el doctor ordenaba:
– ¡Denle otro trago!
Para que el estómago se le retorciera, los ojos se le desbordaran y se le oprimiese la garganta. Pero cuando el doctor sumergió la aguja en el whisky, se escabulló por las puertas vaivén para tragar el aire fresco de la noche y llorar a solas.
Capítulo 12
Agatha no había vuelto a la casa de Collinson desde aquella primera vez, pero el olor era el mismo: una mezcla de moho, aceite de petróleo, sábanas sucias y cuerpos sin lavar. Incluso antes de encender la lámpara supo que no se había producido ninguna mejora.
Buscó a tientas la mesa, encontró cerillas y una lámpara. Cuando la encendió, trató de no mirar alrededor y fue directamente a donde estaba Willy.
Parecía muy pequeño, acurrucado formando una pelota, con la barbilla contra el pecho. No se despertó, ni cuando la mujer acercó la lámpara y la dejó en el suelo. Era probable que estuviese acostumbrado a que alguien diese vueltas por la cocina encendiendo lámparas en mitad de la noche. Se quedó largo rato contemplándolo, tragando el nudo de emociones que tenía en la garganta, preguntándose qué sería de él, tan pequeño, tan carente de amor, tan solo. Las lágrimas le hicieron arder los ojos. Unió las manos bajo el mentón y rezó en silencio por él. Y por sí misma, por la tarea que debía emprender.
Se encaramó con vivacidad en el borde de la cama, intentando no pensar en las otras criaturas vivas que compartían la cama con el niño.
– ¿Willy? -Le tocó la sien, detrás de la oreja-. Willy, querido.
El pequeño se acomodó mejor en la almohada sin funda, y Agatha lo llamó de nuevo. Abrió los ojos y Agatha vio que los tenía rojos e hinchados de llorar. Cuando despertó del todo, se incorporó de un salto, con los ojos muy abiertos.
– ¡Gussie! ¿Qué estás haciendo aquí? ¡Si papá te ve, los dos estaremos en problemas!
Tenía cicatrices a los costados del cuello y una marca roja sobre la oreja. En la almohada sucia, había sangre seca.
– Willy, ¿qué te ha pasado?
– ¡Gussie, tienes que irte! -La mirada se tornó frenética-. ¡Papá te…!
– Está bien. Aún está en el pueblo. ¿Él te hizo esto?
Cuando trató de tocarle la oreja, la apartó con un movimiento y bajó la vista.
– No, me resbalé cuando estaba trepando a los corrales de ganado, y me golpeé contra el travesaño.
Comprendió que estaba mintiendo, pues evitaba mirarla a los ojos y rascaba la ropa de cama con un índice sucio. Agatha le cubrió la mano y le alzó la barbilla para mirarlo a los ojos. Pensó: «Los ojos de un niño no deberían estar hinchados».
– Lo hizo él, ¿verdad? -insistió, con calma.
Los ojos de Willy comenzaron a llenarse de lágrimas. Apretó los labios, y el mentón tembló en la mano de la mujer. Al ver que se le contraía el cuello en el esfuerzo por contener las lágrimas, se sintió desgarrada entre dos emociones: el amor por este huérfano abandonado, y una ardiente gratitud de que el padre estuviese muerto y nunca más pudiese volver a lastimarlo.
– Encontró plumas en mi camisa y me preguntó de dónde las había sacado y cuando se lo dije me dio unas buenas con la correa de afilar la navaja y dijo que no podía ir más a tu casa ni a la de Scotty. Por eso, Gussie, si no quieres que me dé otra vez con la correa, será mejor que salgas de aquí.
Willy logró decirlo sin derrumbarse, aunque estuvo a punto. Agatha también.
Inspiró una honda bocanada, irguió los hombros y apretó con fuerza la mano de Willy:
– Willy querido, tengo que darte una mala noticia.
El niño la miró, aturdido, un instante, y afirmó:
– No tomaré más baños.
– No… no se trata de eso. Querido, esta noche murió tu padre.
Los ojos de Willy se agrandaron de perplejidad.
– ¿Papi?
– Sí. Lo balearon hace una hora, en la taberna de Scotty.
– ¿Lo balearon?
Agatha asintió, y le dio tiempo a que asimilara la noticia.
– ¿Eso quiere decir que no vendrá a casa?
– Me temo que no.
Los ojos castaños de Willy miraron de frente a Agatha.
– ¿En serio, está muerto?
Agatha le acarició el dorso de las manos delgadas con los pulgares.
– Sabes lo que eso significa, ¿no es así?
La mirada del niño se fijó en las sombras, al otro lado del hombro de la mujer.
– Una vez tuve un gato que se murió. Papá lo pateó, voló contra una pared, hizo un ruido raro y luego, mi amigo Joey y yo lo enterramos afuera, cerca del retrete.
Agatha ya no pudo contener las lágrimas. Willy alzó los ojos marrones, secos, y vio los de ella desbordando lágrimas.
– ¿Eso es lo que harán con mi papá?
– Claro, lo sepultarán, pero en el cementerio, donde está tu madre.
– Ah.
– E… esta noche, tú vendrás conmigo a casa. ¿Quieres?
– Sí.
Lo dijo en tono neutro, sin inflexiones.
– Willy, es probable que, en el fondo, tu padre fuese un buen hombre. Pero, como tu madre murió tan joven, tuvo muchas penas en la vida.
La boca de Willy se apretó y miró los pliegues del corpiño de Agatha. Los músculos se fueron tensando uno a uno, hasta que el rostro pequeño se transformó en una máscara desafiante:
– No me importa que esté muerto -dijo, obstinado, pero le tembló la barbilla-. ¡No me importa! -Comenzó a alzar la voz y a golpear el colchón-. ¡No me importa, aunque lo entierren ahí afuera, junto al retrete! No me importa… no me importa… n… no m… me…
Hasta que se arrojó sollozando en brazos de Agatha. Los puños aferraron el vestido, y la cabeza enmarañada se hundió en el seno de la mujer. Ésta extendió una mano sobre la espalda pequeña y la sintió agitarse.
– Oh, Willy. -Lloró junto con él meciéndolo, acunándole la cabeza y estrechándolo contra su propio corazón dolorido-. Willy, querido…
Lo entendió profundamente. Simpatizó con él por completo. Apoyó la mejilla sobre la cabeza del niño, dejó que el tiempo girara hacia atrás y se vio a sí misma, también convertida en una huérfana desafiante, que afirmaba lo mismo que Willy acababa de hacer, cuando lo que quería expresar era precisamente lo contrario.
– Willy, todo estará bien -dijo, tranquilizadora.
«Pero, ¿cómo?, -pensó-, ¿cómo?»
Lo acostó en una cama improvisada sobre el suelo, en su apartamento, pero al despertar, por la mañana, lo encontró acurrucado junto a ella en la cama, con las pequeñas nalgas tibias contra su cadera enferma. Lo primero que pensó al despertar fue que era el primer varón con el que había dormido; el siguiente, que tenerlo ahí aunque fuese por tan poco tiempo, valdría la pena el trabajo que le daría sacar los piojos.
Lo llevó a casa de Paulie a desayunar y lo observó engullir suficientes tortillas como para techar una escuela. Después, lo dejó en el Cowboy's Rest, y dio instrucciones a Kendall de que lo refregase bien por todos lados sin piedad, y se deshiciera discretamente de la ropa sucia. Media hora después, iría a buscarlo con ropa limpia. Encontró los pantalones y la camisa que le había hecho, pulcramente doblada en el cajón de la cómoda. Fue al apartamento de Gandy y golpeó la puerta con suavidad. Esperaba que le abriese Jubilee, y la sorprendió ver que, en cambio, aparecía Ruby.